jueves, 28 de noviembre de 2013

Consciencia y realidad



              Soy consciente de que llegará el día en que todo esto se habrá ido a tomar por culo. Más tarde que pronto. Quizás cuando no nos lo esperemos. Quizás en el mejor momento. Pero mientras tanto. Mientras resistimos, habrá que aprovecharlo.
              Soy consciente de que llegará el momento en el que tendré que mirar para otro lado cuando tu teléfono suene de madrugada y tú te vayas a la cocina a responder. Sé que habrá un momento en el que me mentirás y dirás que estás con tus amigas cuando en realidad no es así, sino que habrás ido, yo que sé, a ese hotel de las afueras, discreto y económico, que una vez yo también frecuenté. Te atenderá aquel recepcionista gay que tanto se parece a Errol Flynn. Cogerás la llave de la habitación y te temblarán las manos. Subirás con él en el ascensor, os besaréis, él te sobara el culo como tantas veces lo hice yo. Llegaréis a la habitación y te quitará la ropa, saltará sobre ti, te morderá y follaréis y tu pensarás en mí y te sentirás culpable.
              Soy consciente de que lo nuestro tiene fecha de caducidad, por eso mientras llega la tormenta, mientras llega ese maremoto que hará que se resquebrajen por enésima vez los cimientos de mis sueños. Antes de que huyas (o de que huya yo), antes de que llegue el tiempo de los reproches y las discusiones. Antes de todo voy a disfrutarte. Vamos a expropiar una botella de vino de cualquier supermercado y nos vamos a perder por los callejones del Sacromonte, nos vamos a sentar en un mirador de esos que muy poca gente conoce y nos la vamos a beber a morro, mientras La Alhambra nos mira y se muere de envidia. Voy a aprovecharte y vamos recorrer las calles de esta ciudad, parándonos en cada esquina a comernos la boca y los sueños. Vamos a meternos en cualquier portal y vamos a subir al último piso y allí, clandestina y secretamente, nos vamos a sentar en el último peldaño de las escaleras y voy a enterrar mis manos entre tus muslos. Voy a acariciarte por dentro despacio, sin dejar de mirarte a los ojos. Voy a morderte la boca, el lóbulo de la oreja, el cuello. Luego tú te vas a sentar a horcajadas sobre mí. Vas a mover tu cintura, trazando círculos imposibles, y yo voy a empujarte hacia arriba con las caderas para que notes bien como todo va creciendo.
           Soy consciente de que la pasión se acaba. Esto que ahora estamos viviendo sabemos bien que es mentira, que estamos distorsionando la realidad. Nos engañamos, haciéndonos creer que somos felices y nos perdonamos los defectos. Ahora no importa si yo fumo demasiado o si tú hablas a gritos; ahora da igual si yo dejo siempre la ropa tirada por el suelo o si tú te pasas las horas muertas pegada al teléfono cotilleando con tus amigas. Ahora, que llevamos tan poco tiempo juntos que todo nos sorprende, no nos vemos las miserias. O no queremos verlas. Pero llegará un momento en que empezarán a salir a flote. Habrá un momento en el que—igual que el mar, tarde o temprano, acaba devolviendo los cadáveres a la orilla— todo salga a flote. Que reluzcan nuestros defectos. Entonces será el momento de sentarnos frente a frente, sabiéndonos vencidos, y de sentir que ha llegado la hora del «tenemos que hablar». Y así, con una nueva cicatriz ardiéndonos en el pecho, volveremos otra vez, a encontrarnos cara a cara con la puta realidad.

