martes, 22 de noviembre de 2011

Realidad

Yo le dije: tú no eres lo que yo buscaba, pero eres lo más parecido a lo que alguna vez soñé. Sabes que no tengo nada para darte, que tengo las manos vacías y el alma cansada, que aún me arden las cicatrices, que no soy trigo limpio y que no me gustaría que un tipo como yo fuera el novio de mi hermana. Sabes todo eso y aún así, duermes cada noche a mi lado. No sé si eres una inconsciente o si es verdad eso que dices de que me amas.
Ella me dijo: el amor tiene un punto de inconsciencia, ¿no crees? Nadie elige de quien se enamora.
Se abrazó más a mi, me quitó el cigarro de la mano y le dio una larga calada.
Yo le dije: ¿Que harás si un día conoces a otro tipo mejor que yo? Un tío que sea más alto, más guapo y con más dinero que yo. Que te sepa dar todo lo que tú mereces. Yo que sé, una casa con jardín y un perro, viajes...
Ella me dijo: Y si tú te encontraras a una mujer que haya leído a cualquier escritor con nombre raro de los que te gusta leer y que lleve las faldas más cortas que yo, ¿Que harías?, ¿Te irías con ella?
Yo le dije: Posiblemente. Pero te puedo asegurar que no me lo perdonaría nunca.
Ella me dijo: Sé que no lo dices en serio. Nunca me dejarías.
Entonces le quité el cigarro y le di una última calada. Expulsé el humo por la nariz y sosteniendo su cara entre mis manos la besé con la dulzura que exigía el momento. En la boca, en el cuello y en los hombros. Me perdí bajo las sábanas y seguí besándola: en el ombligo, en los muslos y en las rodillas. Volví a recorrer el camino a la inversa, esta vez besando la cara interna de sus muslos, y parándome a bucear dentro de ella. Ella se dejaba hacer y me agarraba la cabeza con sus manos. Esa noche hicimos el amor hasta que sin darnos cuenta amaneció. Era buena chica. Por eso me dolió tanto el día que otra mujer, que había leído a Hemingway y a Virginia Woolf y con la falda más corta que ella, se cruzó en mi camino.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Golpes

Los gritos hacían temblar las paredes. Insultos, dientes apretados, puñetazos en las puertas. Su aliento olía a whiskey y a tabaco. Levantó la mano y soltó el primer golpe. Con la mano abierta. Seguía gritando e insultando. Celos, engaños que solamente veía él. Otra bofetada. Ella no se encogía. Se clavaba en sus ojos a la vez que le gritaba hijo de puta. Él se dirigió hasta la cocina y se abrió una lata de cerveza. Con ella en la mano, volvió al salón. Ella lloraba con el rostro hundido entre las manos. No le dolían los golpes. Ya no.
Él le dio un largo trago a la cerveza y soltó un eructo. La miraba y se rascaba la cabeza, como un orangután. Le dio un pequeño golpecito con la pierna y volvió a insultarla. Atacó con lo de siempre: celos, celos, celos. Ella trataba de calmarlo. Se incorporó del sofá y le pasó el brazo por el cuello, pegándose a él, notando su aliento alcohólico y asomándose a sus ojos de pozo ciego lleno de mierda. Le dijo que tranquilo, que no pasaba nada, que ella no había tonteado con nadie. Que sólo lo quería a él, que dejara la cerveza que ya estaba bastante borracho, que los niños los podían escuchar. Por respuesta recibió otra bofetada y otro puta mascullado entre dientes. Ella llevaba mucho tiempo aguantando por los niños, que estaban en la habitación de al lado. Ahora estarían llorando, escondidos, bajo las sábanas. Supuso que el más grande, abrazaría a su hermano pequeño. Lo que ella no sabía es que el pequeño, del miedo, se había vuelto a orinar encima.
Un puñetazo directo a la cara le reventó el labio inferior. La sangre manaba chivata y caliente. Lloraba sin llorar. Tenía miedo. Otro puñetazo más y otro y otro. La cara le ardía, sabía que tenía un ojo hinchado. Trató de ponerse de pie y refugiarse en el baño pero él la derribó de una patada y acabó en el suelo, indefensa y en posición fetal. El se enceló como un toro y comenzó a darle patadas en los riñones, en la cabeza. La agarró de los pelos y la puso de pie. Volvió a insultarla. Ella lo escuchaba como desde lejos a pesar de que sus labios rozaban sus oídos. Él le golpeo en el estómago y la dejó un rato sin respiración. Ella boqueaba y se retorcía como un gusano ensartado en un anzuelo. Él seguía con su monólogo. De vez en cuando, ella conseguía escuchar algo de lo que decía: “...sabes que yo no quiero que esto sea así...”, “...y tú me obligas.”, “...puta”. Siempre la misma palabra. Una y otra vez, puta.
Él fue hasta la cocina de nuevo. Ella recuperó el aire. Le dolía todo el cuerpo. Quería que todo terminara. Definitivamente, lo va a dejar. Mañana mismo cogerá a los niños y se irá a casa de su madre. Ya no aguantaba más. Él le hablaba desde la cocina, pero ella no lo escuchaba, pensaba en sus hijos. Se pasó el dorso de la mano, débil y temblorosa, por la boca para limpiarse la sangre. Sin darse cuenta, ya lo tenía encima. Se sentó a horcajadas sobre ella, aprisionándole los brazos con las piernas contra su propio costado. Tenía un cuchillo en la mano. No lo hará, pensaba. No será capaz. Tenía miedo. Él le escupió. Ella gritaba con todas las fuerzas de su garganta. Quería liberarse. El descargó un nuevo puñetazo sobre su cara. Ella gritaba y lloraba. Suplicaba, le pedía por favor que la dejara. Él no escuchaba.
La primera puñalada no le dolió. Ni siquiera la notó. Se dio cuenta por el calor de la sangre que empapaba su barriga. Ella había liberado sus brazos e intentaba agarrarlo por las muñecas por eso se hizo varios cortes en las manos. Tampoco le dolieron. Él volvió a clavar el cuchillo. Ella se notaba cada vez con menos fuerzas. Otra puñalada. Ahora no luchaba por liberarse si no por llenar sus pulmones de aire, pero no lo lograba. Otra puñalada. La vista se le nublaba y a duras penas, lo vio, con los ojos inyectados levantando nuevamente el cuchillo. Nunca pensó que esto acabaría así. Otra puñalada. Pensó en sus hijos. Otra puñalada. Entonces, la oscuridad.
Él se quitó de encima de ella, jadeante y con la camiseta empapada en sangre. Alguien llamaba a la puerta. Los vecinos habían llamado a la policía. Tiró el cuchillo al suelo y se dio la vuelta. En el pasillo, sus dos hijos lo miraban y lloraban. El más grande abrazaba al pequeño. Se oían gritos desde el otro lado de la puerta. Miró el cadáver de su mujer tirado en el suelo. Un charco de sangre llegaba hasta sus pies. La policía gritaba algo. Caminó a pasos rápidos hasta el balcón. A la misma vez que la policía abría de golpe la puerta él se lanzó y cayó al vacio desde el séptimo piso y quedando su cuerpo desparramado en la acera. Muerto. Tarde, asquerosamente tarde.