jueves, 20 de diciembre de 2012

No te vayas aún


              No te vayas aún, es demasiado pronto. Todavía no ha salido el sol y seguro que tiene que quedar algún bar abierto en la ciudad: busquémoslo. Tomémonos un par de copas más, hasta que estemos tan borrachos que se nos olvide porqué empezamos a beber. Bebamos más alcohol de garrafón sin que nos importe la resaca que mañana amenazará con reventarnos la cabeza. Que esa camarera tan rubia, tan guapa y tan gilipollas, nos sirva más ginebra, hasta que nuestro aliento se vuelva inflamable, hasta que no nos entendamos al hablar, hasta que no te dé reparo quitarte la falda.
              No te vayas aún que, aunque no te voy a jurar amor eterno, esta noche estoy loco por ti. Que me has trastocado, que no te buscaba y te he encontrado, que necesitaba escuchar mi nombre en los labios de otra mujer. Que me has recordado a otra mujer que algunas noches bebió conmigo, que coges el cigarro como ella y te ríes igual y miras de la misma forma y el escote de tu camisa se parece tanto a los escotes que una vez llevó ella. Y eso no es malo, créeme. No te comparo con ella ni la busco a ella en ti, es sólo que me la recuerdas.
              No te vayas aún. Sigue hablando de lo que quieras, por ejemplo: dime qué te trajo hasta este bar de mala muerte. Dime qué hacías bebiendo sola. Dímelo porque si no lo haces, me voy a inventar tu historia: pensaré que estás como yo bebiendo para olvidar, para cicatrizar heridas. Voy a pensar que alguien se marchó de tu vida por la puerta de atrás. Déjame que piense que el tipo se parecía a mí. Deja que piense que estás buscando los restos de su mirada en el fondo de mis ojos. A mí no me importa. Con tal de que sigamos lo poco que queda de noche juntos, me da igual. Si tú quieres puedo ser el tipo que te dejó, puedo ser aquél que nunca compartió la cama contigo, puedo ser lo que quieras. Puedo ser la ventana al mundo de tus fantasías.
           Pero no te vayas aún, no me jodas. Deja de mirar el maldito reloj. No me vengas con esa estupidez de que eres una chica formal. Olvídate de eso: no sé qué cojones tendrá que ver la formalidad con esto. Aventurémonos en la noche, ya cadáver de un martes de diciembre, y caminemos sin prisa. Aprovechemos los semáforos en rojo para besarnos. Si lo prefieres, podemos parar un taxi y que nos lleve a donde quiera. Los dos sabemos desde el principio que sólo se trata de seguir bebiendo y de terminar la noche juntos. Se trata incluso, si quieres, de drogarnos un poco, lo justo para vernos más guapos y creernos más simpáticos de lo que en realidad somos. Se trata, en definitiva, de convencerte para que me dejes follarte hasta las entrañas, como si no hubiera un mañana, como si no fuéramos a follar nunca más.
           Voy a tomarme este beso, húmedo, lascivo y caliente, como un «de acuerdo». Así que ahora, vete al servicio y toma, ponte dos rayas, que yo iré pidiendo la cuenta y llamando a un taxi.

martes, 4 de diciembre de 2012

Cádiz


              Lo recuerdo todo como si hubiera sido ayer y eso que han pasado muchos años. Demasiados. Recuerdo perfectamente el olor a salitre. El Atlántico, oscuro y frío como la mortaja de los sueños, engullía con gula al sol y, tú y yo, sentados y enterrando nuestros pies en la arena de la playa de Santa María del Mar, nos mirábamos a los ojos y desafiábamos al mundo sin importarnos una mierda que no llegáramos a final de mes. El viento de levante jugaba a desordenarte el pelo y tú tratabas, una y otra vez, sin éxito, de acomodarte el flequillo detrás de la oreja. Cuando decidiste recogerte el pelo, aproveché para morderte el cuello y besé tus lunares: esos lunares que se derramaban desde tu cuello hasta la espalda formando una constelación secreta que sólo yo conocía. Tus lunares, un ejército implacable de golondrinas.
              Recuerdo que echamos a andar. Cruzamos las Puertas de Tierra y llegamos hasta la plaza de San Juan de Dios. Como dos niños hambrientos fuimos devorando estrellas. La noche gaditana invitaba a pasear sin prisa. Y eso fue lo que hicimos. Caminábamos agarrados de la mano, riéndonos de todo, riéndonos por nada, ebrios de felicidad, como dos imbéciles que no le temen al futuro. Un rumor de pasodobles en cada esquina nos hacía detenernos de vez en cuando. Así, llegamos hasta la plaza de San Antonio, donde revoloteaba un tango de carnaval, insurgente y libertario, y el barullo casi logra separarnos. Yo apretaba fuerte tu mano, con miedo a perderte, y te miraba. Tenías los ojos muy abiertos, parecías disfrutar. Fue una noche de esas que uno espera que no se acabe nunca.
              Decidimos alejarnos del bullicio. Pasamos cerca de la Catedral y al pie de su corona de oro decidimos volver a besarnos. Los tacones empezaban a molestarte y tus pies pidieron una tregua, por eso nos sentamos a descansar frente al Campo del Sur. Sus casas de colores azules, rosas y amarillas jugaban a mezclar sus colores con los de la mar. Es fácil comprender porque a Cádiz le llaman Relicario como cantaba el Chano, el gran Chano de Cádiz. También lo cantó La Perla y El Pericón. En la garganta de todos ellos es realmente donde reside el auténtico Cádiz. En la garganta de ellos y en la caliche de las casas de Santa María y en los puntales de andamio que sujetan el techo que amenaza ruina en algunas casas de La Viña. El Cádiz de verdad, el que los turistas no ven, el que vive casi oculto bajo la guasa y el carnaval, es el Cádiz de las barcas varadas en la arena por el temporal, el de las mujeres mayores barriendo su trocito de calle, el de los parados pescando, con el tedio y la desesperanza como anzuelo, en el Puente Carranza.
              Seguimos nuestra ruta y fuimos en dirección a la Alameda, dejando a nuestras espaldas el Campo del Sur. Llegamos a la playa de La Caleta, donde el árbol del Mora hace de centinela junto al balneario de la Palma. Un grupo de hippies okupaban los soportales del balneario con sus perros, sus timbales, su anarquismo y, todo hay que decirlo, su poca higiene. Uno de ellos, rubio, con largas rastas y pinta de politoxicómano, se nos acercó y nos pidió, con un marcado acento alemán, una moneda y un cigarro. Al decirle que no, nos increpó. Nos gritó capitalistas y algo más que no llegamos a entender. Esta noche no la voy a liar, pensé. Nada ni nadie, ningún hippie, ningún gilipollas, hubiera conseguido que esa noche tuviera algún borrón. Ni siquiera me emborraché. Caminaba por Cádiz, rozando la madrugada, con una mujer que se abrazaba a mí y que a cada cinco pasos me hacía detenerme para besarla y ningún yonki alemán puesto de caballo hasta el culo, me habría hecho cagarla aquella noche.
              En la Alameda, nos asomamos por la balustrada y vi que el negro brillo del mar de la bahía se te metía de lleno en los ojos. Reconozco que ahí tuve miedo. ¡Pobre de aquel que al asomarse al oscuro abismo de unos ojos de mujer no tenga miedo! Pensé en encomendarme a la Virgen de la Palma. Si ella fue capaz de detener el maremoto que estuvo a punto de tragarse esta ciudad, quizás pudiera echarme un cable a mi, que tantas veces me había jurado nunca enamorarme de una mujer que se hubiera enamorado de mi. Aunque ya era tarde para oraciones y para encomendarse a cualquier virgen. Y, qué coño, si yo no soy creyente.
              Cansados y felices, bajamos al parking subterráneo de San Juan de Dios. El empleado del parking dormitaba en el control. Buscamos nuestro coche y, aprovechando que no había nadie, jugamos a meternos mano entre los coches y las columnas. Me diste las llaves para que condujera yo. Tú reclinaste el asiento, estabas muy cansada y eso te hacía parecer más hermosa aún. Salimos del parking, subimos la Cuesta de las Calesas, dejamos a nuestras espaldas las Puertas de Tierra y el Cádiz antiguo y enfilamos la Avenida. Tardamos quince minutos en llegar a nuestro hotel en Puerto Real. Durante el trayecto nos hizo compañía desde la radio Martínez Ares que nos contaba que todo era gris, un desconsolado camino gris. Ya en el hotel, con la intención de poder descansar, nos dimos cuenta de que aún no habíamos hecho el amor. Así que te desnudaste muy despacio, a oscuras, envuelta en sombras, únicamente iluminada con la poca luz de las farolas que lograba, a duras penas, colarse por la ventana. Me agarraste de la mano y tiraste hacia ti. Abriste la boca y la pegaste a la mia. Bailaron nuestras lenguas y nuestras manos buscaron lo prohibido de nuestros cuerpos y las ganas nos encendieron cada vez más y la cama rechinaba tanto que parecía que pudiera romperse y el día murió y el sol salió al compás de tu respiración y todo terminó mientras fumábamos medio desnudos, exhaustos y felices en el balcón.
              Lo recuerdo todo como si hubiera sido ayer y han pasado demasiado años. Doce para ser exactos. Doce años como doce puñaladas en mi memoria. Hace también demasiado tiempo que no sé nada de ti. Pero hoy, buscando unas fotografías para enseñárselas a mi hijo, apareció, inoportuna como la lluvia de abril, una en la que salimos los dos abrazados en la Plaza de las Flores. Sonreímos mientras miramos a la cámara desafiando al porvenir. Éramos más jóvenes —también más ilusos— y pensábamos, como era nuestra obligación, que pasaríamos el resto de nuestras vidas juntos.