lunes, 11 de noviembre de 2013

El primer adiós


              Sé que estas jodido, muy jodido. Lo he visto en tu cuenta de Twitter. Hablas de que esto es lo más parecido a la muerte, que sin ella no vale la pena vivir. Dices que nunca vas a conocer a otra mujer como ella. Escribes como si vinieras de vuelta y sólo tienes dieciséis años. Pero lo peor de todo es que puede que lleves razón.
              No voy a revelarte ningún secreto ni voy a darte ningún consejo, solo voy a opinar de lo que veo desde fuera. Llevas razón, colega, tu situación es para estar jodido: esa niña es canela en rama. La he visto en las muchas fotos que subiste. He visto como te miraba, como enroscaba sus brazos a tu cintura y como apoyaba su cabeza en tu hombro. He visto algunas de vuestras escenas cotidianas y, créeme colega, es normal que pienses que este adiós es el fin.
              Pero mucho me temo que este adiós que para ti es como un descenso a los infiernos, es sólo el primero de los muchos adioses que con los que vas a tener que bregar toda la vida. Que sí, que te entiendo, que esa niña no era como ninguna otra que has conocido, que después de ver tu reflejo en los ojos azules de ella ahora todos los ojos te parecen vacíos; que sí, que después de haber mordido su boca que sabía a fruta madura, crees que ese sabor no lo vas a volver a encontrar en toda la vida; que sí, que has caminado con ella de la mano y la has besado; que sí, que con ella descubriste el calor de otra piel desnuda contra la tuya y el éxtasis y el cloroformo del placer; que sí, colega, que te entiendo.
              Así que, porque tú me lo pides y porque me reconozco en tu dolor, te diré que ojalá este sea tu primer y último adiós; pero lo siento colega, este carrusel, que es la vida, sigue girando y aunque otras vendrán que también te querrán, que apoyarán su cabeza sobre tu hombro, que te cogerán de la mano cuando salgáis del cine, que te taladrarán el alma con el punzón de sus ojos azules, también habrá otras que te herirán, ya te lo digo de antemano, que jugarán contigo, que se reirán de ti. Incluso habrá algunas que serán unas hijas de puta, vete haciendo a la idea.
              Pero aún y con todo, merecerá la pena: haberla tenido, besado y amado y haberla perdido vale más que no haberla tenido (eso no es mío, creo que lo leí en algún lado o quizás sea la letra de una canción de Alejandro Sanz o de Alex Ubago, pero viene que ni pintada aquí). Así que venga, levántate y sécate esas lágrimas, joder. Sal a la calle con la cabeza alta y siéntete orgulloso de esa primera cicatriz. Lúcela con orgullo, como un viejo soldado que vuelve de la guerra. Ya has aprendido que las mujeres pueden ser igual de canallas que los hombres. Has aprendido de paso, que todo esa mierda del amor eterno es mentira: el amor sólo es eterno en las canciones y en los cuentos malos y en las películas de Sandra Bullock. Cuanto antes lo asumas, mejor para ti.
              Igual todo esto te parece duro, colega, y no es lo que querías oir. Igual debería haberte mentido y haberte dicho que todo va a ir bien, que no pasa nada, que las vas a recuperar y que vais a ser la hostia de felices juntos. Si eso es lo que quieres oir, si no quieres darte cuenta de que el amor, al igual que la vida, es una lucha constante donde los tipos como tú y como yo siempre perdemos, espera, que te voy a contar también otro cuento de hadas, unicornios y duendecillos mágicos.

