lunes, 3 de enero de 2011

No me gustaría estar en tu pellejo...

No me gustaría estar en tu pellejo. Pasar del todo a la nada debe de ser duro. Yo no lo sé porque nunca he tenido nada. Nada más de lo imprescindible para ir tirando, claro. Es lo que tenemos la clase media, los trabajadores, que no tenemos grandes cosas. Pero tú sí. Tú eres de los de varios coches, varias casas, vacaciones en sitios exóticos y lujosos en verano y en invierno cacerías en la finca de algún amigo. Pero ahora las cosas las tienes jodidas. Has dejado de ganar algunos millones. Y una de tus empresas está a punto de pegar el cerrojazo. ¡Qué putada!
Consuélate pensando que no eres el único. Hay muchos empresarios en tu misma situación. Empresarios que se multiplicaron como setas al calor de los pelotazos urbanistícos. Muertos de hambre que prosperaron a base de triquiñuelas, tejemanejes y de corrupción. Todo ello con la complicidad de ayuntamientos que se hacían los longuis y miraban para otro lado, mientras siguiera entrando el sobre, el maletín o la bolsa de basura de turno. Y el gobierno, o quien coño haya sido el responsable de este desaguisado, no decía ni mu. Mientras, la burbuja inmobiliaria hinchándose, los precios disparados, cuatro gatos diciendo que esto se iba a acabar, que la burbuja estaba a punto de estallar. Hasta que eso ha pasado.
Pero mira, querido empresario, tus lágrimas de cocodrilo no me las creo. Porque seguirás ganando. Más o menos, pero tú siempre ganas. Incluso ahora, con la crisis que tenemos encima. Jodido realmente, lo van a tener todos los empleados a los que has despedido para poder seguir ganando la indigna cifra que entra todos los meses en tu cuenta. Ellos, tus empleados, no tenían grandes lujos con el sueldo de mierda que les pagabas. Por no tener, no tenían ni planes de futuro porque con los contratos de seis meses que tenían y que ibas renovando después de mandarlos a la calle a cobrar el paro para luego volver a contratarlos y así no hacerles un contrato fijo, vivían como pendientes de la hoja de una guillotina.
Pero cuidado, querido empresario, aunque en realidad todo lo que nos está pasando nos lo tengamos merecido, tú vas a seguir ganando hasta que nosotros queramos. Hasta que se nos hinchen los cojones y salgamos a reventar la calle. Aunque para que eso ocurra tengamos primero que sacudirnos la idiotez que nos ha calado hasta los huesos, aunque tengamos que apagar la televisión, aunque tengamos que olvidarnos de partidos políticos, de consignas, del nosotros y el vosotros. No te creas que es difícil. Ya pasó alguna vez. Así que seamos realistas, pidamos lo imposible. Deberías tenernos miedo, querido empresario, porque como las cosas sigan así no me gustaría estar en tu pellejo. Con nuestras esperanzas, con nuestras ilusiones y con nuestro pan, no juega ni Dios.

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