martes, 6 de noviembre de 2012

Me provocas


              Me provocas. Me provocas casi demasiado. A mi me encanta, ya lo sabes. Me provocas cuando vistes ese escote, como un balcón a los confines del universo. Me provocas con tus tacones y tus vaqueros ajustados. Me encanta el culo que te hace, podría pasarme horas mirándolo. Es perfectamente redondo y tiene el tamaño justo. Me provocas cuando te pones trascendente y me recitas, al calor de una copa de vino, cualquier poema de ese viejo verde, sátiro y genial, que fue Bukowski.
              Me provocas cuando no te das cuenta. O mejor dicho, cuando haces como que no te das cuenta. Me provocas cuando te muerdes el labio, rojo intenso. Cuando me miras y la lascivia se hace fuerte en tus pupilas. Me provocas cuando me rozas deliberadamente la pierna por debajo de la mesa en cualquier restaurante. Me provocas cuando echas a un lado tu melena y dejas al aire —indefenso y desarmado— tu cuello. Me provocas cuando pegas tu cara a la mía y, con tus manos en mis mejillas, me dices que sabes que me estoy enamorando de ti. Me provocas cuando sonríes con la boca abierta y todos los problemas de este asqueroso mundo desaparecen engullidos por ese remolino de felicidad. Me provocas cuando eres consciente de que el frío me clava en las retinas tus pezones. Me provocas, cuando cruzas las piernas y me dejas ver, o más bien intuir, el encaje de las medias que se abrazan a tus muslos. Me provocas cuando me lanzas a bocajarro una de tus sonrisas a mitad de camino entre una niña bien y una femme fatale.
               Me provocas incluso cuando discutimos: alzas la voz, tus ojos se encogen por la rabia y se tensa tu mandíbula. Eres pura energía. Acompañas cada grito con los gestos de tus manos. Yo te miro, en silencio, dejando que escupas toda tu rabia y, cuando por fin te calmas, viene el combate real. Nos besamos tan fuerte que nos hacemos daño en la boca. Nuestras lenguas, serpientes que bailan, se buscan, se encuentran, se abrazan. Salen del nido de nuestras bocas a coger aire y van dejando huellas de saliva por la comisura de nuestros labios. Yo te muerdo el cuello hasta que te hago daño; tú me clavas las uñas en la espalda. Nos arrancamos la ropa. Bajo hasta tus pechos y me encuentro con tus pezones. Los beso una y otra vez, los acaricio, los pellizco, los muerdo. Tú gimes, suspiras, susurras mi nombre. Bajo hasta perderme entre tus piernas, buceo dentro de ti. Tú te retuerces y sigues recitando mi nombre como si fuera un mantra. Quieres que entre en ti y yo no tengo fuerzas para negarme. Me das la vuelta y te sientas a horcajadas sobre mí. Ardes por dentro y mueves la cintura. Apoyas tus manos en mi pecho, cierras los ojos, jadeas, vuelves a susurrar mi nombre. Yo, debajo de ti, también me muevo y los dos sentimos que se acerca el final. Tus movimientos se vuelven casi violentos. Yo te agarro fuerte el culo y cuando llega ese momento en el que no hay nada alrededor nuestra y nos importa una mierda si los vecinos nos están escuchando, volvemos a juntar nuestras bocas y así, termina el combate, rendidos, sudando, exhaustos, pringados, felices.
              Y es que la culpa es tuya, que me provocas, casi demasiado, y al final, pasan estas cosas.

miércoles, 10 de octubre de 2012

"Con-cierto gusto" Recital de música y poesía erótica

Hace un par de semanas participé junto a Jairo García en un recital, cómo el propio nombre del post indica, de música y poesía erótica. Hacía bastante tiempo que no me colgaba la guitarra al hombro y tengo que decir que esa noche recordé el porqué me gusta hacer canciones y subirme a un escenario.
Aunque no tengo costumbre de colgar aquí nada relacionado con la música, hoy voy a hacer una excepción y os voy a dejar un par de vídeos de ese concierto. En el primero Jairo García recita un poema y luego me acompaña con la guitarra eléctrica mientras hago una versión de la canción «Tu voyeur» del uruguayo Jorge Drexler.


