sábado, 9 de abril de 2011

Dos Jóvenes

Quedaron, como otros días, después de clase en el parque que había a la espalda de su instituto. Era un parque sombrío y discreto: con columpios sin niños, fuentes sin agua, un par de farolas rotas, asientos con travesaños de madera, algunos partidos y astillados, y con graffitis en la pared del fondo, donde los árboles dan refugio a las parejas cuando cae la noche. Después de contarse mutuamente como les había ido el día en clase se intercambiaron los regalos. Era catorce de febrero y había que cumplir. Después de los regalos llegó el momento de los te quiero y de los y yo a ti también. Seguramente, porque tienen quince años y son jóvenes e ingenuos, porque aún no han conocido la mentira y el desengaño, porque aún no saben de celos, de autoprotección ni de desencanto, esas serán las palabras de amor más sinceras que dirán en su vida. Entonces, como el torpe sol de febrero no acertaba a calentarlos, decidieron hacerlo ellos mismos. Sentados en uno de los bancos, sabiéndose libres de miradas indiscretas, se arrimaron todo lo más que pudieron. Así, poco a poco, lentamente, se cogieron de la mano. Un ejercito de mariposas desfilaba en sus estómagos y era porque se sentían felices. Entrecruzaron sus dedos y se miraron a los ojos y ninguno de los dos sintió vértigo. Querían ser mayores para no tener que esconderse, querían comerse a besos hasta que la boca les doliera...y eso iban a hacer. Pero una mujer mayor, cargada con las bolsas de la compra, pasó cerca de ellos. Rápidamente se soltaron de la mano. Ella los miró, desafiante y creyéndose estúpidamente mejor que ellos masculló algo entre dientes. Ellos se azoraron y se separaron un poco. La mujer se perdió por una punta del parque no sin antes gritarles desde lejos algo que a ellos les debió de parecer el mayor de los insultos porque ambos bajaron la vista al suelo. Lo que les gritó llevaba algo de juventud asquerosa, indecencia y cosas por el estilo. Una parte de los adolescentes de hoy en día, esa parte exenta de modales, educación y vergüenza le hubiera respondido con un lenguaje soez y casi seguro, se hubieran encarado con la mujer. Pero ellos no eran de esa clase. Ellos eran de los que piden las cosas por favor, dan las gracias y hablan de usted a las persona mayores. Ellos no dijeron nada. No es que no estuvieran en su pleno derecho de contestarle a esa mujer, es que simplemente tuvieron miedo. Debieron de sentirse avergonzados o sencillamente humillados. El caso es que recogieron sus mochilas, sus carpetas y sus regalos y se marcharon del parque. Iban caminando en silencio, distantes el uno del otro. De vez en cuando rompían el silencio con alguna que otra tontería sin importancia.
Llegaron a su destino: una obra medio abandonada desde hace muchos años. Ahí si: Se besaron con ganas y con rabia. No se besaron como venganza contra la mujer del parque. No se besaron como acto de rebeldía contra todos los que los habían obligado a tener que besarse en esa puta obra o contra todos los que los habían desterrado de los parques por ser jóvenes. No se besaron como metáfora del triunfo sobre todos esos imbéciles que les estaban haciendo la vida imposible insultándolos. Se besaron con toda la rabia que cabía en sus pechos de quinceañeros por no haberse podido besar, como si que lo hacían sus compañeros en los pasillos del instituto. Se besaron como si nunca más fueran a tener la ocasión de besarse, porque así es como se besa con quince años. Se besaron porque se amaban de verdad. Se besaron como lo que eran dos jóvenes enamorados. Dos jóvenes homosexuales enamorados. Benditos sean.

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