miércoles, 26 de septiembre de 2012

Voy a pedirle al otoño

Voy a pedirle al otoño que ataque. Que saque a desfilar por las calles a todo su ejército de hojas secas. Que avance incontenible, con el fuego de mortero de la tristeza y de la nostalgia. Que vomiten sus cañones todas las inclemencias que sea posible, que se adelante al invierno. Me da igual.
Voy a pedirle al otoño que no venga preñado de primavera. Que reniegue del sol, del calor a destiempo, del veranillo de San Miguel. Quiero que este otoño traiga los bolsillos desbordados de frío. Que traiga mucho frío. Tanto frío que se cuarteen mis labios, mis orejas, mis dedos de los pies. Quiero que todo sea lluvia. Una lluvia que vista de charol, todos los días, las calles de mi barrio.
Voy a pedirle al otoño que no tenga piedad. Que venga a saco, pintando de gris la ciudad. Que venga con viento, helado a ser posible, del que te corta la cara al salir de tu casa. Que nos convierta en vaho el aliento, que nos tengamos que subir los cuellos de las chaquetas. Que obligue a desterrar, a un rincón del armario,los tirantes y las chanclas.
Voy a pedirle al otoño que esta vez le eche huevos. Que lo intente. Aunque lo va a tener jodido; porque este otoño, va a ser distinto a todos los otoños. Este otoño no me quedan heridas por cicatrizar, ni Jaque Brel me hace llorar cuando me tomo una copa de vino, mirando por la ventana la lluvia cansina caer. Este otoño no voy a pasear de madrugada por el centro de la ciudad, pisando millones de hojas muertas, sin rumbo, buscando la luz de faro que es el cartel de neón del último bar que quede abierto.
Voy a pedirle al otoño que lo intente con todas su fuerzas. Porque ahora no estoy solo y ella camina cada noche abrazada a mi, enroscando sus brazos en mi cintura o agarrándome de la mano. Y así, los dos juntos, no va a haber otoño que pueda con nosotros.

domingo, 9 de septiembre de 2012

La historia de P y J

P y J son pareja desde hace muchos años. Prácticamente no han tenido otras parejas. Son jóvenes y terriblemente felices. De tan felices que son juntos, dan casi asco. Se comen con los ojos, se buscan las manos cuando caminan, se ríen por las mismas tonterías. Son uno, indivisibles. P no se entiende sin J y J no existiría sin P. Los veo casi todos los días y parece que no pasase el tiempo por ellos. Los envidio. Yo nunca fui capaz de retener tanto tiempo a una mujer a mi lado. No sé cómo se lo montan pero son dignos de admirar.
J es preciosa, pequeña y menuda como la flor de un almendro. P es de esos tipos silenciosos y precisamente por todo lo que calla, es sabio. Juntos son la viva imagen de la felicidad. No tienen hijos (aún) pero tienen un perro, M. A veces me invitan a su casa a cenar y, mientras yo salgo a fumar al balcón con una copa del vino que compran expresamente para mi, los veo en la cocina, trabajando codo a codo, cómplices. Se pasan la sal o el vinagre y se rozan las manos. Sonríen porque a pesar de todo el tiempo que llevan juntos, siguen sintiendo el mismo pinchazo en el estómago. Salen de la cocina con la ensalada y el resto de la cena preparada y me llaman. Yo entro y me siento frente a ellos. Se vuelven a besar. Los maldigo en voz alta. La cena transcurre entre risas y bromas. Terminamos y llega el turno de las copas. Ginebra para J y para mí; ron con cola para P. Entonces es el momento de volver a preguntarles por enésima vez, cómo cojones lo consiguen. Cómo logran, a pesar de llevar más de diez años juntos, no cansarse el uno del otro. Les pregunto por el secreto. Por su secreto. Le pregunto a P cómo hace para no caer en la tentación de la infidelidad (porque P es un guaperas y ha tenido ofertas por las que más de uno daríamos la vida) Le pregunto a J si nunca se ha cansado de las manías de P. Ninguno de los dos sabe responderme. Qué no saben cómo lo hacen, dicen. Que sólo se trata de respetarse, de entenderse.¡cómo si eso fuera fácil!
Vuelven a desterrarme al balcón (porque son unos cabrones que no me dejan fumar dentro) y mientras saco el paquete de Chester, contemplo la noche que ya se ha hecho fuerte en la ciudad. Miro a lo lejos, las luces de la autopista. Paso la vista por todos los edificios: cientos de salones con cientos de luces encendidas a estas horas e imagino cuantas parejas estarán cenando en este preciso momento. Entonces pienso que quizás todos los polvos de una noche nunca llegarán a aportarme lo que J le aporta a P. Pienso que quizás debería echar el freno, dejarme de tantas noches, de tanto carmín. Quizás debería dejar de mentir (y de mentirme) y sentar la cabeza. Pero en ese preciso momento, suena mi teléfono. Una chica, a la que no recuerdo muy bien, quiere que nos veamos para tomar una copa dentro de media hora. Entro de nuevo al salón, con la urgencia de la excitación y me despido de P y J.
Los dejo a mi espalda, peleándose por ver quién saca a pasear al perro. Salgo del calor de su casa y vuelvo a enfrentarme, como tantas veces, a ese frío, cabrón y obsceno, tan característico de mis noches. Entonces, mientras atravieso con el coche toda la ciudad, desierta a estas horas, y Nacho Vegas y un acordeón moribundo me hablan del Ángel Simón, los envidio. Los envidio tanto que sé que por eso, esta noche voy a volver a acabar borracho.