martes, 6 de noviembre de 2012

Me provocas


              Me provocas. Me provocas casi demasiado. A mi me encanta, ya lo sabes. Me provocas cuando vistes ese escote, como un balcón a los confines del universo. Me provocas con tus tacones y tus vaqueros ajustados. Me encanta el culo que te hace, podría pasarme horas mirándolo. Es perfectamente redondo y tiene el tamaño justo. Me provocas cuando te pones trascendente y me recitas, al calor de una copa de vino, cualquier poema de ese viejo verde, sátiro y genial, que fue Bukowski.
              Me provocas cuando no te das cuenta. O mejor dicho, cuando haces como que no te das cuenta. Me provocas cuando te muerdes el labio, rojo intenso. Cuando me miras y la lascivia se hace fuerte en tus pupilas. Me provocas cuando me rozas deliberadamente la pierna por debajo de la mesa en cualquier restaurante. Me provocas cuando echas a un lado tu melena y dejas al aire —indefenso y desarmado— tu cuello. Me provocas cuando pegas tu cara a la mía y, con tus manos en mis mejillas, me dices que sabes que me estoy enamorando de ti. Me provocas cuando sonríes con la boca abierta y todos los problemas de este asqueroso mundo desaparecen engullidos por ese remolino de felicidad. Me provocas cuando eres consciente de que el frío me clava en las retinas tus pezones. Me provocas, cuando cruzas las piernas y me dejas ver, o más bien intuir, el encaje de las medias que se abrazan a tus muslos. Me provocas cuando me lanzas a bocajarro una de tus sonrisas a mitad de camino entre una niña bien y una femme fatale.
               Me provocas incluso cuando discutimos: alzas la voz, tus ojos se encogen por la rabia y se tensa tu mandíbula. Eres pura energía. Acompañas cada grito con los gestos de tus manos. Yo te miro, en silencio, dejando que escupas toda tu rabia y, cuando por fin te calmas, viene el combate real. Nos besamos tan fuerte que nos hacemos daño en la boca. Nuestras lenguas, serpientes que bailan, se buscan, se encuentran, se abrazan. Salen del nido de nuestras bocas a coger aire y van dejando huellas de saliva por la comisura de nuestros labios. Yo te muerdo el cuello hasta que te hago daño; tú me clavas las uñas en la espalda. Nos arrancamos la ropa. Bajo hasta tus pechos y me encuentro con tus pezones. Los beso una y otra vez, los acaricio, los pellizco, los muerdo. Tú gimes, suspiras, susurras mi nombre. Bajo hasta perderme entre tus piernas, buceo dentro de ti. Tú te retuerces y sigues recitando mi nombre como si fuera un mantra. Quieres que entre en ti y yo no tengo fuerzas para negarme. Me das la vuelta y te sientas a horcajadas sobre mí. Ardes por dentro y mueves la cintura. Apoyas tus manos en mi pecho, cierras los ojos, jadeas, vuelves a susurrar mi nombre. Yo, debajo de ti, también me muevo y los dos sentimos que se acerca el final. Tus movimientos se vuelven casi violentos. Yo te agarro fuerte el culo y cuando llega ese momento en el que no hay nada alrededor nuestra y nos importa una mierda si los vecinos nos están escuchando, volvemos a juntar nuestras bocas y así, termina el combate, rendidos, sudando, exhaustos, pringados, felices.
              Y es que la culpa es tuya, que me provocas, casi demasiado, y al final, pasan estas cosas.