lunes, 28 de marzo de 2011

Porque tuvo que pasar

Se conocieron porque se tenían que conocer. El sitio y la hora fue lo de menos. Como siempre pasa en estas historias, todo fue una sucesión de casualidades, azares y un poquito de cara dura por parte de él. El caso es que se conocieron. Ella alta, morena, media melena, ojos pequeños. Vestía minifalda ajustada y escote de vértigo. Iba maquillada lo justo. Tenía los labios finos y una lengua que se intuía mojada y juguetona. Él rubio también. Alto, atlético y con unas manos grandes. Aunque tenía una espalda poderosa, ancha y fuerte, andaba algo encorvado. Parecía un titán en horas bajas. A pesar de todo, andaba con seguridad de cazador experto. Él consiguió que ella se separara de su grupo de amigas. Hablaban y reían, cada uno en una punta de la barra. Tenían las poses más que estudiadas. De vez en cuando, se miraban a los ojos. Ella hacía como si se sonrojara y él se sentía seguro.
Se besaron porque se tenían que besar. Él acercó su silla hasta ella. Era una jugada mil veces repetida, como un profesional del ajedrez, seguro de que el movimiento le va a dar la partida. Ella se inclinó hacía delante, como la arena que se prepara para recibir a la ola. El tajo se su boca se abrió sin disimulo. Él puso sus manos dulcemente en sus mejillas y apretó su boca contra la de ella. Cerraron los ojos, porque un beso con los ojos abiertos es menos beso, y sus lenguas jugaron a buscarse.
Se fueron a una pensión porque tenían que irse a una pensión. Nada más entrar, ella pegó su espalda en el papel pintado de la habitación. Él le subió la falda y se arrodilló. Buceó dentro de ella, hondo muy hondo. Dentro, muy dentro de ella. Aspiraba su olor y se alimentaba de ella. Ella clavaba sus uñas en los hombros de él. Con la cara empapada de ella, se incorporó, le dio la vuelta y la hizo inclinarse. Él agarraba sus caderas mientras ella gemía y se mordía el labio. Luego, ella se giró y siguieron la faena cara a cara. Follaron durante toda la noche. De pie, en la cama y en la ducha. Con las primeras luces del alba, recogieron sus cosas, dejaron la llave en recepción y se marcharon. La habitación que minutos antes había encerrado tanta pasión, tanto deseo, ahora simplemente servía para que descansaran sobre el suelo enmoquetado las huellas que deja el sexo vacio de sentimientos. La cama, que anteriormente había sido una dulce trinchera, ahora sólo era una deshecha mortaja con olor a naftalina y con una mancha de semen en la almohada.
Se despidieron porque tenían que despedirse. Ninguno de los dos esperaba más de aquello. No hubo ruido en la salida. No hubo ningún llámame mañana o un tal vez nos volvamos a encontrar. Los dos sabían bien que hay historías que es mejor dejarlas morir con el sol y esta era una de esas historias. Llegado el momento se dijeron adiós con dos besos en la mejilla y echaron a andar en dirección opuesta.
Y todo pasó porque sí. Porque tuvo que pasar. Porque era sábado. Sin más

1 comentario:

  1. ¿porque no hay un link a mi blog? bah, a mis blogs?eh? eh? cuidate. Mario Ojeda
    www.marioluisojeda.blogspot.com
    www.marioojeda.blogia.com

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