martes, 22 de noviembre de 2011

Realidad

Yo le dije: tú no eres lo que yo buscaba, pero eres lo más parecido a lo que alguna vez soñé. Sabes que no tengo nada para darte, que tengo las manos vacías y el alma cansada, que aún me arden las cicatrices, que no soy trigo limpio y que no me gustaría que un tipo como yo fuera el novio de mi hermana. Sabes todo eso y aún así, duermes cada noche a mi lado. No sé si eres una inconsciente o si es verdad eso que dices de que me amas.
Ella me dijo: el amor tiene un punto de inconsciencia, ¿no crees? Nadie elige de quien se enamora.
Se abrazó más a mi, me quitó el cigarro de la mano y le dio una larga calada.
Yo le dije: ¿Que harás si un día conoces a otro tipo mejor que yo? Un tío que sea más alto, más guapo y con más dinero que yo. Que te sepa dar todo lo que tú mereces. Yo que sé, una casa con jardín y un perro, viajes...
Ella me dijo: Y si tú te encontraras a una mujer que haya leído a cualquier escritor con nombre raro de los que te gusta leer y que lleve las faldas más cortas que yo, ¿Que harías?, ¿Te irías con ella?
Yo le dije: Posiblemente. Pero te puedo asegurar que no me lo perdonaría nunca.
Ella me dijo: Sé que no lo dices en serio. Nunca me dejarías.
Entonces le quité el cigarro y le di una última calada. Expulsé el humo por la nariz y sosteniendo su cara entre mis manos la besé con la dulzura que exigía el momento. En la boca, en el cuello y en los hombros. Me perdí bajo las sábanas y seguí besándola: en el ombligo, en los muslos y en las rodillas. Volví a recorrer el camino a la inversa, esta vez besando la cara interna de sus muslos, y parándome a bucear dentro de ella. Ella se dejaba hacer y me agarraba la cabeza con sus manos. Esa noche hicimos el amor hasta que sin darnos cuenta amaneció. Era buena chica. Por eso me dolió tanto el día que otra mujer, que había leído a Hemingway y a Virginia Woolf y con la falda más corta que ella, se cruzó en mi camino.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Golpes

Los gritos hacían temblar las paredes. Insultos, dientes apretados, puñetazos en las puertas. Su aliento olía a whiskey y a tabaco. Levantó la mano y soltó el primer golpe. Con la mano abierta. Seguía gritando e insultando. Celos, engaños que solamente veía él. Otra bofetada. Ella no se encogía. Se clavaba en sus ojos a la vez que le gritaba hijo de puta. Él se dirigió hasta la cocina y se abrió una lata de cerveza. Con ella en la mano, volvió al salón. Ella lloraba con el rostro hundido entre las manos. No le dolían los golpes. Ya no.
Él le dio un largo trago a la cerveza y soltó un eructo. La miraba y se rascaba la cabeza, como un orangután. Le dio un pequeño golpecito con la pierna y volvió a insultarla. Atacó con lo de siempre: celos, celos, celos. Ella trataba de calmarlo. Se incorporó del sofá y le pasó el brazo por el cuello, pegándose a él, notando su aliento alcohólico y asomándose a sus ojos de pozo ciego lleno de mierda. Le dijo que tranquilo, que no pasaba nada, que ella no había tonteado con nadie. Que sólo lo quería a él, que dejara la cerveza que ya estaba bastante borracho, que los niños los podían escuchar. Por respuesta recibió otra bofetada y otro puta mascullado entre dientes. Ella llevaba mucho tiempo aguantando por los niños, que estaban en la habitación de al lado. Ahora estarían llorando, escondidos, bajo las sábanas. Supuso que el más grande, abrazaría a su hermano pequeño. Lo que ella no sabía es que el pequeño, del miedo, se había vuelto a orinar encima.
Un puñetazo directo a la cara le reventó el labio inferior. La sangre manaba chivata y caliente. Lloraba sin llorar. Tenía miedo. Otro puñetazo más y otro y otro. La cara le ardía, sabía que tenía un ojo hinchado. Trató de ponerse de pie y refugiarse en el baño pero él la derribó de una patada y acabó en el suelo, indefensa y en posición fetal. El se enceló como un toro y comenzó a darle patadas en los riñones, en la cabeza. La agarró de los pelos y la puso de pie. Volvió a insultarla. Ella lo escuchaba como desde lejos a pesar de que sus labios rozaban sus oídos. Él le golpeo en el estómago y la dejó un rato sin respiración. Ella boqueaba y se retorcía como un gusano ensartado en un anzuelo. Él seguía con su monólogo. De vez en cuando, ella conseguía escuchar algo de lo que decía: “...sabes que yo no quiero que esto sea así...”, “...y tú me obligas.”, “...puta”. Siempre la misma palabra. Una y otra vez, puta.
Él fue hasta la cocina de nuevo. Ella recuperó el aire. Le dolía todo el cuerpo. Quería que todo terminara. Definitivamente, lo va a dejar. Mañana mismo cogerá a los niños y se irá a casa de su madre. Ya no aguantaba más. Él le hablaba desde la cocina, pero ella no lo escuchaba, pensaba en sus hijos. Se pasó el dorso de la mano, débil y temblorosa, por la boca para limpiarse la sangre. Sin darse cuenta, ya lo tenía encima. Se sentó a horcajadas sobre ella, aprisionándole los brazos con las piernas contra su propio costado. Tenía un cuchillo en la mano. No lo hará, pensaba. No será capaz. Tenía miedo. Él le escupió. Ella gritaba con todas las fuerzas de su garganta. Quería liberarse. El descargó un nuevo puñetazo sobre su cara. Ella gritaba y lloraba. Suplicaba, le pedía por favor que la dejara. Él no escuchaba.
La primera puñalada no le dolió. Ni siquiera la notó. Se dio cuenta por el calor de la sangre que empapaba su barriga. Ella había liberado sus brazos e intentaba agarrarlo por las muñecas por eso se hizo varios cortes en las manos. Tampoco le dolieron. Él volvió a clavar el cuchillo. Ella se notaba cada vez con menos fuerzas. Otra puñalada. Ahora no luchaba por liberarse si no por llenar sus pulmones de aire, pero no lo lograba. Otra puñalada. La vista se le nublaba y a duras penas, lo vio, con los ojos inyectados levantando nuevamente el cuchillo. Nunca pensó que esto acabaría así. Otra puñalada. Pensó en sus hijos. Otra puñalada. Entonces, la oscuridad.
Él se quitó de encima de ella, jadeante y con la camiseta empapada en sangre. Alguien llamaba a la puerta. Los vecinos habían llamado a la policía. Tiró el cuchillo al suelo y se dio la vuelta. En el pasillo, sus dos hijos lo miraban y lloraban. El más grande abrazaba al pequeño. Se oían gritos desde el otro lado de la puerta. Miró el cadáver de su mujer tirado en el suelo. Un charco de sangre llegaba hasta sus pies. La policía gritaba algo. Caminó a pasos rápidos hasta el balcón. A la misma vez que la policía abría de golpe la puerta él se lanzó y cayó al vacio desde el séptimo piso y quedando su cuerpo desparramado en la acera. Muerto. Tarde, asquerosamente tarde.

