jueves, 27 de octubre de 2016

Ahora

Ahora que el frío ha tomado por asalto la ciudad, que llueve y las calles se visten de charol. Ahora que el cielo es una plancha sucia de hormigón; que pierdes el tiempo atrapado en un atasco y que recuerdas, con la nostalgia de un vencido, el último verano, los días largos, luminosos y felices, el calor, el olor del jazmín y el rumor a lo lejos de una verbena, donde una orquesta canta y la gente baila canciones que jamás pasarán de moda. Ahora, que la noche es una fiera con prisa que devora el día en el primer asalto, echas la vista hacia atrás y recuerdas un día cualquiera de agosto y, como no, recuerdas a aquella mujer. Una mujer que se baña en el mar, de espaldas a ti. Una mujer hermosa que ahora sale del agua y camina hacia donde estás tú, sonriendo, tendiéndote una mano para que te bañes con ella. Y tú coges esa mano, claro que la coges –en realidad no querrías soltarla nunca−, y entras en el mar y se abraza a ti y tú la abrazas y besas su piel que sabe a sal y a algo que nunca habías probado, pero que piensas que tal vez sea el sabor de la felicidad.
Ahora que queda tan lejos el verano, que las gotas de lluvia sobre el techo de tu coche son escupitajos de un cielo enfadado, recuerdas las jarras de cerveza frías y darías lo que fuera por poder teletransportarte en este puto momento hasta aquel chiringuito de la costa de Almería. Ahora, justo ahora, que has parado el coche bajo el arco de un semáforo en rojo y miras a una pareja cruzar por delante de ti, recuerdas el paseo marítimo, la línea de la costa de la bahía, la luz del faro que parpadea allá a lo lejos. Recuerdas también el roce de su mano, el olor de su perfume, su pelo todavía húmedo derramándose sobre la espalda. Recuerdas el vestido largo, el escote perfecto, la cintura estrecha, las piernas eternas, la boca mojada.
Ahora, que has conseguido llegar a tu destino, cansado igual que Teseo, que has conseguido aparcar después de darle cinco vueltas a la manzana. Ahora que sales del coche y no llevas paraguas y caminas hasta tu casa empapado por el aguacero. Ahora que subes pesadamente las escaleras, que al entrar te recibe, como cada día, el silencio atronador de la soledad. Ahora que para cenar recalientas las sobras de la comida de ayer y pones el fútbol en la televisión, toma al asalto de tu memoria la recepción de aquel hotel y el ascensor panorámico en el que, desde la calle, alguien vio más de lo que debía. Recuerdas la habitación, la cama deshecha, las sábanas mojadas, el baño profanado, la terraza. La maldita terraza. La recuerdas a ella, desnuda, imponente y perfecta.
Ahora que te metes en la cama y a lo tonto se te va la mano hasta dentro de tus calzoncillos, recuerdas la suciedad, la perversión, la belleza de su sexo. Recuerdas como arqueaba la espalda, como te miraba, como te mordía. Recuerdas aquel mar embravecido, la galerna de su sexo.
Ahora, que el verano ha muerto, que ella no anda a tu lado y que el invierno ha entrado a degüello, la recuerdas sonriendo, caminando junto a ti en la orilla de aquella maldita playa. Ahora, que su ausencia te duele como solo puede doler la falta de su cuerpo tumbado al lado del tuyo, maldices al frio con la rabia serena de un derrotado, miras una y otra vez esa foto que guardas en tu teléfono, sobada hasta el imposible desgaste por tus pupilas, y repites para tus adentros, tratando de convencerte, que pasará este invierno y volverás a aquella playa, volverás a ese pueblo marinero, volverás a aquel hotel, volverás aquel puerto y la buscarás. La buscarás aunque no sepas si ella recuerda ni tan siquiera, tu puto nombre.