En este otro, os dejo la única canción compuesta por mí que canté esa noche. Se llama «Hotel Claridge» y es la historia de un hombre y una mujer, infieles. Es la historia de una noche en la que ambos terminan en un hotel discreto de las afueras de la ciudad. Es la historia de un arrepentimiento. De esta canción nació un texto que colgué en este blog. Os dejo el enlace del texto por si queréis leerlo también http://unronconcola.blogspot.com.es/2011/01/hotel-claridge.html


Habréis notado que esta canción me equivoco. Bueno, la culpa, ya sabéis, es del vino. Si os ha gustado, tenéis tiempo y os apetece, podéis ver el concierto entero aquí.

Ese concierto fue posible gracias a Punto T, Tienda erótica & Cultura sexual 
Si vivís en Granada o si estáis de paso por aquí, echadle un vistazo, os lo recomiendo.

jueves, 4 de octubre de 2012

Nunca lo entenderíais

Nunca lo entenderíais. Ni en cien mil vidas que hubiérais vivido, si nunca la habéis conocido, no lo entenderíais. Quizás porque son las tres de la madrugada y afuera cae una lluvia cansina y monótona, quizás porque he bebido algo más de la cuenta y aún me queda media copa de ron, voy a sincerarme. Voy a abrirme el pecho en canal y voy a sacarlo todo. Voy a poner sobre el escritorio, junto al ordenador y el cenicero, a punto de desbordarse de colillas, mi corazón y voy a confesarme como nunca lo he hecho.
Si Dios existiera y fuese una mujer y nos hubiera hecho a su imagen y semejanza, ella habría sido el molde perfecto. No es que sea la mujer más hermosa del mundo pero es más guapa que cualquiera, como diría Fito Páez. Es menuda, poca cosa, parece tan frágil que sé que sería capaz de partirla en dos si decidiera abrazarla con todas mis fuerzas. Es raro verla bien peinada porque siempre lleva puesto un tierno desaliño que ya quisieran para sí todas las mujeres que salen en las portadas de las revistas de moda. Se come el mundo con los ojos. Es capaz de hablar sin mover la boca, es decir, tan sólo con su forma de mirar puede mantener conversaciones. Sus labios, os lo juro, me traen por la calle de la amargura: carnosos, esponjosos, como la estúpida magdalena de Proust. Si alguna vez un hombre pensó en matar por una mujer o si alguna ciudad cayó por culpa de una mujer, seguro que fue por alguna que se le pareciera a ella.
No lo entenderíais. A mí nunca me faltó valor para acercarme y ponerle las cosas claras a una mujer, pero ella, joder, ella es otra historia. La primera vez que estuve tan cerca de ella que me llegó su olor, se me quedó grabado como sólo unos pocos olores: el aroma de la carbonería de mi abuelo; el sudor seco, caliente y honrado de mi padre cuando llegaba de trabajar; el olor que inundaba la casa de mis padres cuando mi madre cocinaba...olores que se me tatuaron en la memoria y que nunca, ni malditas las ganas, podré olvidar. El de ella es un olor parecido al de la hierba recién cortada o al de la tierra seca y agrietada cuando la empapa una tormenta de verano: intenso, delicioso, único.
En serio, no lo entenderíais. Y no lo entenderíais, entre otras muchas cosas, porque nunca la habéis visto reir. No habéis escuchado el canto de su risa. No habéis visto como abre la boca para que se desborde un estruendo de carcajadas. No habéis visto como sus ojos, al reirse, se encojen y como le nacen dos hoyuelos en las mejillas. No habéis visto, como yo la he visto, partiéndose de risa, echando la cabeza hacia adelante y doblándose y agarrándose la barriga y poniéndose colorada porque empieza a faltarle el aire de tanto reirse. Os doy mi palabra: no hay en este asqueroso mundo nada que pueda competir en belleza con ese puto momento.
No lo entenderíais, sencillamente, porque no la habéis visto desnuda. No os habéis perdido entre sus curvas —brutales y rotundas— como yo lo he hecho. No habéis recorrido con la yema de los dedos cada centímetro de su piel. No habéis comprobado el peso de sus pechos grandes y firmes. No habéis enterrado la cara entre sus nalgas para buscar lo que seguro que se ha de esconder allí; es decir, todos y cada uno de los secretos del universo. No habéis bebido de ella. No habéis escuchado vuestro nombre en su boca, entre jadeo y jadeo. No habéis sentido el tacto de la zarza que nace entre el hueco de sus piernas y así, es difícil que podais entenderme.
Pero sin embargo, yo si os entiendo a vosotros cuando decís que debería olvidarme de ella. Os entiendo porque no soy gilipollas y sé que esa mujer es veneno. Sé que es peligrosa, que juega al despiste, al hoy sí, mañana no y pasado quién sabe. Sé que se divierte poniéndome las cosas difíciles. Sé, por el brillo mortal de sus ojos, que disfruta cuando sabe que me tiene completamente cogido por los huevos. Es cruel y despiada a la misma vez que es dulce y casi tímida y esa dualidad, creedme, es la que me trae de cabeza.
Lo sé, pero vosotros, que nunca habeis visto amanecer a su lado, no lo podríais entender.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Voy a pedirle al otoño

