jueves, 2 de junio de 2011

Primaveras y Revoluciones

En Portugal, se taparon las bocas de los fusiles con claveles. Fue en primavera. También llegó la primavera a Praga. Justo después, la primavera llegó hasta Pekín. En París, la primavera entró a saco levantando barricadas en las calles. Parecía un huracán que en su ojo llevará todos los sueños sociales de los hombres. En Madrid, la primavera nos pilló de sorpresa. Apareció sin avisar. Ella traía las manos cargadas de sueños pero nosotros hacíamos zapping entre Sálvame de luxe y Gran hermano. Nos enraizábamos en nuestro sofá, en nuestro piso de alquiler. Hacíamos buena la frase esa de amar la libertad y las cadenas: amábamos la correa que nos ataba como fieles corderos. Como buenos perros amaestrados no protestábamos al amo, a la mano que nos daba de comer. Nos sentábamos sobre las letras de nuestra hipoteca a cuarenta años y leíamos que Emilio Botín está contento con el trabajo de Fernando Alonso en Ferrari. Leíamos los periódicos mientras hacíamos cola en el INEM para distraernos y reflexionábamos sobre lo que estábamos leyendo: ¿quién es más completo Messi o Cristanio Ronaldo? Era un otoño largo, complicado y cabrón. Pero llegó ella, la primavera que esperábamos como agua de mayo. La chispa que en el fondo todos deseábamos que llegara pero que nadie se atrevía a prender. Ellos, los poderosos, habían hecho bien su trabajo. Casi nos habían convencido de que las cosas han de ser así. Entonces, bajo el palio de esta bendita primavera, a algunos se les ocurrió gritar rebeldía en la Puerta del Sol y su eco regresó desde Bilbao, desde Sevilla, desde Barcelona, desde Granada. Su grito sacudió toda esta puta España, como decía el gran Pepe Rubianes. Y los jóvenes sedientos de primavera, mordieron con decisión la mano que les daba de comer. Les dijeron a los políticos que ya estaba bien. Que las mentiras, las promesas y toda la mierda del sistema podrido que les ha enriquecido, se las guarden para su puta madre. Que ellos no son más que la voz del pueblo pero que el pueblo lleva amordazado demasiado tiempo. Los jóvenes y también los no tan jóvenes y los obreros y las amas de casa y los parados, ebrios de primavera, les gritaron a los banqueros que hasta aquí llegábamos.
Llegó la primavera y nos desperezó. Nos hizo levantarnos del sofá y apagar la televisión por un momento. Nos hizo pegarnos al timeline de twitter para algo más que para pedir la expulsión de Aida Nízar de Supervivientes. Llegó la primavera y nos dimos cuenta de que si queremos, podemos. Conseguimos que los poderosos se removieran asustados en sus poltronas. Esta primavera que llegó a este país de botijo y pandereta, a pesar de haber llegado necesariamente, llegó demasiado rosa y desnatada. ¿Qué hubiera pasado si esta primavera en lugar de acampar pacificamente y organizarse de modo racional y sensato hubiera llegado con sangre y fuego?¿Qué hubiera pasado si la gente asqueada y furiosa hubiera entrado a saco en el Palacio de la Zarzuela y en la Moncloa y en el Congreso de los Diputados y en cada ayuntamiento y en cada diputación?
La cuestión es que espero que esto sea sólo el principio. Ojalá nos sirva para algo. Quizás lo de esta primavera tan sólo sea un ensayo. Aunque en realidad, viendo lo que el paso del tiempo hizo con las primaveras de Pekín, de Portugal o de París, tengo poca fe. Lo sí que es incuestionable, es que nos hemos despertado y estamos empezando a levantar la voz. A ver cuando llega la hora de dar el puñetazo en la mesa.

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