domingo, 9 de octubre de 2011

Quiero

Hoy quiero abrazarte fuerte (lo justo para no romperte). Quiero maldecir la alarma del despertador que te arranca de mis sueños y de mis brazos porque quiero que sigamos en la cama. Un rato o toda la mañana si es preciso. Quiero revolver más las sábanas aún. Quiero que me revientes la boca con un beso y quiero verte todas las mañanas así: despeinada y sin pintar, con los ojos hinchados, casera y hermosa de verdad.
Ya que no nos queda más remedio, quiero ver cómo te vistes. Quiero ver como te subes las medias y como se abrazan a tus piernas mientras yo te beso en el cuello. Quiero subirte la cremallera del vestido. Quiero apoyarme en la puerta del baño y mirar, por encima de tu hombro, como te peinas y como te maquillas. Quiero respirar al compás de tus tacones cuando vayas hacia la mesa del salón a recoger los papeles del trabajo. Quiero que el olor de tu perfume me lleve en volandas hasta la puerta de casa. Quiero mirarte el culo mientras vas camino de el ascensor.
Quiero sentarme a escribir cosas que me recuerden a ti: tu risa, ese tajo afilado de navaja que corta el silencio de mis madrugadas, o el roce de tus dedos, de donde brotan arco iris cuando escampan las tormentas. En tu ausencia, quiero recordar el brillo de cien mil cometas que habitan en tus ojos, quiero escuchar Just like a woman, de Dylan, porque me recuerda a ti.
Quiero travestirme de Penélope y tejer y echarte más de menos cada vez y mirar por la ventana como el cielo gris hormigón, se desploma sobre la ciudad y llora con tristeza de invierno y empapa la calle.
Quiero que se de prisa el reloj y que pasen pronto las horas. Quiero cocinar para ti a pesar de mi torpeza. Quiero tenerlo todo listo para cuando vuelvas. Quiero que no te atrape el atasco de todos los días. Quiero ver como el perro salta del sofá al escuchar el sonido de tus llaves cuando abres la puerta.
Quiero cambiarle el sentido a la palabra rutina. Quiero que todos mis días sean así porque contigo todos los lunes tienen alma de domingo y el calendario es un estorbo en la pared que únicamente señala todos los días que nos quedan por vivir.
Quiero que pongas los pies en mi regazo mientras vemos la televisión, aún con los restos de la cena sobre la mesa. Quiero llevarte en brazos hasta la cama y hacerte el amor. Quiero dormirme pensando en que mañana cuando amanezca seguirás estando a mi lado y empezará un nuevo día y todo seguirá igual y yo querré abrazarte fuerte (lo justo para no romperte) y querré maldecir la alarma del despertador por arrancarte de mis sueños y de mis brazos porque querré seguir en la cama...