Voy a pedirle al otoño que ataque. Que saque a desfilar por las calles a todo su ejército de hojas secas. Que avance incontenible, con el fuego de mortero de la tristeza y de la nostalgia. Que vomiten sus cañones todas las inclemencias que sea posible, que se adelante al invierno. Me da igual.
Voy a pedirle al otoño que no venga preñado de primavera. Que reniegue del sol, del calor a destiempo, del veranillo de San Miguel. Quiero que este otoño traiga los bolsillos desbordados de frío. Que traiga mucho frío. Tanto frío que se cuarteen mis labios, mis orejas, mis dedos de los pies. Quiero que todo sea lluvia. Una lluvia que vista de charol, todos los días, las calles de mi barrio.
Voy a pedirle al otoño que no tenga piedad. Que venga a saco, pintando de gris la ciudad. Que venga con viento, helado a ser posible, del que te corta la cara al salir de tu casa. Que nos convierta en vaho el aliento, que nos tengamos que subir los cuellos de las chaquetas. Que obligue a desterrar, a un rincón del armario,los tirantes y las chanclas.
Voy a pedirle al otoño que esta vez le eche huevos. Que lo intente. Aunque lo va a tener jodido; porque este otoño, va a ser distinto a todos los otoños. Este otoño no me quedan heridas por cicatrizar, ni Jaque Brel me hace llorar cuando me tomo una copa de vino, mirando por la ventana la lluvia cansina caer. Este otoño no voy a pasear de madrugada por el centro de la ciudad, pisando millones de hojas muertas, sin rumbo, buscando la luz de faro que es el cartel de neón del último bar que quede abierto.
Voy a pedirle al otoño que lo intente con todas su fuerzas. Porque ahora no estoy solo y ella camina cada noche abrazada a mi, enroscando sus brazos en mi cintura o agarrándome de la mano. Y así, los dos juntos, no va a haber otoño que pueda con nosotros.

domingo, 9 de septiembre de 2012

La historia de P y J

P y J son pareja desde hace muchos años. Prácticamente no han tenido otras parejas. Son jóvenes y terriblemente felices. De tan felices que son juntos, dan casi asco. Se comen con los ojos, se buscan las manos cuando caminan, se ríen por las mismas tonterías. Son uno, indivisibles. P no se entiende sin J y J no existiría sin P. Los veo casi todos los días y parece que no pasase el tiempo por ellos. Los envidio. Yo nunca fui capaz de retener tanto tiempo a una mujer a mi lado. No sé cómo se lo montan pero son dignos de admirar.
J es preciosa, pequeña y menuda como la flor de un almendro. P es de esos tipos silenciosos y precisamente por todo lo que calla, es sabio. Juntos son la viva imagen de la felicidad. No tienen hijos (aún) pero tienen un perro, M. A veces me invitan a su casa a cenar y, mientras yo salgo a fumar al balcón con una copa del vino que compran expresamente para mi, los veo en la cocina, trabajando codo a codo, cómplices. Se pasan la sal o el vinagre y se rozan las manos. Sonríen porque a pesar de todo el tiempo que llevan juntos, siguen sintiendo el mismo pinchazo en el estómago. Salen de la cocina con la ensalada y el resto de la cena preparada y me llaman. Yo entro y me siento frente a ellos. Se vuelven a besar. Los maldigo en voz alta. La cena transcurre entre risas y bromas. Terminamos y llega el turno de las copas. Ginebra para J y para mí; ron con cola para P. Entonces es el momento de volver a preguntarles por enésima vez, cómo cojones lo consiguen. Cómo logran, a pesar de llevar más de diez años juntos, no cansarse el uno del otro. Les pregunto por el secreto. Por su secreto. Le pregunto a P cómo hace para no caer en la tentación de la infidelidad (porque P es un guaperas y ha tenido ofertas por las que más de uno daríamos la vida) Le pregunto a J si nunca se ha cansado de las manías de P. Ninguno de los dos sabe responderme. Qué no saben cómo lo hacen, dicen. Que sólo se trata de respetarse, de entenderse.¡cómo si eso fuera fácil!
Vuelven a desterrarme al balcón (porque son unos cabrones que no me dejan fumar dentro) y mientras saco el paquete de Chester, contemplo la noche que ya se ha hecho fuerte en la ciudad. Miro a lo lejos, las luces de la autopista. Paso la vista por todos los edificios: cientos de salones con cientos de luces encendidas a estas horas e imagino cuantas parejas estarán cenando en este preciso momento. Entonces pienso que quizás todos los polvos de una noche nunca llegarán a aportarme lo que J le aporta a P. Pienso que quizás debería echar el freno, dejarme de tantas noches, de tanto carmín. Quizás debería dejar de mentir (y de mentirme) y sentar la cabeza. Pero en ese preciso momento, suena mi teléfono. Una chica, a la que no recuerdo muy bien, quiere que nos veamos para tomar una copa dentro de media hora. Entro de nuevo al salón, con la urgencia de la excitación y me despido de P y J.
Los dejo a mi espalda, peleándose por ver quién saca a pasear al perro. Salgo del calor de su casa y vuelvo a enfrentarme, como tantas veces, a ese frío, cabrón y obsceno, tan característico de mis noches. Entonces, mientras atravieso con el coche toda la ciudad, desierta a estas horas, y Nacho Vegas y un acordeón moribundo me hablan del Ángel Simón, los envidio. Los envidio tanto que sé que por eso, esta noche voy a volver a acabar borracho.

viernes, 24 de agosto de 2012

Si alguna vez

Si alguna vez te tuviera a mi lado, apoyando mis sueños, ayudándome en la lucha diaria. Si alguna vez te tuviera a mi lado, en la trinchera, disparando ráfagas de alegría con tus ojos de universo. Si alguna vez consiguiera retener el olor de tu piel desnuda, la calma de tu regazo, el pan de tus manos o la lluvia que se desata en el hueco de tus piernas. Si alguna vez decoraran tus zapatillas de andar por casa los pies de mi cama y como un centinela distraído montara guardia tu cepillo de dientes en mi cuarto de baño. Si alguna vez al llegar a casa, exhausto y jodido, después de un día difícil, encontrara la paz que le falta al mundo en tu sonrisa.
Si por un capricho tonto del destino alguna vez pudiera ver amanecer en tus pupilas, tan llenas de vida y de sueños. Si alguna vez se atrasaran los relojes y enmudecieran todos los despertadores. Si alguna vez me sonrieran las señales de tráfico y los semáforos en rojo de esta puta ciudad. Si dejaran de abrasarme las cicatrices que el pasado dibujó en mi cuerpo. Si los dioses necios, torpes e injustos, dejaran de mirar para otro lado. Si se soltaran la melena las bibliotecarias y las funcionarias de correos. Incluso si sólo por una jodida vez, la rubia que sonríe y bebe al final de todas las barras, me mirara sin el desprecio en la mirada de la que se sabe guapa.
Si alguna vez, si alguna puta vez, amaneciéramos sin el miedo de tener encima nuestra la espada de Damocles. Si no tuviéramos siempre una pistola cargada apuntándonos a la cabeza. Si no oscilara amenazante la hoja de una guillotina, a punto de cercenarnos los sueños. Si ese amanecer nos hiciera libres y casi felices, solamente entonces, lanzaría al mar todas mis hojas en blanco y quemaría en una hoguera todos los cuentos y todas las canciones que nunca he escrito para así poder dedicarme únicamente a sonreír a mis vecinos, a lanzarles besos a todos y cada uno de los desconocidos que pasen bajo mi ventana. Me dedicaría exclusivamente a emborracharme con el olor de las azucenas y de los jazmines y a sentarme en la arena de cualquier playa a contar todas las olas del mar y a sumarle un par de colores nuevos al arco iris. Si no estuviera la cosa tan jodida no tendría sentido escribir. Si la vida no fuera un alambre de espino oxidado, podría olvidarme de todo y me dedicaría a cualquier otra cosa. Sencillamente, a vivir hasta las últimas consecuencias.

