jueves, 16 de diciembre de 2010

Soledad

A Miguel Carrasco.
Él lo habría entendido mejor que nadie.

Te has ido y ya se ha terminado la tormenta. Han cesado las voces, los gritos, los reproches y el vuelo de palabras como cuchillos homicidas. Ahora, que la casa está vacía, te miro desde lejos tomando un taxi, saliendo de mi vida por la puerta de servicio, sin darme apenas tiempo para digerirlo. No has vuelto ni una sola vez la mirada hacia atrás. Te has ido y todo sigue igual porque mucho antes de irte ya te habías marchado. Bien sabes que empieza el tiempo para odiarte. A pesar de lo vivido, de lo soñado y a pesar de haberte amado, sabes que te voy a odiar como también sabes que ahora buscaré y contaré tus lunares en otra espalda, que de madrugada, cuando mi aliento sepa a humo y ron, buscaré la boca de cualquier mujer que me de calor. Te has ido y las manecillas del reloj son dos sicarios que disparan minutos a bocajarro, uno tras otro como una siniestra ráfaga que consume el tiempo. Te has ido y se ha terminado la tormenta. Ahora me quito la ropa empapada por el aguacero y la dejo alfombrando el suelo del que fue nuestro dormitorio. El gato se enreda entre mis piernas y la ventana del balcón está abierta. Afuera la ciudad sigue tal cual, tráfico, murmullos, sirenas de policía…Está anocheciendo y la luz se aferra al horizonte. El frío que se cuela por la ventana es un cabrón que repite tu nombre sin cesar. Pienso que alguna vez tendrás que llamarme para llevarte todas las cosas que dejaste aquí y al observar el armario con tu ropa, se me eriza la piel. El aire agita las cortinas y creo que blasfema algo contra mi. La soledad es un invitado inoportuno en la fiesta de las decepciones. Es un revolver del treinta y ocho con una puta bala en la recamara esperando un paso en falso. Es la soga del ahorcado que cuelga del techo oscilando cadenciosamente, invitándote a acabar con todo. Nunca pretendí ser un buen tipo y por supuesto nunca lo logré, pero me consuela saber que, al menos, conseguí dominar en más de una ocasión al hijo de puta que todos llevamos dentro. Pero aún así, con todo lo que puse de mi parte incluido, ella se ha marchado. Ahora podría conjugarla en pretérito imperfecto pero sería engañarme. Podría decir que la culpa fue mia, que no supe retenerla aquí o podría decir que fue de ella. Que simplemente se cansó de mi. Lo que tengo claro es que es el momento de sentarme frente al ordenador, abrir el navegador de internet y buscar algún video pornográfico de rubias lesbianas con grandes tetas de silicona o de lolitas japonesas con uniforme colegial. A estas horas de la noche, cualquier perversión es buena para masturbarme hasta eyacular todos sus recuerdos. Porque a fin de cuentas, eso es la soledad: una triste paja a las cinco de la mañana.