jueves, 9 de febrero de 2012

Murió acariciando los treinta años

Murió acariciando los treinta años y no le dio tiempo a nada. Casi ni a saber que se estaba muriendo. Lo recuerdo grande, fuerte, poderoso. Con una sonrisa siempre en la boca. Con él tuve las mejores borracheras de mi vida. También las peores resacas. Compartí con él muchos viajes, muchas confidencias y algunas mujeres. Era de esos hombres leales, honrados y justos y eso ya es más de lo que podría decir de la mayoría de gente que conozco.
Murió acariciando los treinta años y se iba a casar. Tenía una casa comprada a medias con su novia de toda la vida, un perro y muchos planes de futuro. Era de Melilla y le gustaba la cerveza y el ron y flirtear con camareras que nunca le sonreían. Nos hicimos amigos en mitad de una pelea en el Vial Norte de Córdoba. Si él no hubiera estado me habrían puesto fino. Esa noche nos bebimos entera Ciudad Jardín y decidimos irnos a vivir juntos.
Murió acariciando los treinta años y no fui a su entierro. Tampoco fui nunca a verlo en el poco tiempo que pasó en el hospital. Me contaron que la puta enfermedad se lo comió. Que ya no era él: había perdido peso, el pelo, las fuerzas. La sonrisa, no. No habría soportado verlo así y es un fantasma que me atormenta cada noche y que seguirá haciéndolo por el resto de mis noches. Fui un cobarde. No fui capaz de enfrentarme al hecho de que se moría. No fui capaz de verlo así. Probablemente le defraudé. Probablemente me echó en falta. Probablemente fui un cabrón y un cerdo por no haber ido. Pero no fui capaz.
Murió acariciando los treinta años y sólo tengo una foto con él. La sostengo ahora mismo entre las manos y lo veo pasándome el brazo sobre el hombro. Mirando a la cámara y sonriendo. Con una jarra de cerveza en la mano, ajeno a la jugada que el destino se guardaba. Inocente, posponiendo sus planes, dejando para mañana tantas cosas que no pudo terminar. Miro la foto y lo veo joven y eterno. Con las pupilas llenas de hambre de futuro. Pensando, como pensamos todos, que la muerte es cosa de viejos y que a nosotros nos queda lejos.
Murió y yo le debía algo como esto (aunque bien sé que es poco). A él, a Luis García Vivar, Cabo Primero de Artillería del GACA X en Cerro Muriano, Córdoba, que murió acariciando los treinta años y era mi amigo.