viernes, 3 de agosto de 2012

Bob Dylan nos miraba desde la pared

Bob Dylan nos miraba desde la pared. En la mesita, cerca del sofá, descansaban Dostoievski, Rimbaud y Baudelaire. Mientras dábamos cuenta de dos cervezas alemanas, la conversación fluía de manera natural. Es lo que tiene estar con un amigo, que los temas van saliendo solos. Así fue como pasamos de la poesía a las drogas, de la prosa a la vida de los amigos comunes y del cine a las mujeres. Él es profesor. Trabaja en un pueblo del norte de Granada y me recuerda bastante al maestro de la canción de Patxi Andione. Es flaco, tiene ojeras, ya no fuma tabaco de liar y es rojo.
Es en noches como esa cuando realmente uno comprende el valor de la amistad. Salir de copas, quedar los viernes por la tarde o ir a jugar a la peña de fútbol son cosas que no necesariamente se hacen con amigos. Pero que a uno lo inviten a una casa ajena, le sirvan la mejor cerveza del mundo y le hablen de Berlanga, de Lars Von Trier, de Saramago, del Altar de Pérgamo y que de fondo suene Coltraine, sólo puede hacerse con un amigo.
Y así pasábamos la noche. Buceando por el Jardín de las Delicias de El Bosco, aterrándonos con su infierno, mirando viejas fotos de Alcalá-Zamora, Azaña, Indalecio Prieto y Lerroux. Leímos la portada de un periódico con fecha del catorce de abril del 31. Soñamos con Bertolucci que vivíamos el mayo del 68 acorralados en una habitación, enamorados de la misma mujer. Blasfemamos contra el capital y nos recetamos a Blas de Otero como vacuna contra la estupidez. Atravesamos juntos las Puertas de Ishtar. Recorrimos mentalmente Florencia, Roma y Venecia. De Milán sólo evocamos el Duomo. Estuvimos en Lisboa, en el barrio alto, y en Berlín nos fumamos un cigarro de liar junto a la Puerta de Brandemburgo. Para otro día dejamos París y Praga. Cuando ya no quedaban más cervezas en el frigorífico, pasamos a la absenta y brindamos por Egea, por Pablo del Águila, por Alejandro Sawa, por todos los malditos, por la bohemia negra. La absenta nos abrasaba la garganta y Miguel Hernández y Federico fusilaban falangistas con un verso.
Pocos momentos hay mejores que esos. Momentos en los que te sabes en compañía de un amigo de verdad, de esos a los que les puedes dar la espalda tranquilamente porque tienes la certeza de que no te van a apuñalar. Es cierto que lo veo poco. Una vez al año y poco más. Pero llevamos así desde que dejamos de ir juntos al colegio. Además, dicen que los placeres son placeres por eso, porque son breves. Si los placeres fueran cotidianos, rutinarios, perderían la esencia y, para mí, no existe mayor placer que poderme sentir su amigo una vez al año.

(Este texto, que escribí hace algún tiempo, habla de Jairo García Jaramillo: filólogo, profesor, investigador y, lo que es más importante, es decir, lo único que es importante: mi amigo. He querido recuperarlo porque desde hace poco tiene un blog que se llama «La literatura es una defensa contra las ofensas de la vida». Os invito a que lo leáis: jairogarciajaramillo.blogspot.com )