martes, 9 de agosto de 2016

Me pidió que le cantase algo

Me pidió que le cantase algo y yo tarareé bajito una canción de Ismael Serrano, la que dice aquello de “Amor mío has de saber que no soy recomendable”. Esa canción es de las que duelen. Pensé que en aquel momento nos vendría bien que nos contasen nuestra historia porque ninguno de los dos éramos recomendables. Por eso estábamos allí, bebiendo y fumándonos la tarde de un martes, observando como la ciudad seguía su curso implacable, ajena a nosotros.
“Cantas como si fueses de cristal, como si tuvieses miedo a romperte” me dijo mientras me acercaba la botella de cerveza. Quizás llevaba razón. Ya me he roto tantas veces que hasta puede que me falte algún trozo. Pero no se lo dije, tan sólo agarré la botella y bebí. “Me gusta leerte por las mañanas. Siempre lo hago. Aunque no hayas escrito nada nuevo”, siguió hablando con la vista perdida en el tráfico que a lo lejos comenzaba a colapsar la autopista. Los coches parecían hormigas ardiendo a cámara lenta. “Cada vez escribes menos, ¿verdad? Es una pena” No era cierto que escribiese menos: la puta realidad es que hasta ese momento, llevaba demasiado tiempo sin escribir nada de nada. 
Se hizo el silencio. Pasó un ángel caído, tan maldito como nosotros. Ella extendió el brazo y, sin mirarme, con la vista perdida en el horizonte, me pasó la cerveza. Besé su boca −la de la botella, porque para besar la boca de esa mujer aún no era de noche− y me giré completamente hasta poder contemplar su perfil. Era demasiado hermosa como para andar conmigo. Pero allí estaba, a mi lado. Preocupada por mí, intentando agarrarme para no dejarme caer. Ella era como yo, una estúpida suicida que disfruta destruyéndose, lamiéndose las heridas.
Cuando uno tiene las manos vacías y una mochila repleta de fracasos a la espalda, es difícil no sentirse vulnerable, indefenso, cautivo y desarmado, ante una mujer como ella. “¿Cuándo vas a marcharte?” le dije. No se esperaba aquella pregunta. “Eres de esas mujeres que deja a su paso cientos de cadáveres, hombres confundidos que creyeron ver en tu sonrisa más de lo que dabas y yo soy de esos tipos que caminan por el filo de la navaja sabiendo que no tardará mucho en cortarse y desangrarse”. Sus ojos, pequeños, como dos átomos indispensables para la vida, se encogieron como si así pudiese mirar mejor dentro de mí, pero siguió en silencio. “Acabarás marchándote y yo volveré a venir aquí, a beber cerveza, a maldecir tu ausencia. Beberé hasta perder el conocimiento, hasta vomitar como un maldito hijo de puta. Entonces gritaré tu nombre hasta que se quiebre el cristal de las estrellas y lloraré desconsolado con la amargura de un niño inclusero. Y te odiaré, te odiaré con todas mis fuerzas recordando la noche de hoy en la que bebimos por primera vez juntos”
Me encendí un cigarro y ella me lo quitó de los labios. Le dio una calada larga e intensa. La brasa del cigarro chisporroteó y se iluminó como un pequeño sol en sus manos. Expulsó el humo levantado la cabeza hacia el cielo. Entonces se volvió hacia mí, puso su boca a un centímetro de la mía y me dijo “Haz el favor de callarte de una puta vez y bésame” Y, claro, la besé y me besó. Lo hicimos con ganas, con rabia, con la pasión de los que ya se saben perdidos.

Recuerdo aquella noche perfectamente porque fue la noche en la que firmé mi sentencia de muerte. Y aquí estoy, tanto tiempo después, a su lado, pero esperando el día que se canse y decida marcharse de mi lado para siempre.