lunes, 20 de junio de 2011

Me gustan tus ojos

Me gusta lo que me cuentan tus ojos. Cuando se agrandan bajo el arco de tus cejas me dicen que estás sorprendida. Como por ejemplo cuando me presento en el bar donde trabajas con la excusa de desayunar y te digo que voy allí, aún quedándome en el otro extremo de la ciudad, porque haces el mejor café del mundo. Cosa que por otro lado es mentira: el café de tu bar tiene un sabor, digamos, raro. Tú lo sabes pero me lo perdonas porque sólo es una mentirijilla piadosa.
Me gusta cuando tus ojos me cuentan que estas cansada. Cansada de muchas cosas: cansada de ir a la facultad por las mañanas, de estar a punto de terminar una carrera que sabes que no te va a servir para currar en lo que sueñas. Cansada de trabajar por las tardes en un bar de mala muerte. De aguantar a un jefe que te mira el culo sin cortarse un pelo. Cansada de príncipes azules que se convierten en ranas justo después del primer beso. Cansada de perseguir sueños que corren más rápido que tú. También me gustan tus ojeras porque son el luto de tus ojos. Esas ojeras, me cuentan tus ojos, que son por el desvelo. Esas ojeras son de repasar apuntes de madrugada escuchando la radio, donde una locutora de voz dulce y cálida habla por hablar. Esas ojeras son por culpa de ese libro que te tiene atrapada y que devoras cada noche antes de acabar soñando con su protagonista: ese cabrero guanche, pelirrojo, que es capaz de navegar de polizón hasta el fin del mundo por encontrarse con la mujer a la que ama.
Me gustan tus ojos cuando me cuentan que aún jodida, sabes sonreír. Tú te ríes y tus ojos se encojen como si quisieran esconderse. Te ríes a boca llena y tus ojos dejan escapar una lagrimita graciosa. Te ríes y tus ojos acompañan a tu risa. Incluso a veces, cuando te toca un cliente grosero y pesado y tú, seria y educada, aguantas el tipo, tus ojos se ríen socarronamente aunque tu boca muestre lo contrario.
Me gustan tus ojos cuando me cuentan que arrastras un pasado. Igual que yo, igual que todos. Pero tus ojos me hablan de un pasado jodido. Puedo ver en tus ojos a la niña que fuiste, creciendo en un barrio duro y marginal. Puedo ver en tus ojos a la niña que se sentía excluida en el colegio por no ser como el resto de compañeros. Por ser la chica rara. La que estudiaba y sacaba buenas notas. La que en vez de Camela escuchaba Nirvana. Veo en tus ojos, porque ellos me lo dicen, una tristeza hermosa. Una tristeza de resignación. Una resignación que te da el hecho de saber el mundo en el que vives.
Me gustan tus ojos cuando me cuentan que estás esperando a que te diga algo. Me gustan tus ojos cuando me buscan por todo el bar y si por casualidad te pillo mirándome, rápidamente miras hacia otro lado. Me gustan tus ojos cuando miran hacia abajo y te sonrojas. Me gustan tus ojos cuando, de vez en cuando, los atrincheras detrás de tus gafas y te hacen parecer más frágil aún de lo que eres.
Pero sobre todas las cosas, me gustan tus ojos cuando me cuentan que es posible encontrar algo de esperanza entre los escombros. Cuando me cuentan que si esta ciudad la habitas tú, no puede ser tan mala. Me gustan cuando parece que me están pidiendo auxilio con el codigo morse de tus parpadeos. Cuando me piden que te rescate de las madrugadas con apuntes, de tu jefe y de los clientes gilipollas. También me gustan cuando no los veo porque me los imagino y es como si te tuviera al lado. Me gustan tus ojos cuando, a pesar de que es pronto y de que sólo hemos visto juntos amanecer una vez, me cuentan que te estás enamorando de mi.

jueves, 2 de junio de 2011

Primaveras y Revoluciones

En Portugal, se taparon las bocas de los fusiles con claveles. Fue en primavera. También llegó la primavera a Praga. Justo después, la primavera llegó hasta Pekín. En París, la primavera entró a saco levantando barricadas en las calles. Parecía un huracán que en su ojo llevará todos los sueños sociales de los hombres. En Madrid, la primavera nos pilló de sorpresa. Apareció sin avisar. Ella traía las manos cargadas de sueños pero nosotros hacíamos zapping entre Sálvame de luxe y Gran hermano. Nos enraizábamos en nuestro sofá, en nuestro piso de alquiler. Hacíamos buena la frase esa de amar la libertad y las cadenas: amábamos la correa que nos ataba como fieles corderos. Como buenos perros amaestrados no protestábamos al amo, a la mano que nos daba de comer. Nos sentábamos sobre las letras de nuestra hipoteca a cuarenta años y leíamos que Emilio Botín está contento con el trabajo de Fernando Alonso en Ferrari. Leíamos los periódicos mientras hacíamos cola en el INEM para distraernos y reflexionábamos sobre lo que estábamos leyendo: ¿quién es más completo Messi o Cristanio Ronaldo? Era un otoño largo, complicado y cabrón. Pero llegó ella, la primavera que esperábamos como agua de mayo. La chispa que en el fondo todos deseábamos que llegara pero que nadie se atrevía a prender. Ellos, los poderosos, habían hecho bien su trabajo. Casi nos habían convencido de que las cosas han de ser así. Entonces, bajo el palio de esta bendita primavera, a algunos se les ocurrió gritar rebeldía en la Puerta del Sol y su eco regresó desde Bilbao, desde Sevilla, desde Barcelona, desde Granada. Su grito sacudió toda esta puta España, como decía el gran Pepe Rubianes. Y los jóvenes sedientos de primavera, mordieron con decisión la mano que les daba de comer. Les dijeron a los políticos que ya estaba bien. Que las mentiras, las promesas y toda la mierda del sistema podrido que les ha enriquecido, se las guarden para su puta madre. Que ellos no son más que la voz del pueblo pero que el pueblo lleva amordazado demasiado tiempo. Los jóvenes y también los no tan jóvenes y los obreros y las amas de casa y los parados, ebrios de primavera, les gritaron a los banqueros que hasta aquí llegábamos.
Llegó la primavera y nos desperezó. Nos hizo levantarnos del sofá y apagar la televisión por un momento. Nos hizo pegarnos al timeline de twitter para algo más que para pedir la expulsión de Aida Nízar de Supervivientes. Llegó la primavera y nos dimos cuenta de que si queremos, podemos. Conseguimos que los poderosos se removieran asustados en sus poltronas. Esta primavera que llegó a este país de botijo y pandereta, a pesar de haber llegado necesariamente, llegó demasiado rosa y desnatada. ¿Qué hubiera pasado si esta primavera en lugar de acampar pacificamente y organizarse de modo racional y sensato hubiera llegado con sangre y fuego?¿Qué hubiera pasado si la gente asqueada y furiosa hubiera entrado a saco en el Palacio de la Zarzuela y en la Moncloa y en el Congreso de los Diputados y en cada ayuntamiento y en cada diputación?
La cuestión es que espero que esto sea sólo el principio. Ojalá nos sirva para algo. Quizás lo de esta primavera tan sólo sea un ensayo. Aunque en realidad, viendo lo que el paso del tiempo hizo con las primaveras de Pekín, de Portugal o de París, tengo poca fe. Lo sí que es incuestionable, es que nos hemos despertado y estamos empezando a levantar la voz. A ver cuando llega la hora de dar el puñetazo en la mesa.