miércoles, 25 de julio de 2012

Hijos de puta

Hijos de puta. No tenéis otro nombre. Por vuestra culpa, por vuestra grandísima culpa, hoy no voy a escribir sobre ninguna mujer. Hoy no voy a contar nada de madrugadas eternas ni de soledades. Esta vez no habrá ron, ni ginebra, ni vino tinto, ni recuerdos. Por un día no voy a contar nada de habitaciones de hoteles de carretera. En esta ocasión no habrá personajes arrabaleros ni tipos solitarios que echan de menos a una mujer. Por vuestra culpa hoy os voy a dedicar esto que no es más que mi forma de escupiros a la cara. Estas son mis armas, desgraciadamente no tengo otras, aunque lo reconozco: a veces me gustaría volver a tener entre mis manos un CETME o un HK o una M-82 de 9 mm o una MG. En ocasiones me gustaría volver a tener cualquier cosa que vomite fuego y muerte para empezar a poner las cosas en su sitio. Pero luego, me fumo un cigarro, me relajo y pienso que ni siquiera con la muerte pagaríais por todo lo que estáis haciendo.
Sois unos miserables hijos de puta. Vosotros, que gobernáis este pueblo que no os merecéis, este pueblo que calla y traga. Vosotros sois indignos de este pueblo noble, este pueblo que buen vasallo sería si tuviese buen señor. Vosotros, que me habéis robado, destrozado y aniquilado a mi y a mi gente nuestro presente y nuestro futuro. Y con mi gente no me refiero sólo a los jóvenes de mi generación. Mi gente son todos los parados y los obreros. Mi gente son todos los pescadores y todos los jornaleros y todos los mineros. Mi gente son todas las amas de casa y todos los jubilados. Mi gente, hijos de puta, son todos los padres de familia que sufren por ver a sus hijos sufrir, por ejemplo, por no poder independizarse a pesar de haberse pasado toda la vida estudiando y preparándose hasta llegar a ser una generación la hostia de preparada. Pero a vosotros eso os la suda. Vosotros no os paráis a pensar en nada que vaya más allá de vuestros intereses y si lo hacéis es para decir, como esa imbécil e inconsciente de Fabra, que nos jodan.
Pero no os culpo sólo a vosotros, ineptos políticos de este país de uno y otro bando, también son iguales de hijos de puta que vosotros, por ejemplo, lo banqueros. Esos buitres capaces de darle a un equipo de fútbol noventa millones de euros para que fiche a un jugador/modelo/chulo de playa y luego, ese mismo banco, esos mismos banqueros, son capaces de quitarle a una familia su casa por no poder hacer frente a cuatro puercas letras de la hipoteca. Decidme si no hay que ser hijo de puta. También (hoy vengo combativo) tengo para los empresarios. Esos empresarios que se están frotando las manos porque saben que ahora mismo tienen a los trabajadores cogidos por los huevos y que estos tienen que tragar con lo que sea si quieren conservar el trabajo y se aprovechan sumándoles horas laborales, bajando sueldos, en definitiva: empeorando sus condiciones laborales. También la Iglesia. Ese reducto de hombres buenos, bondadosos y piadosos que, dicen, dan de comer al hambriento y de beber al sediento, pero que callan como putas ensotanadas ante todas las atrocidades que se están cometiendo y sin embargo hace cuatro años, fletaron autobuses desde todos los puntos de España para ir a manifestaciones contra el matrimonio gay y contra la ley del aborto. Pero, ¿Y los sindicatos? ¿Dónde estaban todos esos vividores cuando esto empezó a joderse? Esos sólo asomaron la cabeza cuando vieron que el barco de la izquierda hacía aguas. Eran unos buenos chicos que no mordían la mano que les daba de comer...pero ahora si. Ahora huelgas generales, exigencias de que se retiren los recortes y su puta madre.
No puedo dejar de acordarme de otro hijo de puta, que mientras que nosotros estamos con el agua al cuello, el vive de puta madre como si con él no fuera la cosa. Y es que la puta realidad es que con él no va la cosa. Ese Borbón, azote de elefantes y amigo de dictadores (y puesto a dedo por otro dictador). Ese Borbón que cada vez se le entiende menos cuando habla. Ese Borbón, rodeado de Borbonas y Borboncillos al que le costeamos sus vacaciones en Mallorca, su yate y sus cacerías que no tiene huevos de levantar la voz y que parece que quiere un pueblo hambriento y miserable, mientras a él no le toquen lo suyo. Ese Borbón y su yernísimo y delincuentísimo Urdangarín que se va a ir de rositas porque la justicia aquí no tiene credibilidad.
Y ahora vamos a meternos la mano en el pecho. Lo que está pasando en este país es, básicamente, culpa nuestra. Ellos, esos hijos de puta, están tranquilos porque saben que nada les va a pasar. Aprueban recortes brutales, nos humillan, nos condenan a la miseria con la tranquilidad de que lo más que vamos a hacer es una protesta pacífica...y así no vamos a ningún lado. Aunque yo sé, como vosotros sabéis también, que aquí sólo hace falta un chispazo para que todo arda. Aquí ya hubo un dos de Mayo y nos salió relativamente bien. Así que yo, si fuera ellos, no estaría tan tranquilo.
Ya sólo me queda decir una cosa a modo de despedida y cierre: hijos de puta, así vivierais cien mil vidas, nunca podríais pagar todo el daño que estáis haciendo ni todo lo que habéis destrozado. Hijos de puta. Hijos de la grandísima puta.

sábado, 14 de julio de 2012

Es la chica equivocada para ti

Enamorarse de la chica equivocada termina pasándote factura. Hay millones de chicas en el mundo y tú siempre tiendes a fijarte en las que menos te convienen. Ya sé que ella es la chica perfecta para ti, pero hazme caso, no te conviene. Sé que además de inteligente es preciosa. Quién no querría morder sus labios. Quién no mataría por agarrarla de la mano. De veras que te entiendo. Besar sus pómulos y sus párpados, enredarte los dedos con su pelo, quitarle las gafas despacio, poco a poco, clavarte en sus pupilas y echar su melena a un lado y morderle el cuello. Desabrochar con una mano su sujetador, mientras que entierras la otra mano entre sus muslos. Contemplarla mientras tiene la boca entreabierta y la respiración acelerada. Mirar como pone los ojos en blanco mientras tú la haces llegar, con la yema de los dedos, a las puertas del cielo para, acto seguido, besarla en la boca y notar que es verdad que justo después del orgasmo la lengua se pone fría. Fumar tumbado junto a ella, lanzando el humo al cielo como diciéndole a Dios: «¿Qué cojones me vas a contar de panes y peces y de muertos que echan a andar? Tenerla aquí a mi lado si que es un puto milagro.» Que se abrace a ti con fuerza, que acomode su cabeza en tu pecho, que entrelace sus piernas con las tuyas y que así se quede dormida. ¿Quién coño no va a querer eso?
Sé que la viste alzar el puño en alto y gritar consignas de izquierdas en una plaza cuando lo del 15 M. La viste acudir a todas y cada una de las asambleas que se celebraron en tu barrio. Tan hermosa y libertaria como la primavera de Praga. Te he visto perderte en el brillo revolucionario de sus ojos. He visto como se te cae la baba cuando a ella se le hincha la boca al hablar del Ché, de Sandino, de Allende, de Las Madres de la Plaza de Mayo, de Chiapas o del Frente Polisario. También, pillín, te he visto ir corriendo a la wikipedia cuando ella te hablaba de algo de lo que tú no tenías ni puta idea.
Creéme te entiendo. Pero esa chica no es para ti. Entre otras muchas cosas porque ya tiene quien le desórdene las sábanas cada noche. Ya hay unas manos, que no son las tuyas, que le bajan la cremallera del vestido a la misma vez que unos labios, que tampoco son los tuyos, le besan en la nuca. Esas manos son las mismas que le escribirán un te quiero en el vaho del cristal del espejo del baño mientras ella se ducha. Ya hay otra espalda en la que ella se atrinchera en las noches de tormenta. Ya tiene otros hombros en los que clava sus uñas en los momentos álgidos de la pasión, en esos momentos en los que deja el pudor tirado a los pies de la cama y se olvida de los remilgos y demás zarandajas y lo devora como debe ser.
Te entiendo y sé que te va a dar igual todo lo que yo te pueda decir. Sé que el día menos pensado, cuando a la cuarta ginebra se te borren los miedos, irás a buscarla. Te plantarás frente a ella y le soltarás todo lo que llevas callándote durante tanto tiempo. Quizás no seas capaz de mirarla directamente a los ojos. Quizás fumes un cigarro tras otro y estés nervioso y la voz se te quiebre de vez en cuando y te suden las manos y el corazón te lata como queriéndose escapar del pecho, como el rodoble de un tambor de guerra.
Ojalá cuando saltes al vacio ella te esté esperando al fondo de ese precipicio que es la realidad. Ojalá todo te vaya bien. Nada me gustaría más, en serio. Pero lo vas a tener jodido. Porque aún poniéndonos en lo mejor, esa mujer no te conviene. Le vas a echar un par de huevos, lo sé. Pero te aviso, no va a salir bien porque ella es de esa clase de mujeres de las que sin saber cómo todos los hombres se enamoran. Y siempre va a haber alguien al que a la cuarta ginebra se le borrarán los miedos y se plantará frente a ella esperando su respuesta como agua de mayo y le sudaran las manos y el corazón le latirá como un redoble de tambores de guerra y tu siempre tendrás el miedo de que ese otro tipo salte al vacio como tu lo has hecho y entonces ya no serán tus manos las que escribirán te quiero en el vaho del cristal del baño, ni bajarán la cremallera de su vestido y dejará de atrincherarse en tu espalda y se te borrarán las marcas de sus uñas de tus hombros.
Suerte y al toro, maestro, que yo te esperaré aquí, como siempre, al pie de esta barra. Cuando quieras, vienes y me cuentas cómo te fue. Para escribirlo, que últimamente ando corto de temas para el blog.