lunes, 14 de octubre de 2013

Madrugada, Graná y un gitano


              A veces subo hasta aquí, hasta el Carril de la Lona, a fumarme un par de cigarros mientras la ciudad duerme. Me gusta hacerlo cuando todo es silencio, cuando no hay ni un alma en la calle. Tan sólo, muy de vez en cuando, algún taxi dobla la esquina de San Miguel Bajo cargado de guiris a los que habrán clavado en alguna cueva de el Sacromonte. Yo vengo a lo mío, a contemplar esta maldita ciudad que me tiene atrapado y que, a veces, me saca de quicio. Una sombra viene directa hacia mí: es un gitano de pelo rizado y largo, muy flaco, con una guitarra sin funda al hombro y con cara de haber pasado algún tiempo en el talego. «Compadre, ¿tienes un cigarrito?» Como para decirle que no, pienso para mis adentros. Extiende su mano y veo que lleva un tatuaje con una estrella de David y una media luna mora. Camarón, pienso nada más verlo. El gitano me pide lumbre también. Se enciende el cigarro y se sienta a un par de metros de donde yo estoy sentado. Fumamos los dos en silencio. Al cabo de un rato, se gira y me dice que si me importa que toque. Le digo que no y en seguida sujeta el cigarro entre las cuerdas del clavijero y comienza a tocar. Está de espaldas a mí, a contra luz. Le arranca a su desvencijada guitarra algo que a mí me suena al lamento de un pueblo, eterna rabia calé. La guitarra llora entre los brazos del gitano y Granada parece más hermosa en esta madrugada.
              Miro al frente, soberbia y majestuosa, La Alhambra con la Torre de la Vela, eterna centinela sobre la Colina Roja, vigilando el sueño de esta ciudad; y a sus pies, el Darro, en horas bajas, que serpentea arrastrando suspiros desde el Paseo de los Tristes hasta Plaza Nueva, Carrera abajo. Pongo la vista en la estación de trenes, una estación que se marchita dejada a su suerte. Alzo la vista y miro las lejanas luces, como luciérnagas perezosas, de Sierra Nevada: el Veleta es un faro despistado, pienso mientras el gitano toca una media granaína. Sigo mirando a lo lejos, la oscuridad de la vega de Granada, los pueblos del cinturón, y el Zaidín, mi barrio obrero, siempre en constante lucha.
              Y allí, en el mirador de el Carril de la Lona, en la noche de un martes cualquiera, junto al gitano que ve como no dejo de mirar la ciudad y me dice «Está guapa, ¿Eh, compadre?» y yo lo contesto que sí, que está guapa de cojones, recuerdo porqué amo a esta ciudad de este sur maravilloso que es Andalucía. Nos quedamos de nuevo en silencio con la vista clavada en el horizonte y al cabo de un rato le ofrezco otro cigarro y le digo: «compadre, arráncate con una soleá». El gitano se pone el cigarrillo en la boca, entorna los ojos, se acomoda la guitarra y empieza a tocar.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Algún día, iremos a París


           Algún día, iremos a París. Algún día, no sé muy bien cuando, pero algún día, esta puta ruina que nos atenaza, que nos obliga a ver pasar la vida desde la ventana de este piso, sin permitirnos tomar parte de ella, pasará. Se acabarán las tardes muertas, aburridas. Fíjate que te digo París, que lo tenemos cerca, como quien dice. Hablo de ir allí como si fuera ir a la otra punta del mundo, como si fuera ir a Nueva Zelanda o a Japón. Hoy en día viajar a París es muy fácil, pero las cuatro perras que vale el viaje nos parece excesivo y de momento nos tenemos que conformar con soñar.
            Pero algún día iremos a París, te lo juro por mi vida. Iremos a París y buscaremos las huellas de Piaf en Montmartre. Allí rezaremos el L'Hymne à l'amour en su honor y cuando llegue la parte en la que dice Si un jour la vie t´arrache à moi, si tu meurs que tu sois loin de moi, peu m´importe si tu m´aimes, alzaremos una botella de vino, su bendita leche maternal, y brindaremos por ella y por nosotros y por todos los días que han de venir. Luego iremos a Place Pigalle, que por siempre será de Maurice Chevalier, y bailaremos Une valse à mille temps. No te extrañes si se me escapa una puta lágrima al recordar a Brel, ya sabes que lo amo. Por él será el cigarro que me fumaré tarareando Le moribund.
           Algún día, iremos a Paris y tú subirás a lo alto de la Torre Eiffel. Yo te esperare abajo, porque me aterra pensar que desde arriba pueda ver el humo de esta España que empieza arder. Cuando bajes, me contarás que es verdad, que has visto España derrumbarse desde París y yo te diré «¡Te lo dije!» y nos reiremos amargamente, como siempre se han reído los exiliados, y nos besaremos y nos abrazaremos fuerte como si quisiéramos rompernos y agarraré por los huevos al tiempo para que no pase, para que ese momento en el que me clavo en tus ojos bajo la melancólica tarde de París se haga eterno y te diré, con acento del Zaidín, Je t´aime.
           Algún día iremos a París y al volver, me sentaré frente al ordenador. Tú te irás a trabajar, con los ojos de nuevo tristes por volver a enfrentarte a la puta realidad, y yo pondré algo de Aznavour y escribiré que nos emborrachamos como cerdos en el Café de Flore y que por culpa de la absenta charlamos con Rimbaud, con Baudelaire, con Touluse-Lautrec, con Manet, con Truffaut, con Éric Rohmer. También escribiré que mientras hacíamos el amor, desde la habitación de nuestro hotel el Sena parecía una bandeja de plata.
           Escribiré, de una maldita vez, que por fin fuimos a París.