domingo, 8 de mayo de 2011

Hay noches

Hay calles mojadas porque los barrenderos se afanan en borrar con sus mangueras las pistas de la noche que comienza a extinguirse. Hay farolas que escupen una luz pobretona y amarilla. Hay cicatrices en las fachadas de los edificios que amenazan ruina. Hay taxis conducidos por taxistas aburridos. Hay mujeres que fuman y esperan a que cualquier coche las rescate del frío. Mujeres que huelen a sudor y a perfume barato. Mujeres que cobran por mentir, que mienten para sobrevivir y que sobreviven por coraje.
Hay bares que aún no han cerrado. Hay quioscos de prensa que se desperezan. Hay un par de policías entrando al reservado de un puticlub. Hay estudiantes insomnes por culpa del mal de amores. Hay soldados vigilando las cámaras de las puertas de los cuarteles. Hay un voyeur en la azotea. Hay pocas estrellas en el cielo. Hay cristales rotos, jeringuillas, condones usados, una hoguera a punto de apagarse y el chasis de una moto carbonizada en el descampado.
Hay gente abarrotando las urgencias de los hospitales. Hay fuentes sin agua y palomas descansando sobre las gárgolas de la catedral. Hay un yonki metiéndose un pico en un portal. Hay una sombra moviéndose como una serpiente por los callejones poco iluminados. Hay un mirador repleto de coches con las ventanillas empañadas por el vaho. Hay aparcamientos libres en el centro. Hay muchachos que dormitan tras los cristales blindados de las gasolineras.
Hay despertadores apunto de sonar. Hay autovías desiertas, olor a pan recién hecho, madres que esperan a sus hijos, hijos esnifando ketamina en el servicio de una discoteca. Hay farmacias de guardia, hoteles discretos, mendigos en los cajeros automáticos. Hay parques que parecen cementerios.
Hay noches, como la de hoy, en las que regreso a mi casa con todo el peso del fracaso sobre mis espaldas. Noches en las que, una vez más, no supe llevarme a la chica más guapa del bar. Tampoco a la más puta. Noches en las que el camino hasta mi casa es eterno. Noches en las que camino solo, con pasos deliberadamente cortos, sin prisa por llegar.
Hay noches, como esta, en las que el frío se mete en los huesos y duele. Aunque no sé si esta noche es el frío o la soledad lo que se me ha clavado en los huesos. La cuestión es que es de noche y duele.

viernes, 22 de abril de 2011

El poema que una vez te escribí

Probablemente, a estas alturas, estés apunto de tirar el poema que una vez te escribí. Ese poema que pegaste con un imán al frigorífico. Te acercarás despacio, despegarás el imán y lo leerás por última vez. Harás una pelota con él y lo tirarás a la basura. Luego, te sentarás y apoyarás los codos en la mesa de la cocina, esconderás la cara entre tus manos y llorarás. Llorarás por todo lo que pudimos ser y no fuimos. Por ser tú tan tú y ser yo tan yo. Por no haber sabido ser nosotros. Llorarás por habernos dejado caer en la rutina. Por acomodarnos a ir a los mismo bares, por discutir siempre por las mismas cosas. Llorarás por tus celos y mi egoísmo. Llorarás por mis ausencias y tus rencores. Pero ahora, como es lógico, harás inventario de recuerdos. Ojalá recuerdes, como yo lo hago, la noche aquella en la que yo cantaba en un garito y te reconocí entre el público. Aquella noche amanecí en tu portal. Hablamos de todo lo que se podía hablar. Fumamos un par de cigarros y el último nos lo fumamos a medias. Recuerdo que esa noche no nos besamos. Ahora te vendrán a la memoria los buenos momentos que vivimos: los inviernos en que buscamos el calor de las tabernas de Granada, las habitaciones de los hoteles donde dimos buena cuenta de nuestra pasión. Las noches en vela hablando, riendo, creyendo que éramos felices. Fue un tiempo donde yo te parecía interesante y tu me parecías la chica perfecta. Luego llegó, cruel y a destiempo, la puta realidad y nos golpeó de lleno en los sueños. Tú conociste mis miserias, mis rarezas y mis miedos. Yo descubrí que no siempre te ríes y que sabes golpear donde duele. También descubrí que puedes ser fría, distante y un poco hija de puta.
Tal vez ahora, con las mejillas mojadas por las lágrimas, con un pañuelo de papel hecho una bola en tu mano izquierda, con la nariz roja y los ojos hinchados, cogerás el teléfono y llamarás a tu amiga. Como es su deber, ella te dará la razón igual que mis amigos me la dan a mi. Llorarás más y ella te consolará recitando la retahíla de tópicos que se suelen decir en estas circunstancias. Tú asentirás, le darás la razón y ella terminará con una broma que, tal vez, te arranque una tímida sonrisa. Quedarás con ella por la tarde para seguir despellejándome y os recrearéis en la faena.
Saldrás de la cocina y volverás al dormitorio. Te sentarás en la cama, aún con las sábanas revueltas y quitarás de la mesita de noche la foto en la que tras el cristal, los dos nos miramos al uno al otro y sonreímos como dos gilipollas que no saben que el tiempo siempre gana la partida. Leerás lo que te escribí en el dorso de la foto y la esconderás para no volver a verla hasta el momento más inoportuno. Créeme, esas cosas, como los recuerdos, siempre vuelven a aparecer cuando menos deben hacerlo. Te ducharás, te vestirás y te maquillarás. Saldrás a la calle y cogerás el coche para ir camino del trabajo. En la radio sonará ese cantautor que, decías, te recordaba a mi. Cambiarás de emisora y un atasco te atrapará. Llegarás a tu oficina y harás de tripas corazón para que nadie note lo jodida que estás. Cumplirás, saldrás a comer y ya, después de toda la jornada, llegarás al café donde tu amiga te espera. Ella te aconsejará y las dos acabareis maldiciendo a todos los hombres. Llegarás a tu casa, cenarás algo ligero y te meterás en la cama. Tal vez, no puedas dormir. Tal vez, te pasarás la noche en vela. Lo que es seguro es que todo acaba pasando. Dentro de un par de meses, yo sólo seré un arañazo en tu memoria. Los dos sabemos que dentro de un par de meses será otro el que fumará cigarros a medias contigo. Dentro de un par de meses será a otro tipo al que mirarás, y te mirará, con cara de gilipollas en una fotografía. Será otro el que ocupará el lado de la cama que era mio. Será otro el que te desnudará en cualquier habitación de hotel. Y yo haré lo mismo, claro. Yo seguiré escribiendo poemas que otras colgarán en su frigorífico. Aunque, seguramente, después de todo lo que nos ha pasado, no habremos aprendido una mierda y volveremos a cometer los mismos errores.