viernes, 11 de mayo de 2012

Noticias

Dicen los diarios que todo se derrumba. Que los mercados son ahora los que mandan, que el paro ahoga a este país y que esto no hay Dios que lo arregle. Yo tan sólo pienso en las ganas que tengo de perderme contigo bajo las sábanas. Dice la radio que la gente se ha cansado y que cada vez son más las bocas que gritan rebeldía desde Egipto hasta Madrid. Dicen que con Sadam Hussein y con Gadaffi muertos, el mundo es un lugar más seguro pero que lo será más aún cuando caigan Ahmadineyad, Fidel y Hugo Chávez. Yo cuando estoy atrapado en un atasco sólo acierto a pensar en todo lo que te echo de menos. Dice la televisión que este año ha sido el año en el que el Real Madrid ha quedado por encima del Barcelona. Dice la televisión que Andreita ya se comió el pollo y que Paquirrín va a ser padre. Dice que hay terremotos en Japón, inundaciones en Sri Lanka y tornados en Arkansas. Yo no puedo evitar pensar en ti. Que caiga la bolsa en Wall Street me importa menos que quitarte la falda. Que Europa se rompa, que el euro no valga nada, que Italia, Grecia y Portugal estén arruinadas me importa un carajo si duermes cada noche a mi lado. Los contratos basura, las hipotecas a cuarenta años y la falta de oportunidades no me desvelan pero sin embargo si lo hace la última discusión que tuvimos ayer.

Esto lo pienso ahora que paseo por el centro agarrado a tu mano y veo mendigos que huelen a mierda y a fracaso, ateridos de frío y borrachos, que hablan solos. Niñatos imbéciles gritando, puestos hasta las cejas de farlopa, vomitando en las aceras. Yo paso la vista de ellos hasta a ti y te veo bostezar, apoyar tu cabeza sobre mi hombro, encajarte más a mí y sonrío. Vives ajena a todo. Feliz en tu mundo rosa, ajena a toda la mierda que inunda el mundo. Por eso pienso que qué más dará que los Polos se derritan o la deforestación del Amazonas. Qué cojones me importa que China se despierte y que EEUU se siga creyendo el salvador del mundo. Qué más me da el Frente Polisario o Chiapas o Palestina. El mundo es un lodazal nauseabundo. Es posible que sea cierto eso de que otro mundo es posible, pero desde luego no con nosotros viviendo en él. Creo que alguna vez leí que todo cambiará cuando nosotros, los hombres, nos hayamos ido a la mierda y el mundo lo dominen las ratas, las cucarachas o el bicho que sea capaz de sobrevivirnos y estoy totalmente de acuerdo.

Así que voy a pasar de pensar en el Cuerno de África y en las armas nucleares. Voy a dejar de comerme la cabeza con Reyes impuestos por cojones por un dictador, con Repúblicas que nunca llegarán y con Urdangarines que nunca irán a la cárcel. Voy a mandar el mundo a la mierda y te voy a agarrar fuerte por la cintura, te voy a comer la boca, vamos a coger un taxi y vamos a irnos a nuestra casa. Dejaremos un reguero de cadáveres de ropa desde la entrada hasta el dormitorio y vamos a hacer el amor como si no fuéramos a hacerlo nunca más. Porque tú eres mi bálsamo, lo que me salva del día a día. Tú eres todo y lo único que necesito. Por eso vamos a tirar a la basura los diarios, apagaremos la radio y desenchufaremos la televisión. Y el resto del mundo, que se vaya a tomar por culo y que reviente de una puta vez.

jueves, 9 de febrero de 2012

Murió acariciando los treinta años

Murió acariciando los treinta años y no le dio tiempo a nada. Casi ni a saber que se estaba muriendo. Lo recuerdo grande, fuerte, poderoso. Con una sonrisa siempre en la boca. Con él tuve las mejores borracheras de mi vida. También las peores resacas. Compartí con él muchos viajes, muchas confidencias y algunas mujeres. Era de esos hombres leales, honrados y justos y eso ya es más de lo que podría decir de la mayoría de gente que conozco.
Murió acariciando los treinta años y se iba a casar. Tenía una casa comprada a medias con su novia de toda la vida, un perro y muchos planes de futuro. Era de Melilla y le gustaba la cerveza y el ron y flirtear con camareras que nunca le sonreían. Nos hicimos amigos en mitad de una pelea en el Vial Norte de Córdoba. Si él no hubiera estado me habrían puesto fino. Esa noche nos bebimos entera Ciudad Jardín y decidimos irnos a vivir juntos.
Murió acariciando los treinta años y no fui a su entierro. Tampoco fui nunca a verlo en el poco tiempo que pasó en el hospital. Me contaron que la puta enfermedad se lo comió. Que ya no era él: había perdido peso, el pelo, las fuerzas. La sonrisa, no. No habría soportado verlo así y es un fantasma que me atormenta cada noche y que seguirá haciéndolo por el resto de mis noches. Fui un cobarde. No fui capaz de enfrentarme al hecho de que se moría. No fui capaz de verlo así. Probablemente le defraudé. Probablemente me echó en falta. Probablemente fui un cabrón y un cerdo por no haber ido. Pero no fui capaz.
Murió acariciando los treinta años y sólo tengo una foto con él. La sostengo ahora mismo entre las manos y lo veo pasándome el brazo sobre el hombro. Mirando a la cámara y sonriendo. Con una jarra de cerveza en la mano, ajeno a la jugada que el destino se guardaba. Inocente, posponiendo sus planes, dejando para mañana tantas cosas que no pudo terminar. Miro la foto y lo veo joven y eterno. Con las pupilas llenas de hambre de futuro. Pensando, como pensamos todos, que la muerte es cosa de viejos y que a nosotros nos queda lejos.
Murió y yo le debía algo como esto (aunque bien sé que es poco). A él, a Luis García Vivar, Cabo Primero de Artillería del GACA X en Cerro Muriano, Córdoba, que murió acariciando los treinta años y era mi amigo.

