miércoles, 10 de octubre de 2012

"Con-cierto gusto" Recital de música y poesía erótica

Hace un par de semanas participé junto a Jairo García en un recital, cómo el propio nombre del post indica, de música y poesía erótica. Hacía bastante tiempo que no me colgaba la guitarra al hombro y tengo que decir que esa noche recordé el porqué me gusta hacer canciones y subirme a un escenario.
Aunque no tengo costumbre de colgar aquí nada relacionado con la música, hoy voy a hacer una excepción y os voy a dejar un par de vídeos de ese concierto. En el primero Jairo García recita un poema y luego me acompaña con la guitarra eléctrica mientras hago una versión de la canción «Tu voyeur» del uruguayo Jorge Drexler.


En este otro, os dejo la única canción compuesta por mí que canté esa noche. Se llama «Hotel Claridge» y es la historia de un hombre y una mujer, infieles. Es la historia de una noche en la que ambos terminan en un hotel discreto de las afueras de la ciudad. Es la historia de un arrepentimiento. De esta canción nació un texto que colgué en este blog. Os dejo el enlace del texto por si queréis leerlo también http://unronconcola.blogspot.com.es/2011/01/hotel-claridge.html


Habréis notado que esta canción me equivoco. Bueno, la culpa, ya sabéis, es del vino. Si os ha gustado, tenéis tiempo y os apetece, podéis ver el concierto entero aquí.

Ese concierto fue posible gracias a Punto T, Tienda erótica & Cultura sexual 
Si vivís en Granada o si estáis de paso por aquí, echadle un vistazo, os lo recomiendo.

jueves, 4 de octubre de 2012

Nunca lo entenderíais

Nunca lo entenderíais. Ni en cien mil vidas que hubiérais vivido, si nunca la habéis conocido, no lo entenderíais. Quizás porque son las tres de la madrugada y afuera cae una lluvia cansina y monótona, quizás porque he bebido algo más de la cuenta y aún me queda media copa de ron, voy a sincerarme. Voy a abrirme el pecho en canal y voy a sacarlo todo. Voy a poner sobre el escritorio, junto al ordenador y el cenicero, a punto de desbordarse de colillas, mi corazón y voy a confesarme como nunca lo he hecho.
Si Dios existiera y fuese una mujer y nos hubiera hecho a su imagen y semejanza, ella habría sido el molde perfecto. No es que sea la mujer más hermosa del mundo pero es más guapa que cualquiera, como diría Fito Páez. Es menuda, poca cosa, parece tan frágil que sé que sería capaz de partirla en dos si decidiera abrazarla con todas mis fuerzas. Es raro verla bien peinada porque siempre lleva puesto un tierno desaliño que ya quisieran para sí todas las mujeres que salen en las portadas de las revistas de moda. Se come el mundo con los ojos. Es capaz de hablar sin mover la boca, es decir, tan sólo con su forma de mirar puede mantener conversaciones. Sus labios, os lo juro, me traen por la calle de la amargura: carnosos, esponjosos, como la estúpida magdalena de Proust. Si alguna vez un hombre pensó en matar por una mujer o si alguna ciudad cayó por culpa de una mujer, seguro que fue por alguna que se le pareciera a ella.
No lo entenderíais. A mí nunca me faltó valor para acercarme y ponerle las cosas claras a una mujer, pero ella, joder, ella es otra historia. La primera vez que estuve tan cerca de ella que me llegó su olor, se me quedó grabado como sólo unos pocos olores: el aroma de la carbonería de mi abuelo; el sudor seco, caliente y honrado de mi padre cuando llegaba de trabajar; el olor que inundaba la casa de mis padres cuando mi madre cocinaba...olores que se me tatuaron en la memoria y que nunca, ni malditas las ganas, podré olvidar. El de ella es un olor parecido al de la hierba recién cortada o al de la tierra seca y agrietada cuando la empapa una tormenta de verano: intenso, delicioso, único.
En serio, no lo entenderíais. Y no lo entenderíais, entre otras muchas cosas, porque nunca la habéis visto reir. No habéis escuchado el canto de su risa. No habéis visto como abre la boca para que se desborde un estruendo de carcajadas. No habéis visto como sus ojos, al reirse, se encojen y como le nacen dos hoyuelos en las mejillas. No habéis visto, como yo la he visto, partiéndose de risa, echando la cabeza hacia adelante y doblándose y agarrándose la barriga y poniéndose colorada porque empieza a faltarle el aire de tanto reirse. Os doy mi palabra: no hay en este asqueroso mundo nada que pueda competir en belleza con ese puto momento.
No lo entenderíais, sencillamente, porque no la habéis visto desnuda. No os habéis perdido entre sus curvas —brutales y rotundas— como yo lo he hecho. No habéis recorrido con la yema de los dedos cada centímetro de su piel. No habéis comprobado el peso de sus pechos grandes y firmes. No habéis enterrado la cara entre sus nalgas para buscar lo que seguro que se ha de esconder allí; es decir, todos y cada uno de los secretos del universo. No habéis bebido de ella. No habéis escuchado vuestro nombre en su boca, entre jadeo y jadeo. No habéis sentido el tacto de la zarza que nace entre el hueco de sus piernas y así, es difícil que podais entenderme.
Pero sin embargo, yo si os entiendo a vosotros cuando decís que debería olvidarme de ella. Os entiendo porque no soy gilipollas y sé que esa mujer es veneno. Sé que es peligrosa, que juega al despiste, al hoy sí, mañana no y pasado quién sabe. Sé que se divierte poniéndome las cosas difíciles. Sé, por el brillo mortal de sus ojos, que disfruta cuando sabe que me tiene completamente cogido por los huevos. Es cruel y despiada a la misma vez que es dulce y casi tímida y esa dualidad, creedme, es la que me trae de cabeza.
Lo sé, pero vosotros, que nunca habeis visto amanecer a su lado, no lo podríais entender.