martes, 17 de enero de 2012

Ginebra y Kerouac

Me siento en el escritorio, bajo la luz amarilla y pobretona de una lámpara sin tulipa y me sirvo un dedo de ginebra. Sin hielo, para que me ardan las entrañas. Abro un libro de Kerouac, "Los Vagabundos del Dharma", y encuentro, a modo de marcapáginas, una nota de ella. Dice que me quiere. Probablemente fue cierto. Quiero decir que es posible que alguna vez me quisiera. Fue en ese tiempo en el que éramos tan jóvenes e ilusos que hasta pensamos en casarnos. Pero ahora, que de ella no queda más que este examen post mortem de tinta y papel, estoy seguro que andará dejando notas en los libros de otros. En el fondo no se lo reprocho. Yo intento, con poco acierto, hacer lo mismo pero sólo consigo follar con casadas o con mujeres tan borrachas que me cambian el nombre varias veces a lo largo de la noche.

Hace frío y la calefacción de la pensión no funciona. Hoy dormiré con los calcetines puestos. Quizás estemos mejor el uno sin el otro. A fin de cuentas, es difícil vivir siempre esquivando los puñales de sus reproches. Ella era una chica con horario de oficina, formal y consecuente. Yo escribo y bebo y fumo y salgo de madrugada más veces de las que debería. No soy un buen partido y nunca he querido serlo. La cuestión es que yo me cansé de sus planes de futuro y ella estaba harta de mis sueños. Mala combinación. En el fondo sabíamos que lo nuestro era imposible que funcionara.

Por eso, tumbado en la cama, en calzoncillos y con los calcetines puestos, me enciendo un cigarro y lanzo la primera bocanada de humo al techo. Oigo a los de la habitación de al lado follar y pienso que escuchar gemir a esa chica es mejor que el hilo musical. Entonces recuerdo los gemidos de ella y las cicatrices de carmín que dejaba por mi cuerpo. Aquellos fueron buenos tiempos: follabamos hasta reventar y luego follabamos más. Pero sin darnos cuenta, poco a poco, el sexo fue desapareciendo. Como todo lo que nos unía.

El olor a naftalina de la almohada me devuelve a la puta realidad. A este cuarto de pensión, con papel pintado en las paredes y con una moqueta, que alguna vez fue azul, en el suelo. Me doy cuenta ahora de lo huérfanos que están mis dedos sin su pelo y que aún guardo el regusto de su sexo en mi paladar y que sin su cuerpo, no acierto a encontrar la orilla del otro lado de la cama. Se cuela por la ventana el ruido del trafico de la ciudad de madrugada. Aplasto con rabia el cigarro contra el cenicero y apuro de un trago la ginebra. No me van a vencer los recuerdos. Por lo menos esta noche, no. Voy al cuarto de baño y mientras meo miro mi reflejo en el espejo y sonrio: No he levantado la tapa del váter y no hay nadie que me lo vaya a reprochar.

Quizás, a fin de cuentas, no se esté tan mal solo.

miércoles, 11 de enero de 2012

En la cola del cine

Se estaba yendo cuando me di cuenta de que hacía tiempo que no se reía con la boca abierta. Fui un torpe que no supo ver que todo se acababa. Pero justo en ese preciso momento en el que arrancó el coche y bajó despacio toda la avenida, comprendí que nunca más volvería a contar los lunares de su espalda. Qué más dan los motivos si se ha ido y sólo me ha dejado un reguero de caricias muertas y el olor de su perfume haciéndose fuerte en el armario. Lo que importa es que se estaba yendo cuando en mi cabeza se levantaban en armas todas las cosas que nunca le dije. Se amotinaron todos los te quiero que nunca pronuncié, todos los abrázame fuerte que tengo miedo de perderte, todos los quédate aquí, así, pegada a mi por toda la eternidad.
Se fue y la avenida se quedó desierta y en silencio. Granada de pronto se convirtió en territorio hostil. Cada esquina de esta puta ciudad, cada parque, cada portal, cada callejón donde le mordí la boca, donde la besé, donde escondí mis manos bajo su falda, ahora me escupían a la cara mi fracaso. Se fue y yo volví a la ginebra y a los pasos de cebra que cruzaban el amanecer en todos los bares donde alguna vez nos emborrachamos hasta desafiar al alba. Esos mismos bares que ahora me parecían más oscuros y más sucios. Se fue y se terminaron los buenos días con la soberbia belleza canalla de sus ojeras. Se fue y no tardé en comprender como duele la certeza de saberte solo y sin nadie que te espere en casa. Se fue y el teléfono enmudeció. Ya no sonaba a deshoras para que una voz adormilada desde el otro lado me dijera que me amaba y que me necesitaba junto a ella.
Se había ido y yo había aprendido a bailar bajo el aguacero. Ya no me dolía encontrarme ese tanga negro suyo que habitaba, como un despistado okupa, en el cajón de mis calzoncillos. Ya no buscaba su reflejo en el espejo de todos los escaparates. Se había ido y su nombre dejó de ser una letanía en las resacas. Se acabó el tiempo de buscarla en los polvos sin compromiso de cada fin de semana. Se había ido y a mi se me borró el tatuaje que sus labios me hicieron en el alma. Se había ido y yo recuperé la calma y el aburrimiento de las tardes de domingo.
Pero hoy la vi, de refilón, caminando con otro tipo. Abrazados y mirando su reflejo en los escaparates de un centro comercial. Llevaban en el rostro pintada la estupidez de las primeras citas. Yo estaba haciendo cola para entrar en el cine con una mujer que no me importaba una mierda. A decir verdad, ni quería ver la película ni hostias. Sólo quería que la película terminara pronto, tomarme un par de ginebras y llevarla a cualquier hotel de las afueras y arrancarle la falda y contarle cien mil mentiras y follarle hasta el alma. En la distancia pude ver que el tipo le dijo algo. Ella, se rió con la boca abierta y me reconocí en él. Supongo que alguna vez yo la miré con esos mismos ojos. Alguna vez la abracé por la cintura de igual manera. Alguna vez pensé que éramos eternos e indestructible. Alguna vez pensé que éramos felices.
Seguí aguantando la cola y ella se perdió en un mar de adolescentes que salían de ver Crepúsculo o alguna mierda parecida. Caí en la cuenta. De nuevo se estaba yendo pero esta vez, con otro tipo de la mano. Miré a la mujer que me acompañaba y sólo me quedó el consuelo de rezar porque esas tetas no se descolgaran demasiado al quitarle el sujetador.