martes, 17 de enero de 2012

Ginebra y Kerouac

Me siento en el escritorio, bajo la luz amarilla y pobretona de una lámpara sin tulipa y me sirvo un dedo de ginebra. Sin hielo, para que me ardan las entrañas. Abro un libro de Kerouac, "Los Vagabundos del Dharma", y encuentro, a modo de marcapáginas, una nota de ella. Dice que me quiere. Probablemente fue cierto. Quiero decir que es posible que alguna vez me quisiera. Fue en ese tiempo en el que éramos tan jóvenes e ilusos que hasta pensamos en casarnos. Pero ahora, que de ella no queda más que este examen post mortem de tinta y papel, estoy seguro que andará dejando notas en los libros de otros. En el fondo no se lo reprocho. Yo intento, con poco acierto, hacer lo mismo pero sólo consigo follar con casadas o con mujeres tan borrachas que me cambian el nombre varias veces a lo largo de la noche.

Hace frío y la calefacción de la pensión no funciona. Hoy dormiré con los calcetines puestos. Quizás estemos mejor el uno sin el otro. A fin de cuentas, es difícil vivir siempre esquivando los puñales de sus reproches. Ella era una chica con horario de oficina, formal y consecuente. Yo escribo y bebo y fumo y salgo de madrugada más veces de las que debería. No soy un buen partido y nunca he querido serlo. La cuestión es que yo me cansé de sus planes de futuro y ella estaba harta de mis sueños. Mala combinación. En el fondo sabíamos que lo nuestro era imposible que funcionara.

Por eso, tumbado en la cama, en calzoncillos y con los calcetines puestos, me enciendo un cigarro y lanzo la primera bocanada de humo al techo. Oigo a los de la habitación de al lado follar y pienso que escuchar gemir a esa chica es mejor que el hilo musical. Entonces recuerdo los gemidos de ella y las cicatrices de carmín que dejaba por mi cuerpo. Aquellos fueron buenos tiempos: follabamos hasta reventar y luego follabamos más. Pero sin darnos cuenta, poco a poco, el sexo fue desapareciendo. Como todo lo que nos unía.

El olor a naftalina de la almohada me devuelve a la puta realidad. A este cuarto de pensión, con papel pintado en las paredes y con una moqueta, que alguna vez fue azul, en el suelo. Me doy cuenta ahora de lo huérfanos que están mis dedos sin su pelo y que aún guardo el regusto de su sexo en mi paladar y que sin su cuerpo, no acierto a encontrar la orilla del otro lado de la cama. Se cuela por la ventana el ruido del trafico de la ciudad de madrugada. Aplasto con rabia el cigarro contra el cenicero y apuro de un trago la ginebra. No me van a vencer los recuerdos. Por lo menos esta noche, no. Voy al cuarto de baño y mientras meo miro mi reflejo en el espejo y sonrio: No he levantado la tapa del váter y no hay nadie que me lo vaya a reprochar.

Quizás, a fin de cuentas, no se esté tan mal solo.

miércoles, 11 de enero de 2012

En la cola del cine

Se estaba yendo cuando me di cuenta de que hacía tiempo que no se reía con la boca abierta. Fui un torpe que no supo ver que todo se acababa. Pero justo en ese preciso momento en el que arrancó el coche y bajó despacio toda la avenida, comprendí que nunca más volvería a contar los lunares de su espalda. Qué más dan los motivos si se ha ido y sólo me ha dejado un reguero de caricias muertas y el olor de su perfume haciéndose fuerte en el armario. Lo que importa es que se estaba yendo cuando en mi cabeza se levantaban en armas todas las cosas que nunca le dije. Se amotinaron todos los te quiero que nunca pronuncié, todos los abrázame fuerte que tengo miedo de perderte, todos los quédate aquí, así, pegada a mi por toda la eternidad.
Se fue y la avenida se quedó desierta y en silencio. Granada de pronto se convirtió en territorio hostil. Cada esquina de esta puta ciudad, cada parque, cada portal, cada callejón donde le mordí la boca, donde la besé, donde escondí mis manos bajo su falda, ahora me escupían a la cara mi fracaso. Se fue y yo volví a la ginebra y a los pasos de cebra que cruzaban el amanecer en todos los bares donde alguna vez nos emborrachamos hasta desafiar al alba. Esos mismos bares que ahora me parecían más oscuros y más sucios. Se fue y se terminaron los buenos días con la soberbia belleza canalla de sus ojeras. Se fue y no tardé en comprender como duele la certeza de saberte solo y sin nadie que te espere en casa. Se fue y el teléfono enmudeció. Ya no sonaba a deshoras para que una voz adormilada desde el otro lado me dijera que me amaba y que me necesitaba junto a ella.
Se había ido y yo había aprendido a bailar bajo el aguacero. Ya no me dolía encontrarme ese tanga negro suyo que habitaba, como un despistado okupa, en el cajón de mis calzoncillos. Ya no buscaba su reflejo en el espejo de todos los escaparates. Se había ido y su nombre dejó de ser una letanía en las resacas. Se acabó el tiempo de buscarla en los polvos sin compromiso de cada fin de semana. Se había ido y a mi se me borró el tatuaje que sus labios me hicieron en el alma. Se había ido y yo recuperé la calma y el aburrimiento de las tardes de domingo.
Pero hoy la vi, de refilón, caminando con otro tipo. Abrazados y mirando su reflejo en los escaparates de un centro comercial. Llevaban en el rostro pintada la estupidez de las primeras citas. Yo estaba haciendo cola para entrar en el cine con una mujer que no me importaba una mierda. A decir verdad, ni quería ver la película ni hostias. Sólo quería que la película terminara pronto, tomarme un par de ginebras y llevarla a cualquier hotel de las afueras y arrancarle la falda y contarle cien mil mentiras y follarle hasta el alma. En la distancia pude ver que el tipo le dijo algo. Ella, se rió con la boca abierta y me reconocí en él. Supongo que alguna vez yo la miré con esos mismos ojos. Alguna vez la abracé por la cintura de igual manera. Alguna vez pensé que éramos eternos e indestructible. Alguna vez pensé que éramos felices.
Seguí aguantando la cola y ella se perdió en un mar de adolescentes que salían de ver Crepúsculo o alguna mierda parecida. Caí en la cuenta. De nuevo se estaba yendo pero esta vez, con otro tipo de la mano. Miré a la mujer que me acompañaba y sólo me quedó el consuelo de rezar porque esas tetas no se descolgaran demasiado al quitarle el sujetador.