lunes, 9 de septiembre de 2013

De vicio y disfraces


              Estoy esperando a que salga del cuarto de baño tumbado y casi desnudo, fumando un cigarro. Sobre la mesita de noche monta guardia una botella de vino a punto de terminarse, de la que estamos bebiendo a morro. El suelo de la habitación es un desastre: mis pantalones por allí, su camiseta por allá... Un calcetín huérfano de su par, roza su sujetador; mi camiseta está a medio esconder entre las sábanas que se derrumbaron a los pies de la cama en el primer asalto. Desde el salón, llega el sonido del equipo de música. Suena Ruibal, Para llevarte a vivir, dice. Entre calada y calada al cigarro tarareo la canción: «Tengo una playa desierta/y una calesa en la puerta/para lucirme a tu vera» Oigo un ruido de bolsas al otro lado de la puerta del servicio. Está rebuscando algo. En mitad de la faena ella saltó de la cama y me dijo «espera, que tengo una sorpresa» y se fue, dejándome con la impaciencia a punto de reventarme los calzoncillos.
              «Cierra los ojos» me dice sin llegar a entrar en la habitación. Le hago caso y escucho como se abre la puerta y un repiqueteo de tacones acercándose a la cama. Me llega como un vendaval de primavera el olor de su perfume que a mí me huele a vicio y a noches eternas. Siento que sus manos se apoyan en la cama y su aliento me acaricia la cara. Me pasa la lengua por los labios y me dice que ya puedo abrirlos. Obedezco y la veo de pie sobre unos tacones negros infinitos que sujetan sus piernas también infinitas. Se ha puesto unos calcetines blancos que le llegan hasta un poco más arriba de los tobillos. Deleitándome, saboreando el momento, subo la vista: lleva una minifalda, parecida a las que usan los escoceses, tan corta que se puede intuir perfectamente que no lleva ropa interior. Sigo subiendo la vista y la veo con una camisa blanca, muy ajustada, donde el último botón que ha conseguido, imagino que con mucho esfuerzo, abrocharse, amenaza con estallar. Y para rematar, se ha recogido el pelo con dos coletas. Aunque de todo el disfraz, lo que hace que no pueda aguantarme las ganas que tengo de ella, es su mirada. Me mira con una media sonrisa mientras la punta de su lengua le asoma por la boca.
              Vestida como una lolita, se acerca hasta la mesita de noche y coge la botella de vino. Se gira y le pega un trago largo. La minifalda no acierta a taparle el culo. Yo sólo puedo resoplar y morderme los labios. Camina, dándome la espalda, hasta recoger mis vaqueros del suelo. Al inclinarse para hacerlo no me ha dejado nada a la imaginación. Rebusca en mis bolsillos y saca de mi paquete de tabaco un cigarro que se enciende mirándome a los ojos. Vuelve de nuevo hasta mí, me pide que me levante y me besa. Nuestras lenguas están desatadas y bailan, dejando huellas de saliva alrededor de nuestras bocas. Nos besamos con tanta pasión que hasta nos hacemos daño con los dientes, pero nos importa una mierda porque es ése puntito de dolor que se da la mano con el placer. Nos mordemos los cuellos, los labios. De repente, ella se pone en cuclillas y esconde la cabeza entre mis piernas. Entonces en ese bendito momento, sólo acierto a decirle «¡Qué poco van a dormir los vecinos esta noche!» Y ella, aún con la boca ocupada, clava sus ojos llenos de vicio, perversión y pecados, en los míos y jugueteando con una de sus coletas, tan solo sonríe.