miércoles, 20 de abril de 2016

Cicatrizando heridas

Te vi, en el momento y el lugar menos indicado: en mi bar de siempre, mi puto bar de siempre al que, por cierto, tú nunca querías ir conmigo, mientras daba buena cuenta de una jarra de cerveza rodeado de mis amigos. Entraste a saco, riéndote a carcajadas cogida de la mano de un tipo que, tienes que saberlo, no te pega nada en absoluto. Creo que notaste el silencio que se creó en nuestra mesa, creo que te diste cuenta de las pataditas de los cabrones de mis amigos por debajo de la mesa. Sea como fuere,  pasaste por nuestro lado y te acomodaste en la barra. A un par de metros de mí. Estabas tan sólo a un par de metros y sin embargo, había un abismo entre los dos. No me queda más huevos que admitirlo: sigues preciosa. Estoicamente aguantaba las bromas de mis amigos y de vez en cuando te miraba de reojo. Te juro que yo no quería, pero a veces me llegaba el sonido de tu voz, riéndole las gracias a ese tipo que cada vez me caía peor y al que envidié por la suerte que tiene de tenerte a su lado. En un movimiento absurdo, me levanté de la mesa para pedirle al camarero otra ronda de cervezas y me puse a tu lado. Entonces tú te giraste hacia mí y, yo que creo que no había mentira en tus ojos, me saludaste efusivamente, como si fuese verdad que te alegrabas de verme. Me preguntaste por mi vida, por los amigos comunes. Algo normal, muy de cortesía todo. Y ahí estuvo mi error: hablé contigo más de la cuenta y las heridas se abrieron de par en par, como las puertas del infierno. Entonces quise raptarte de aquel bar y de aquel tipo. Quise que todo volviese a ser como en aquel tiempo en el que tuvimos a la vida agarrada por los huevos. Quise volver a sentirte mía y a sentirme tuyo. Te miré y vi tus ojos, tan llenos de sueños, y comprendí lo fácil que es —que era y que será— enamorarse de ti. Tu risa, un implacable huracán de felicidad, llenaba todo el bar mientras yo pensaba en cómo sería volver a sentir el calor de tu cuerpo junto al mío. 
En esas estaba, mirándote y deseándote y soñándome contigo, cuando recordé lo hija de puta que fuiste al marcharte. Recordé la hiel de tus palabras en aquella despedida. Recordé cómo pudiste hacerlo bien y salir por la puerta grande del olvido pero preferiste salir como una despreciable hija de puta, rompiéndome gratuitamente los sueños y el corazón. Entonces te volví a mirar y ya no me pareciste la misma. Miré al tipo que te acompañaba y sentí una compasión como de camarada por él.
Regresé a la mesa con las cervezas y os dejé en la barra. No eres la misma. Y, claro, tampoco yo soy el mismo. Pobre de ese tipo que no sabe que guardas bajo las uñas curare, entre las piernas mercurio y cianuro en la punta de la lengua. Yo ahora lo sé. Tarde, pero lo sé. Al cabo de un rato saliste del bar, desde la puerta me dijiste adiós, cuídate, que todo te vaya bien, y saliste. Saliste del bar y de mi vida, por fin, creo, para siempre.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Aún no es tarde

