sábado, 22 de enero de 2011

Hotel Claridge

Fue en Madrid, hace algunos años. Yo había terminado de tocar en un garito al que ella había ido a tomar unas copas con una amiga. Estaba en ese momento en el que el vodka ya le había aflojado la lengua y yo andaba por la tercera ginebra. No sé si fue por iniciativa mia o si fue ella la que me cogió de la mano y tiró con fuerza, el caso es que nos escapamos de aquel bar y de su amiga. Anduvimos sin un rumbo claro, riéndonos a carcajadas por cualquier tontería. Si algo me gustó de ella era que se reía de verdad. No con una ligera sonrisa ni torciendo levemente la comisura de los labios hacia arriba: ella se reía con la boca llena. Sin complejos, abriendo por completo la boca y pintándose dos hoyuelos en las mejillas. Sin darnos cuenta ya estábamos en Gran vía, bajamos por Montera hasta llegar a la Puerta del Sol. Las putas, apostadas en las puertas de los meublés, soportaban el frío y el hastío como podían. Un chico joven nos salió al paso y me preguntó si quería hachís o farlopa. Le dije que no, que esa noche no. Ella llevaba una falda tan corta que hasta Carlos III se giró para mirarle el culo. Entonces me di cuenta de que era hermosa de verdad: no como esas mujeres que abundan en cualquier discoteca, pintadas como una puerta, emputecidas con sus vestidos cortos y ceñidos y sus zapatos de tacón de aguja sino hermosa como sólo lo puede ser un mar en calma o una ciudad de madrugada. Hablaba de su trabajo, de los viajes que aún tenía pendientes. Hablaba de lo mucho que amaba su ciudad. Hablaba y yo solamente podía escuchar hipnotizado. Cada palabra que salía de su boca, rozando sus labios, era una caricia. Entramos en un bar cualquiera y nos sentamos en una de las mesas más alejadas de la puerta. No estamos lo suficientemente borrachos, me dijo, y pidió otro vodka. Bebía como si quisiera encontrar todas las respuestas de todas las preguntas en el fondo de aquella copa. Cuando el camarero comenzó a subir los taburetes sobre la barra comprendimos que la hora de salir de aquel bar había llegado. Hacía frío. Yo me encendí un cigarro y ella se quitó los zapatos. Sabrinas, creo que le dicen a esos zapatos. Como el caballero que nunca he pretendido ser le ofrecí mi cama para que pasara lo poco que quedaba de noche. Aceptó. Creo que más por cansancio que por lascivia. Mientras esperábamos un taxi libre, comenzó a llover. Tardamos unos cinco minutos en encontrarlo. Empapados por el aguacero, nos refugiamos en la parte de atrás del taxi. Al Hotel Claridge, en Conde de Casal, por favor. Tardamos bien poco en llegar a nuestro destino. Pedí la llave en recepción. Ella me esperaba en el ascensor. Pulsé el botón para la cuarta planta y a mis espaldas las puertas se cerraron. Atrapados en el ascensor, notaba su nerviosismo mientras se retocaba el pelo mirándose en el espejo. Yo no decía nada, simplemente, apoyado en la pared del ascensor la miraba. Ella se dio la vuelta y me beso. No fue un beso de película. No fue un beso apasionado. Solamente puso sus labios sobre los míos y me beso. Nadie jamás me ha besado con tal dulzura. Después de besarme, bajó la mirada y no dijo nada. Entramos en la habitación. Estaba completamente desordenada, como es normal en mi. No me dejó encender la luz. Solamente con el tímido resplandor que se colaba por la ventana, me acerqué al minibar para ponernos dos copas y cuando me giré ella ya se había desnudado. No he vuelto a hacer el amor tan en silencio como aquella vez. No quedaba rastro de la mujer que hace tan sólo media hora se reía a carcajadas por cualquier cosa. Ahora todo era silencio y oscuridad. A penas si nos intuíamos el uno al otro. Nuestros cuerpos se buscaban y se encontraban sólo por instinto. Cuando terminamos, ella se fue a duchar. Yo fumaba sobre la cama. Volvió a aparecer en la habitación envuelta en una toalla, con el pelo mojado. Se sentó en la cama y comenzó a secarse las piernas. No me había fijado en la alianza que abrazaba uno de sus dedos. Comprendí que estaba casada. De haberlo sabido antes, me hubiera dado igual, para que nos vamos a engañar. El caso es que terminó de vestirse y me pidió que llamara a un taxi. No quise insistirle para que se quedara porque no lo habría hecho. Me dio un casto beso en la mejilla y se marchó. No la he vuelto a ver. Creo que ni siquiera me dijo su nombre y si me lo dijo lo he olvidado. Quizás si le hubiera dicho que yo también tenía una mujer que me esperaba cada noche se hubiera sentido mejor o tal vez no. La cuestión es que hoy la he recordado. Por lo que pudimos ser. Tal vez en otro tiempo, en otras circunstancias, quién sabe que habría sido de nosotros. Supongo que su marido nunca se enteró. En el fondo albergaba la esperanza de que algún día apareciera en un concierto para decirme que lo había dejado. Nunca lo hizo como yo tampoco le dije nunca que le había escrito una canción: Hotel Claridge.