sábado, 9 de abril de 2011

Dos Jóvenes

Quedaron, como otros días, después de clase en el parque que había a la espalda de su instituto. Era un parque sombrío y discreto: con columpios sin niños, fuentes sin agua, un par de farolas rotas, asientos con travesaños de madera, algunos partidos y astillados, y con graffitis en la pared del fondo, donde los árboles dan refugio a las parejas cuando cae la noche. Después de contarse mutuamente como les había ido el día en clase se intercambiaron los regalos. Era catorce de febrero y había que cumplir. Después de los regalos llegó el momento de los te quiero y de los y yo a ti también. Seguramente, porque tienen quince años y son jóvenes e ingenuos, porque aún no han conocido la mentira y el desengaño, porque aún no saben de celos, de autoprotección ni de desencanto, esas serán las palabras de amor más sinceras que dirán en su vida. Entonces, como el torpe sol de febrero no acertaba a calentarlos, decidieron hacerlo ellos mismos. Sentados en uno de los bancos, sabiéndose libres de miradas indiscretas, se arrimaron todo lo más que pudieron. Así, poco a poco, lentamente, se cogieron de la mano. Un ejercito de mariposas desfilaba en sus estómagos y era porque se sentían felices. Entrecruzaron sus dedos y se miraron a los ojos y ninguno de los dos sintió vértigo. Querían ser mayores para no tener que esconderse, querían comerse a besos hasta que la boca les doliera...y eso iban a hacer. Pero una mujer mayor, cargada con las bolsas de la compra, pasó cerca de ellos. Rápidamente se soltaron de la mano. Ella los miró, desafiante y creyéndose estúpidamente mejor que ellos masculló algo entre dientes. Ellos se azoraron y se separaron un poco. La mujer se perdió por una punta del parque no sin antes gritarles desde lejos algo que a ellos les debió de parecer el mayor de los insultos porque ambos bajaron la vista al suelo. Lo que les gritó llevaba algo de juventud asquerosa, indecencia y cosas por el estilo. Una parte de los adolescentes de hoy en día, esa parte exenta de modales, educación y vergüenza le hubiera respondido con un lenguaje soez y casi seguro, se hubieran encarado con la mujer. Pero ellos no eran de esa clase. Ellos eran de los que piden las cosas por favor, dan las gracias y hablan de usted a las persona mayores. Ellos no dijeron nada. No es que no estuvieran en su pleno derecho de contestarle a esa mujer, es que simplemente tuvieron miedo. Debieron de sentirse avergonzados o sencillamente humillados. El caso es que recogieron sus mochilas, sus carpetas y sus regalos y se marcharon del parque. Iban caminando en silencio, distantes el uno del otro. De vez en cuando rompían el silencio con alguna que otra tontería sin importancia.
Llegaron a su destino: una obra medio abandonada desde hace muchos años. Ahí si: Se besaron con ganas y con rabia. No se besaron como venganza contra la mujer del parque. No se besaron como acto de rebeldía contra todos los que los habían obligado a tener que besarse en esa puta obra o contra todos los que los habían desterrado de los parques por ser jóvenes. No se besaron como metáfora del triunfo sobre todos esos imbéciles que les estaban haciendo la vida imposible insultándolos. Se besaron con toda la rabia que cabía en sus pechos de quinceañeros por no haberse podido besar, como si que lo hacían sus compañeros en los pasillos del instituto. Se besaron como si nunca más fueran a tener la ocasión de besarse, porque así es como se besa con quince años. Se besaron porque se amaban de verdad. Se besaron como lo que eran dos jóvenes enamorados. Dos jóvenes homosexuales enamorados. Benditos sean.