            Aún no es tarde. En realidad, para estas cosas nunca es tarde. Quiero decir que le eches huevos. Que te atrevas de una puta vez a mirarle a los ojos y que seas capaz de decirle todo lo que sientes. Abre tu pecho en canal y vacíate. Cuéntaselo todo. Confiésale que todavía sigues diciendo su nombre en voz alta sólo por el placer de escuchar como suena su nombre en tus labios. Confiésale que a veces rebuscas en la caja de zapatos, donde guardas todos tus recuerdos, y sacas una foto de carnet de él, o una flor seca que te regaló el día que fuisteis a cenar a aquel sitio tan caro y tan pijo y dile que lo echas de menos.
            Cuéntale como en más de una ocasión has estado a punto de llamarlo por teléfono. Cuéntale que una vez creíste haberlo visto parado frente al escaparate de una tienda de discos viejos y que el corazón comenzó a latirte como si se quisiera salir y que las manos comenzaron a sudarte y que durante demasiado tiempo dudaste entre acercarte y saludarlo o dejarlo ir sin más. Cuéntale que elegiste la segunda opción y que sigues con la duda de si era él o no. Sé valiente, dile que después de un año sin saber nada de él, la única vez que lo volviste a ver te pareció que seguía igual de guapo. Quizás hasta estuviera más delgado. Dile lo raro y lo duro que fue saludarle con dos besos. Dile que le mentiste, que es mentira que todo te vaya bien. Mírale a los ojos y dile que fue un error, que fue una puta equivocación dejarlo marchar. Que todos los días te acuerdas de él, que no hay una sola noche en la que no maldigas su ausencia. Dile que tu piel se sabe huérfana de sus caricias, dile que no hay manta capaz de quitarte el frío que da la soledad por las noches.
            Sincérate con él y cuéntale que intentaste seguir adelante. Dile que intentaste rehacer tu vida. Dile que hubo otros hombres. Dile que buscaste el brillo de sus ojos en los ojos de otros. Que de todos esos, hubo unos pocos que compartieron tu cama. Dile que el sexo sin él es menos sexo —eso le va a gustar, seguro—. Dile que los orgasmos con los otros, los pocos que has tenido, eran también menos orgasmos. Dile que añoras la pasión animal que se desbordaba de vuestra cama, que echas de menos los fuegos artificiales y las explosiones de placer y las noches eternas de sudores y jadeos.
            Juégatelo a una carta. No pierdes nada pero vas a ganar mucho. No vayas a ser tan estúpida de no hacerlo por el qué dirán. Tiene que importarte una mierda lo que nadie piense. Si te apetece volver a intentarlo, que nadie ni nada te frene. Quizás él no quiera saber ya nada de ti y haya rehecho su vida. Pero si no es así, si él todavía espera que suene el teléfono y sea tu voz la que responda al otro lado, si su piel también se sabe huérfana de tus dedos y su sexo es menos sexo, no te perdonarías nunca no haber vuelto a intentarlo. Qué más da que ya lo hayáis intentado varias veces y no haya funcionado: ¿Quién te dice a ti que esta vez no será la definitiva? Quizás él no quiera volver a intentarlo, pero eso no lo vas a saber hasta que no se lo preguntes.
            Así que venga, quítate las gafas, límpiate las lágrimas, sécate los ojos y ármate de valor. Tan sólo, cógete una coleta y no te maquilles, ya sabes que no te hace falta. Móntate en el coche y ve a por él. Suéltaselo todo. No te calles nada. Clávate en sus ojos y sé sincera con él y contigo. Bien sabes que sé de lo que hablo, yo alguna vez también habité el infierno el que tú andas ahora. Yo alguna vez, dejé escapar a una mujer por mi falta de valor. En realidad, he dejado escapar a más de una mujer. Y, en serio, esa sensación de sentir que se te resbala de la punta de los dedos es horrible.

            Así que venga, ya esta bien de charla y a por él. Que yo te espero aquí, donde siempre. Como siempre.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

