lunes, 20 de junio de 2011

Me gustan tus ojos

Me gusta lo que me cuentan tus ojos. Cuando se agrandan bajo el arco de tus cejas me dicen que estás sorprendida. Como por ejemplo cuando me presento en el bar donde trabajas con la excusa de desayunar y te digo que voy allí, aún quedándome en el otro extremo de la ciudad, porque haces el mejor café del mundo. Cosa que por otro lado es mentira: el café de tu bar tiene un sabor, digamos, raro. Tú lo sabes pero me lo perdonas porque sólo es una mentirijilla piadosa.
Me gusta cuando tus ojos me cuentan que estas cansada. Cansada de muchas cosas: cansada de ir a la facultad por las mañanas, de estar a punto de terminar una carrera que sabes que no te va a servir para currar en lo que sueñas. Cansada de trabajar por las tardes en un bar de mala muerte. De aguantar a un jefe que te mira el culo sin cortarse un pelo. Cansada de príncipes azules que se convierten en ranas justo después del primer beso. Cansada de perseguir sueños que corren más rápido que tú. También me gustan tus ojeras porque son el luto de tus ojos. Esas ojeras, me cuentan tus ojos, que son por el desvelo. Esas ojeras son de repasar apuntes de madrugada escuchando la radio, donde una locutora de voz dulce y cálida habla por hablar. Esas ojeras son por culpa de ese libro que te tiene atrapada y que devoras cada noche antes de acabar soñando con su protagonista: ese cabrero guanche, pelirrojo, que es capaz de navegar de polizón hasta el fin del mundo por encontrarse con la mujer a la que ama.
Me gustan tus ojos cuando me cuentan que aún jodida, sabes sonreír. Tú te ríes y tus ojos se encojen como si quisieran esconderse. Te ríes a boca llena y tus ojos dejan escapar una lagrimita graciosa. Te ríes y tus ojos acompañan a tu risa. Incluso a veces, cuando te toca un cliente grosero y pesado y tú, seria y educada, aguantas el tipo, tus ojos se ríen socarronamente aunque tu boca muestre lo contrario.
Me gustan tus ojos cuando me cuentan que arrastras un pasado. Igual que yo, igual que todos. Pero tus ojos me hablan de un pasado jodido. Puedo ver en tus ojos a la niña que fuiste, creciendo en un barrio duro y marginal. Puedo ver en tus ojos a la niña que se sentía excluida en el colegio por no ser como el resto de compañeros. Por ser la chica rara. La que estudiaba y sacaba buenas notas. La que en vez de Camela escuchaba Nirvana. Veo en tus ojos, porque ellos me lo dicen, una tristeza hermosa. Una tristeza de resignación. Una resignación que te da el hecho de saber el mundo en el que vives.
Me gustan tus ojos cuando me cuentan que estás esperando a que te diga algo. Me gustan tus ojos cuando me buscan por todo el bar y si por casualidad te pillo mirándome, rápidamente miras hacia otro lado. Me gustan tus ojos cuando miran hacia abajo y te sonrojas. Me gustan tus ojos cuando, de vez en cuando, los atrincheras detrás de tus gafas y te hacen parecer más frágil aún de lo que eres.
Pero sobre todas las cosas, me gustan tus ojos cuando me cuentan que es posible encontrar algo de esperanza entre los escombros. Cuando me cuentan que si esta ciudad la habitas tú, no puede ser tan mala. Me gustan cuando parece que me están pidiendo auxilio con el codigo morse de tus parpadeos. Cuando me piden que te rescate de las madrugadas con apuntes, de tu jefe y de los clientes gilipollas. También me gustan cuando no los veo porque me los imagino y es como si te tuviera al lado. Me gustan tus ojos cuando, a pesar de que es pronto y de que sólo hemos visto juntos amanecer una vez, me cuentan que te estás enamorando de mi.

jueves, 2 de junio de 2011

Primaveras y Revoluciones

En Portugal, se taparon las bocas de los fusiles con claveles. Fue en primavera. También llegó la primavera a Praga. Justo después, la primavera llegó hasta Pekín. En París, la primavera entró a saco levantando barricadas en las calles. Parecía un huracán que en su ojo llevará todos los sueños sociales de los hombres. En Madrid, la primavera nos pilló de sorpresa. Apareció sin avisar. Ella traía las manos cargadas de sueños pero nosotros hacíamos zapping entre Sálvame de luxe y Gran hermano. Nos enraizábamos en nuestro sofá, en nuestro piso de alquiler. Hacíamos buena la frase esa de amar la libertad y las cadenas: amábamos la correa que nos ataba como fieles corderos. Como buenos perros amaestrados no protestábamos al amo, a la mano que nos daba de comer. Nos sentábamos sobre las letras de nuestra hipoteca a cuarenta años y leíamos que Emilio Botín está contento con el trabajo de Fernando Alonso en Ferrari. Leíamos los periódicos mientras hacíamos cola en el INEM para distraernos y reflexionábamos sobre lo que estábamos leyendo: ¿quién es más completo Messi o Cristanio Ronaldo? Era un otoño largo, complicado y cabrón. Pero llegó ella, la primavera que esperábamos como agua de mayo. La chispa que en el fondo todos deseábamos que llegara pero que nadie se atrevía a prender. Ellos, los poderosos, habían hecho bien su trabajo. Casi nos habían convencido de que las cosas han de ser así. Entonces, bajo el palio de esta bendita primavera, a algunos se les ocurrió gritar rebeldía en la Puerta del Sol y su eco regresó desde Bilbao, desde Sevilla, desde Barcelona, desde Granada. Su grito sacudió toda esta puta España, como decía el gran Pepe Rubianes. Y los jóvenes sedientos de primavera, mordieron con decisión la mano que les daba de comer. Les dijeron a los políticos que ya estaba bien. Que las mentiras, las promesas y toda la mierda del sistema podrido que les ha enriquecido, se las guarden para su puta madre. Que ellos no son más que la voz del pueblo pero que el pueblo lleva amordazado demasiado tiempo. Los jóvenes y también los no tan jóvenes y los obreros y las amas de casa y los parados, ebrios de primavera, les gritaron a los banqueros que hasta aquí llegábamos.
Llegó la primavera y nos desperezó. Nos hizo levantarnos del sofá y apagar la televisión por un momento. Nos hizo pegarnos al timeline de twitter para algo más que para pedir la expulsión de Aida Nízar de Supervivientes. Llegó la primavera y nos dimos cuenta de que si queremos, podemos. Conseguimos que los poderosos se removieran asustados en sus poltronas. Esta primavera que llegó a este país de botijo y pandereta, a pesar de haber llegado necesariamente, llegó demasiado rosa y desnatada. ¿Qué hubiera pasado si esta primavera en lugar de acampar pacificamente y organizarse de modo racional y sensato hubiera llegado con sangre y fuego?¿Qué hubiera pasado si la gente asqueada y furiosa hubiera entrado a saco en el Palacio de la Zarzuela y en la Moncloa y en el Congreso de los Diputados y en cada ayuntamiento y en cada diputación?
La cuestión es que espero que esto sea sólo el principio. Ojalá nos sirva para algo. Quizás lo de esta primavera tan sólo sea un ensayo. Aunque en realidad, viendo lo que el paso del tiempo hizo con las primaveras de Pekín, de Portugal o de París, tengo poca fe. Lo sí que es incuestionable, es que nos hemos despertado y estamos empezando a levantar la voz. A ver cuando llega la hora de dar el puñetazo en la mesa.