lunes, 28 de marzo de 2011

Porque tuvo que pasar

Se conocieron porque se tenían que conocer. El sitio y la hora fue lo de menos. Como siempre pasa en estas historias, todo fue una sucesión de casualidades, azares y un poquito de cara dura por parte de él. El caso es que se conocieron. Ella alta, morena, media melena, ojos pequeños. Vestía minifalda ajustada y escote de vértigo. Iba maquillada lo justo. Tenía los labios finos y una lengua que se intuía mojada y juguetona. Él rubio también. Alto, atlético y con unas manos grandes. Aunque tenía una espalda poderosa, ancha y fuerte, andaba algo encorvado. Parecía un titán en horas bajas. A pesar de todo, andaba con seguridad de cazador experto. Él consiguió que ella se separara de su grupo de amigas. Hablaban y reían, cada uno en una punta de la barra. Tenían las poses más que estudiadas. De vez en cuando, se miraban a los ojos. Ella hacía como si se sonrojara y él se sentía seguro.
Se besaron porque se tenían que besar. Él acercó su silla hasta ella. Era una jugada mil veces repetida, como un profesional del ajedrez, seguro de que el movimiento le va a dar la partida. Ella se inclinó hacía delante, como la arena que se prepara para recibir a la ola. El tajo se su boca se abrió sin disimulo. Él puso sus manos dulcemente en sus mejillas y apretó su boca contra la de ella. Cerraron los ojos, porque un beso con los ojos abiertos es menos beso, y sus lenguas jugaron a buscarse.
Se fueron a una pensión porque tenían que irse a una pensión. Nada más entrar, ella pegó su espalda en el papel pintado de la habitación. Él le subió la falda y se arrodilló. Buceó dentro de ella, hondo muy hondo. Dentro, muy dentro de ella. Aspiraba su olor y se alimentaba de ella. Ella clavaba sus uñas en los hombros de él. Con la cara empapada de ella, se incorporó, le dio la vuelta y la hizo inclinarse. Él agarraba sus caderas mientras ella gemía y se mordía el labio. Luego, ella se giró y siguieron la faena cara a cara. Follaron durante toda la noche. De pie, en la cama y en la ducha. Con las primeras luces del alba, recogieron sus cosas, dejaron la llave en recepción y se marcharon. La habitación que minutos antes había encerrado tanta pasión, tanto deseo, ahora simplemente servía para que descansaran sobre el suelo enmoquetado las huellas que deja el sexo vacio de sentimientos. La cama, que anteriormente había sido una dulce trinchera, ahora sólo era una deshecha mortaja con olor a naftalina y con una mancha de semen en la almohada.
Se despidieron porque tenían que despedirse. Ninguno de los dos esperaba más de aquello. No hubo ruido en la salida. No hubo ningún llámame mañana o un tal vez nos volvamos a encontrar. Los dos sabían bien que hay historías que es mejor dejarlas morir con el sol y esta era una de esas historias. Llegado el momento se dijeron adiós con dos besos en la mejilla y echaron a andar en dirección opuesta.
Y todo pasó porque sí. Porque tuvo que pasar. Porque era sábado. Sin más

sábado, 19 de febrero de 2011

Nunca escribiría sobre ti

Ya he perdido la cuenta de la veces que me has pedido que escriba algo sobre ti. Un cuento, una canción o un poema. Créeme, nada me gustaría más pero no es fácil. Te juro que a veces, me he sentado delante de una hoja en blanco y he tratado de hacerlo pero no me sale nada. No encuentro las palabras exactas para describirte y mira que te tengo a fuego grabada. Podría contar como te imagino en la intimidad de tu piso, cuando nadie te ve: tomándote un ron, sola, con algo de Brel sonando de fondo. Pongamos que Vesoul, Mathilde o Amsterdam. De esta última supongo que odiarás, como yo lo hago, la versión que hizo David Bowie. En fin, que te imagino quitándote las gafas, con la vista cansada y con un libro en tu regazo, donde una flor seca te sirve de marcapáginas. A veces creo que lees a Stendhal otras veces pienso que eres más de Proust. Quizás me equivoque, pero te imagino frágil e indefensa, como el silencio de madrugada.
El problema de escribir algo sobre ti es que, seguramente, diría muchas más cosas de las que deberías saber. Como por ejemplo que me encanta mirarte sin que te des cuenta. Que llevo cada uno de tus gestos tatuado en mis pupilas o que planeo mil estrategias distintas cada día para poder cruzarme contigo. También que tú eres lo que llena mis dudas. Me he preguntado muchas veces por tus sueños, por tus fracasos, por lo que esperas de la vida. Aunque, lo que realmente me quita el sueño son otras cosas: Cómo será tu olor cuando estés recién salida de la ducha y no huelas a nada. Cómo suenan los buenos días en tu boca en las mañana con resaca. Me matan las ganas de saber cómo te desnudarás, si empiezas primero por soltarte el pelo y luego la blusa o si primero te descalzas y te quitas las medias. Ardo en la hoguera de la incertidumbre por saber a qué sabe tu boca. Tu boca que por cierto, nunca te lo he dicho, pero me parece un tajo de navaja afilada que sangra cada vez que te ríes. Me gusta tu boca. También me gusta tu aire de chica tímida aunque no me lo crea. Me gustan tus lunares, todos y cada uno de ellos. Los de tu cara y los que imagino que no se te ven, los que ocultas, la secreta constelación de tu espalda. Me gustan las olas de tu pelo negro, como un negro crespón de muerte.
Si escribiera algo sobre ti, al final me pondría cursi y empalagoso y acabaría contándote que me pongo nervioso como un puto quinceañero si te sientas a mi lado. Que la ginebra se vuelve dulce cuando bebo contigo. Que tus enormes ojos oscuros y tu forma de mirar me acojonan y me hacen sentirme pequeño y vulnerable. Que es muy fácil cantar cuando tu estás cerca del escenario y que si no estás te invento. Que maldigo a tu novio y me maldigo a mí mismo por mi falta de valor para acercarme a ti y susurrarte al oído que te escapes conmigo de esta puta ciudad de mierda que ya no nos ofrece nada a ninguno de los dos.
Por esos motivos, entre otros, espero que entiendas que nunca podría escribirte nada. Ni un cuento, ni una canción, ni un poema, ni un texto en este blog.