La noche en la que te encontré

 Aquella noche en la que te encontré ibas a la deriva, como una sirena cansada en mitad de la madrugada. Tú no te acordarás, pero yo sí: llevabas el pelo firme, tirante, recogido con una coleta, un jersey a rayas rojiblancas, un pantalón negro ajustado y zapatos planos. Hasta ese momento nunca había sabido lo corta que puede ser una noche. Los minutos se nos escurrían entre los dedos como la arena de un reloj. Devoramos cada hora hora como dos náufragos olvidados. Y bebimos. Bebimos despacio. Tan despacio que de tanto hablar se nos aguaban las copas. En un momento de la conversación me dijiste que andabas jodida y yo te dije que eso era imposible, que eras demasiado hermosa como para estar jodida. Ahí sonreíste. Y fue en verdad una sonrisa amarga, hermosamente amarga. Imaginé a Piaff riendo exactamente así.
Aquella noche en la que te encontré, yo estaba cansado. De todo. De la vida en general. Bebía por el placer de beber y ya ni siquiera escribía. Había bajado los brazos, como el boxeador que ya se sabe vencido. Pero llegaste tú, sin saber de dónde cojones habías salido, y comenzaste a hablar conmigo. Pero allí estabas, plantada frente a mí, acodada en la barra y sonriendo y hablándome como si me conocieses de toda la vida. Y a mí también me parecía conocerte de siempre. Reconocí tus gestos, todos y cada uno de ellos: la forma de apartarte el pelo de la cara, los ataques de timidez que te hacían mirar al suelo, los hoyuelos de tu mejilla al sonreír. Incluso cuando pusiste tu mano sobre mi brazo, creí reconocer ese tacto. Y era normal que los reconociera porque me he pasado toda mi puta vida escribiendo, hablando, soñando y emborrachándome por mujeres como tú. Mujeres que nunca se acercan a los tipos como yo. Mujeres hermosas, sabias, dulces, revolucionarias, que siempre pasan por la vida de la mano de otros tipos.
Aquella noche en la que te encontré, de un zarpazo felinamente femenino, acabaste con todos mis fantasmas. Como una hechicera de las sombras, con el ritual de tu risa, los expulsaste de mi lado, los desterraste al olvido. Y seguimos bebiendo. Yo te dije que una mujer como tú, desordena el paisaje. Tú me dijiste que en mis brazos podrías sentirte segura cuando estallase una tormenta. Y ya estábamos borrachos cuando sin previo aviso me besaste. El tiempo echó el ancla y todo desapareció a nuestro alrededor. Fuimos dos bocas que se devoraban y unas manos que se buscaban con la necesidad y el ansia de encontrarse. El amanecer nos sorprendió jugando dentro de mi coche y comprobé que bajo la luz del día eras aún más hermosa.

Aquella noche en la que te encontré, que fue demasiado corta, como han de ser las historias que merecen la pena vivir, terminó a las nueve de la mañana. Tú cogías un tren hasta tu ciudad. Alguien te esperaba en casa. Prometimos volvernos a ver. Prometimos, como dice la canción, no olvidarnos. Quién sabe si cumpliremos nuestras promesas. Yo creo que no. La cuestión es que la noche aquella en la que te encontré bebí de tu boca, soñé de tu mano y comí de tu carne. Con eso me basta. Con eso me sobra. Con eso tengo suficiente para torturarme hasta que otra noche, sin saber de dónde cojones ha salido, otra mujer que me recuerde a ti y a todas, vuelva a beber, a sonreír y a soñar a mi lado.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Instrucciones para desnudar a una mujer

Plántate frente a ella, en el dormitorio, y mírala a los ojos. Sonríele. Primero, quítale las gafas de pasta negra y ponlas sobre la mesita de noche. Agarra el coletero que amarra su pelo y deslízalo con suavidad hasta que quede libre su melena. Ahora, apártale el cabello de los hombros y deshaz el nudo del pañuelo que abraza su cuello. Déjalo caer con suavidad sobre la cama. Invítala a que levante los brazos, como si quisiera tocar el techo y busca el sur de su jersey. Agárralo y súbelo despacio hasta liberar su cabeza y sus brazos. Ponlo sobre la cómoda, ya habrá tiempo de doblarlo y ponerlo en el armario.
Es el momento de las piernas. Desabrocha el primer botón. Quizás en esta parte, si a ella le gusta llevar pantalones ceñidos, tendrá que aguantar la respiración y meter barriga. Una vez abierto el primer botón, repite la misma operación con los dos restantes. En este punto ya tendremos a la vista su ropa interior: olvídala de momento. Aunque esas braguitas negras, casi transparentes, pidan a gritos otro tipo de acción. Antes de seguir con el pantalón, es preciso quitarle los zapatos. De no hacerlo, nos encontraríamos con que los pantalones no saldrían y la comicidad de la escena le quitaría la esencia a nuestro objetivo. Una vez con los zapatos fuera de plano, y con los tres botones abiertos, siéntala en la cama, pídele que estire las piernas y, cogiendo el pantalón de los bajos, tira hacia ti con la fuerza justa y necesaria para que resbalen y quede expuesta ante ti la belleza soberbia e infinita de sus dos piernas. Aprovecha ahora y quítale también los calcetines. Ya sólo le queda una camiseta blanca, el sostén y las braguitas. Repite los pasos para quitar el jersey, con la camiseta blanca. Ha llegado el momento de la verdad. Ante ti tienes su sujetador. No te preocupes, no te pongas nervioso que no es tan difícil como pudiese parecer. Esos malditos corchetes no van a poder contigo. Un inciso: podrías desabrochar los corchetes sólo con una mano —en serio—, pero para eso se requiere algo de práctica, así que vamos a ver cómo se quitaría el sujetador con las dos manos. Rodéala con tus brazos y busca los corchetes de marras, normalmente son dos puestos en paralelo. Es importante saber en este paso que la acción sólo la ejecuta una mano. Es decir, con una mano sujeta firmemente uno de los dos paneles posteriores, concretamente el que tiene el corchete, digamos hembra. Ahora empuja el otro panel posterior hasta sacar el corchete macho de su emplazamiento. Listo, así de fácil. Ahora deja caer de los hombros, como un árbol talado, los tirantes del sujetador y libera los dos pechos de su prisión de tela. Admira la perfección de la obra.
Por último, pon tus dedos sobre la cintura de las bragas y poco a poco —esto es muy importante—, muy poco a poco, saboreando el momento con los dedos, comienza a despojarla de su ropa interior. Bájalas por los muslos, continúa hasta las rodillas, a estas alturas, las bragas ya deberían haberse enrollado sobre ellas mismas, convirtiéndose en un perverso ovillo de lujuria. Continúa bajándolas por las pantorillas y sácalas por los tobillos, hasta quedarte con ellas en tus manos. Ahora el crespón de luto de su pubis, está a la intemperie. A tu vista. A unos centímetros de tu cara.