lunes, 3 de enero de 2011

No me gustaría estar en tu pellejo...

No me gustaría estar en tu pellejo. Pasar del todo a la nada debe de ser duro. Yo no lo sé porque nunca he tenido nada. Nada más de lo imprescindible para ir tirando, claro. Es lo que tenemos la clase media, los trabajadores, que no tenemos grandes cosas. Pero tú sí. Tú eres de los de varios coches, varias casas, vacaciones en sitios exóticos y lujosos en verano y en invierno cacerías en la finca de algún amigo. Pero ahora las cosas las tienes jodidas. Has dejado de ganar algunos millones. Y una de tus empresas está a punto de pegar el cerrojazo. ¡Qué putada!
Consuélate pensando que no eres el único. Hay muchos empresarios en tu misma situación. Empresarios que se multiplicaron como setas al calor de los pelotazos urbanistícos. Muertos de hambre que prosperaron a base de triquiñuelas, tejemanejes y de corrupción. Todo ello con la complicidad de ayuntamientos que se hacían los longuis y miraban para otro lado, mientras siguiera entrando el sobre, el maletín o la bolsa de basura de turno. Y el gobierno, o quien coño haya sido el responsable de este desaguisado, no decía ni mu. Mientras, la burbuja inmobiliaria hinchándose, los precios disparados, cuatro gatos diciendo que esto se iba a acabar, que la burbuja estaba a punto de estallar. Hasta que eso ha pasado.
Pero mira, querido empresario, tus lágrimas de cocodrilo no me las creo. Porque seguirás ganando. Más o menos, pero tú siempre ganas. Incluso ahora, con la crisis que tenemos encima. Jodido realmente, lo van a tener todos los empleados a los que has despedido para poder seguir ganando la indigna cifra que entra todos los meses en tu cuenta. Ellos, tus empleados, no tenían grandes lujos con el sueldo de mierda que les pagabas. Por no tener, no tenían ni planes de futuro porque con los contratos de seis meses que tenían y que ibas renovando después de mandarlos a la calle a cobrar el paro para luego volver a contratarlos y así no hacerles un contrato fijo, vivían como pendientes de la hoja de una guillotina.
Pero cuidado, querido empresario, aunque en realidad todo lo que nos está pasando nos lo tengamos merecido, tú vas a seguir ganando hasta que nosotros queramos. Hasta que se nos hinchen los cojones y salgamos a reventar la calle. Aunque para que eso ocurra tengamos primero que sacudirnos la idiotez que nos ha calado hasta los huesos, aunque tengamos que apagar la televisión, aunque tengamos que olvidarnos de partidos políticos, de consignas, del nosotros y el vosotros. No te creas que es difícil. Ya pasó alguna vez. Así que seamos realistas, pidamos lo imposible. Deberías tenernos miedo, querido empresario, porque como las cosas sigan así no me gustaría estar en tu pellejo. Con nuestras esperanzas, con nuestras ilusiones y con nuestro pan, no juega ni Dios.