martes, 8 de febrero de 2011

Abre las ventanas

Abre las ventanas, ventila tu corazón. Sal a la vida y coge las riendas de tu destino. Ya está bien de ser la mujer que todo el mundo quiere que seas. Ya te cansa eso de ir de casa a la oficina y de la oficina a casa y de vez en cuando, consolarte con salir con las amigas a tomarte un par de copas a ese local tan de moda, tan llenos de babosos, de guaperas de gimnasio. Ya está bien de pensar en el que dirán, de hacer dietas para gustarle a todos menos a ti. Grita que hasta aquí hemos llegado y rebélate. Rebélate contra esta puta sociedad machista que te impide disfrutar plenamente de la vida porque estás pendiente de todo el mundo menos de ti. Ríete en voz alta, no te maquilles más que lo justo, toma el primer avión y haz ese viaje que siempre has querido hacer, que la vida es muy puta y cualquier día te darás cuenta que se han ido los mejores años de tu vida y te has perdido muchas cosas sólo por pensar en el que dirán.
Abre las ventanas y mira por ellas. Tienes todo un mundo de posibilidades ahí fuera. Si tu vida es gris, que no se te olvide que eres tú la que tiene la paleta para llenarla de color. Desperézate, alza la vista y camina con la cabeza alta y con paso firme. Olvídate de los balances, de los informes, del runrún de los ordenadores, del compañero que te mira el culo cuando pasas a su lado. Si esta ciudad te consume, lárgate de aquí. Echa raíces en otro lado. No pasa nada por empezar de cero.
Abre las ventanas y observa el cielo. Sobre ese manto gris ceniza, aunque ahora no lo veas, está azul. Aunque todo sea una mierda, que no seré yo el que te lo niegue, todo puede cambiar. Siempre queda esperanza, sólo hay que tener un poquito de voluntad para cambiar las cosas. Que si, que vale, que Édith Piaf no tenía ni puta idea de lo que decía y la vida no es color rosa. Pero que nunca se te olvide: tú tienes la fuerza suficiente para darle la vuelta a la partida. En tu mano está el poder así que a qué estás esperando. Pégale un bocado a la vida, retuércele el cuello, exprime cada segundo como si fuera el último porque para lamentarte por todo lo que nunca hiciste siempre hay tiempo.
Puede que por el paso del tiempo no puedas abrir esas ventanas. Puede que los postigos estén oxidados por el desuso. Para eso, si tú quieres, te presto mis manos. Para ayudarte a darle aire a tu vida... ¿Lo intentamos?