Ya está desnuda, magníficamente desnuda. A partir de este momento, lo que hagas, amigo mío, es cosa tuya.

martes, 12 de mayo de 2015

Ese momento

Ese momento en el que dejo de besarte el cuello y mis manos bajan bordeando la costa de tu cintura; y el tic tac del reloj se detiene; y tu respiración, poco a poco, se va a acelerando.
            Ese momento, en el que hinco las rodillas en el suelo y tus bragas están a medio quitar, justo a la mitad de tus muslos, y frente a mí se descubre tu sexo, que brilla, que palpita, que me reclama con la insistencia que da la lujuria.
            Ese momento, en el que yacemos como dos árboles vencidos sobre la cama, desnudos, impúdicos, y nuestras ganas ya no entienden de pudor ni de remilgos. Ese momento en el que nos olvidamos de las buenas maneras y nos convertimos en dos animales salvajes, sucios y perversos.    
            Ese momento en el que todo es saliva y aullidos y tienes el rímel corrido, el pelo revuelto y la piel marcada. Nos devoramos a la vez, hambrientos de sexo porque en ese momento no hay nada prohibido entre nosotros. Vamos alternando la dominación y la sumisión, el placer y el dolor, el ritmo frenético de la excitación y la pausa en el momento justo. Recorremos juntos el camino que nos lleva a la locura.
Ese momento en el que no podemos más y nos dejamos ir. Nos abandonamos al placer y sabemos que ya no hay vuelta atrás, que no tenemos escapatoria. Ese momento en el que se nos queda la mente vacía y nos apretamos más, como las piezas de un puzle tan lascivo como hermoso. Ese momento en el que todo termina en un gran Big Bang en blanco que dura casi un minuto, en el que nos convulsionamos como dos peces fuera del agua, regando de vida la cama.
            Ese momento en el que cojo de la mesilla de noche el paquete de tabaco y me enciendo un cigarro, aún con la boca sabiéndome a ti. Ese momento en el que como un dragón exhausto lanzo el humo por la boca y te miro, desnuda, sudada, cansada y perfecta. Ese momento en el que todavía tienes restos de vicio en la mirada y resoplas y sonríes y te levantas de la cama para ir camino del servicio y tu culo baila al compás de tus pisadas.

            Ese momento, ese jodido momento, es, sencillamente, lo que llaman vida.