sábado, 22 de enero de 2011

Hotel Claridge

Fue en Madrid, hace algunos años. Yo había terminado de tocar en un garito al que ella había ido a tomar unas copas con una amiga. Estaba en ese momento en el que el vodka ya le había aflojado la lengua y yo andaba por la tercera ginebra. No sé si fue por iniciativa mia o si fue ella la que me cogió de la mano y tiró con fuerza, el caso es que nos escapamos de aquel bar y de su amiga. Anduvimos sin un rumbo claro, riéndonos a carcajadas por cualquier tontería. Si algo me gustó de ella era que se reía de verdad. No con una ligera sonrisa ni torciendo levemente la comisura de los labios hacia arriba: ella se reía con la boca llena. Sin complejos, abriendo por completo la boca y pintándose dos hoyuelos en las mejillas. Sin darnos cuenta ya estábamos en Gran vía, bajamos por Montera hasta llegar a la Puerta del Sol. Las putas, apostadas en las puertas de los meublés, soportaban el frío y el hastío como podían. Un chico joven nos salió al paso y me preguntó si quería hachís o farlopa. Le dije que no, que esa noche no. Ella llevaba una falda tan corta que hasta Carlos III se giró para mirarle el culo. Entonces me di cuenta de que era hermosa de verdad: no como esas mujeres que abundan en cualquier discoteca, pintadas como una puerta, emputecidas con sus vestidos cortos y ceñidos y sus zapatos de tacón de aguja sino hermosa como sólo lo puede ser un mar en calma o una ciudad de madrugada. Hablaba de su trabajo, de los viajes que aún tenía pendientes. Hablaba de lo mucho que amaba su ciudad. Hablaba y yo solamente podía escuchar hipnotizado. Cada palabra que salía de su boca, rozando sus labios, era una caricia. Entramos en un bar cualquiera y nos sentamos en una de las mesas más alejadas de la puerta. No estamos lo suficientemente borrachos, me dijo, y pidió otro vodka. Bebía como si quisiera encontrar todas las respuestas de todas las preguntas en el fondo de aquella copa. Cuando el camarero comenzó a subir los taburetes sobre la barra comprendimos que la hora de salir de aquel bar había llegado. Hacía frío. Yo me encendí un cigarro y ella se quitó los zapatos. Sabrinas, creo que le dicen a esos zapatos. Como el caballero que nunca he pretendido ser le ofrecí mi cama para que pasara lo poco que quedaba de noche. Aceptó. Creo que más por cansancio que por lascivia. Mientras esperábamos un taxi libre, comenzó a llover. Tardamos unos cinco minutos en encontrarlo. Empapados por el aguacero, nos refugiamos en la parte de atrás del taxi. Al Hotel Claridge, en Conde de Casal, por favor. Tardamos bien poco en llegar a nuestro destino. Pedí la llave en recepción. Ella me esperaba en el ascensor. Pulsé el botón para la cuarta planta y a mis espaldas las puertas se cerraron. Atrapados en el ascensor, notaba su nerviosismo mientras se retocaba el pelo mirándose en el espejo. Yo no decía nada, simplemente, apoyado en la pared del ascensor la miraba. Ella se dio la vuelta y me beso. No fue un beso de película. No fue un beso apasionado. Solamente puso sus labios sobre los míos y me beso. Nadie jamás me ha besado con tal dulzura. Después de besarme, bajó la mirada y no dijo nada. Entramos en la habitación. Estaba completamente desordenada, como es normal en mi. No me dejó encender la luz. Solamente con el tímido resplandor que se colaba por la ventana, me acerqué al minibar para ponernos dos copas y cuando me giré ella ya se había desnudado. No he vuelto a hacer el amor tan en silencio como aquella vez. No quedaba rastro de la mujer que hace tan sólo media hora se reía a carcajadas por cualquier cosa. Ahora todo era silencio y oscuridad. A penas si nos intuíamos el uno al otro. Nuestros cuerpos se buscaban y se encontraban sólo por instinto. Cuando terminamos, ella se fue a duchar. Yo fumaba sobre la cama. Volvió a aparecer en la habitación envuelta en una toalla, con el pelo mojado. Se sentó en la cama y comenzó a secarse las piernas. No me había fijado en la alianza que abrazaba uno de sus dedos. Comprendí que estaba casada. De haberlo sabido antes, me hubiera dado igual, para que nos vamos a engañar. El caso es que terminó de vestirse y me pidió que llamara a un taxi. No quise insistirle para que se quedara porque no lo habría hecho. Me dio un casto beso en la mejilla y se marchó. No la he vuelto a ver. Creo que ni siquiera me dijo su nombre y si me lo dijo lo he olvidado. Quizás si le hubiera dicho que yo también tenía una mujer que me esperaba cada noche se hubiera sentido mejor o tal vez no. La cuestión es que hoy la he recordado. Por lo que pudimos ser. Tal vez en otro tiempo, en otras circunstancias, quién sabe que habría sido de nosotros. Supongo que su marido nunca se enteró. En el fondo albergaba la esperanza de que algún día apareciera en un concierto para decirme que lo había dejado. Nunca lo hizo como yo tampoco le dije nunca que le había escrito una canción: Hotel Claridge.

lunes, 3 de enero de 2011

No me gustaría estar en tu pellejo...

No me gustaría estar en tu pellejo. Pasar del todo a la nada debe de ser duro. Yo no lo sé porque nunca he tenido nada. Nada más de lo imprescindible para ir tirando, claro. Es lo que tenemos la clase media, los trabajadores, que no tenemos grandes cosas. Pero tú sí. Tú eres de los de varios coches, varias casas, vacaciones en sitios exóticos y lujosos en verano y en invierno cacerías en la finca de algún amigo. Pero ahora las cosas las tienes jodidas. Has dejado de ganar algunos millones. Y una de tus empresas está a punto de pegar el cerrojazo. ¡Qué putada!
Consuélate pensando que no eres el único. Hay muchos empresarios en tu misma situación. Empresarios que se multiplicaron como setas al calor de los pelotazos urbanistícos. Muertos de hambre que prosperaron a base de triquiñuelas, tejemanejes y de corrupción. Todo ello con la complicidad de ayuntamientos que se hacían los longuis y miraban para otro lado, mientras siguiera entrando el sobre, el maletín o la bolsa de basura de turno. Y el gobierno, o quien coño haya sido el responsable de este desaguisado, no decía ni mu. Mientras, la burbuja inmobiliaria hinchándose, los precios disparados, cuatro gatos diciendo que esto se iba a acabar, que la burbuja estaba a punto de estallar. Hasta que eso ha pasado.
Pero mira, querido empresario, tus lágrimas de cocodrilo no me las creo. Porque seguirás ganando. Más o menos, pero tú siempre ganas. Incluso ahora, con la crisis que tenemos encima. Jodido realmente, lo van a tener todos los empleados a los que has despedido para poder seguir ganando la indigna cifra que entra todos los meses en tu cuenta. Ellos, tus empleados, no tenían grandes lujos con el sueldo de mierda que les pagabas. Por no tener, no tenían ni planes de futuro porque con los contratos de seis meses que tenían y que ibas renovando después de mandarlos a la calle a cobrar el paro para luego volver a contratarlos y así no hacerles un contrato fijo, vivían como pendientes de la hoja de una guillotina.
Pero cuidado, querido empresario, aunque en realidad todo lo que nos está pasando nos lo tengamos merecido, tú vas a seguir ganando hasta que nosotros queramos. Hasta que se nos hinchen los cojones y salgamos a reventar la calle. Aunque para que eso ocurra tengamos primero que sacudirnos la idiotez que nos ha calado hasta los huesos, aunque tengamos que apagar la televisión, aunque tengamos que olvidarnos de partidos políticos, de consignas, del nosotros y el vosotros. No te creas que es difícil. Ya pasó alguna vez. Así que seamos realistas, pidamos lo imposible. Deberías tenernos miedo, querido empresario, porque como las cosas sigan así no me gustaría estar en tu pellejo. Con nuestras esperanzas, con nuestras ilusiones y con nuestro pan, no juega ni Dios.