jueves, 5 de septiembre de 2013

El Yonki y la paloma


              Pudo ocurrir en el Parque del Oeste de Madrid. Tal vez fuera en el Parque María Luisa de Sevilla o en el Parque de los patos de Córdoba. Pudo en ocurrir en cualquier parque de cualquier ciudad. De madrugada. A esas horas en las que las avenidas parecen cementerios de neón y los coches patrulla de la policía pasan despacio, sin prisa por llegar a ninguna parte. Él caminaba con pasos muy cortos. Iba dando tumbos y de vez en cuando tenía que apoyarse en la pared. Arrastraba los pies, vestido con unas zapatillas destrozadas y mugrientas como mugrientas era también toda la ropa que vestía: un pantalón vaquero roto y ajustado, lleno de lamparones y con la parte del culo manchada de barro; una camiseta que hacía demasiado tiempo que fue blanca y una cazadora vaquera con un gran símbolo anarquista en al espalda y varias chapas en la solapa. En la cintura llevaba una especie de riñonera raída, donde guardaba lo poco que tenía. Llegó al parque y busco el banco más apartado. No había comido nada en todo el día. El poco dinero que tenía lo había ganado tocando la flauta en la Calle Preciados o en la Calle Sierpes o en la Plaza de las Tendillas y ese día, se lo había gastado en pillar una micra de revuelto. El revuelto es una mezcla de heroína y cocaína hecha, preferentemente, para ser inyectada por vena. A veces, los camellos engañaban a los yonkis como él y le daban en lugar de la droga, ladrillo picado, polvo de detergente con colorante o alguna porquería similar. El caso es que el se gastó lo poco que tenía en pillar una dosis.
              Y allí, envuelto entre las sombras del parque, cogió su riñonera. Con un leve temblor de manos, descorrió la cremallera. Sacó una cuchara, una jeringuilla, un mechero, una pelotita de papel de plata y un pequeño brick de zumo de limón. Deshizo la pelota y dejó caer en la cuchara la droga. Con una mano, vertió un poco de zumo y acto seguido, encendió el mechero y lo puso bajo la cucharilla. Cogió la jeringuilla y con la punta de la aguja removió el contenido de la cuchara. Cuando creyó oportuno, sacó un poco de algodón de la riñonera, lo puso a modo de filtro y apuntó la aguja. La apoyó en la cuchara y tiró del embolo hacía atrás hasta que todo el líquido estuvo dentro de la jeringa. Entonces, a pesar de ser de noche, una paloma se posó en el suelo, frente a él, a un par de metros, y lo miraba con el característico movimiento de cabeza de las aves. Adelante y atrás. Giraba el cuello sin dejar de mirarlo y zureaba bajito. Parecía que lo mirase con curiosidad. El yonki siguió a lo suyo. Sacó una tira de goma de la riñonera y se la puso alrededor del brazo, un poco más arriba del codo, de forma que le interrumpiera la circulación sanguínea y le fuera más fácil encontrarse la vena.
              La paloma lo miraba y él miraba a la paloma. Apoyó la aguja contra la vena y se la clavó suavemente. Muy despacio, saboreando el momento, empujó el émbolo hacia delante llenando sus venas de paraísos artificiales, de paz y de sueños de mentira, de felicidad embustera. Suspiró, retuvo una arcada, entornó los ojos y volvió a mirar a la paloma. Caminaba erguida sobre sus dos patas, reflejando la luz de las farolas en sus plumas blancas, grises y azules. Se acercó sin miedo al yonki y siguió zureando. El yonki no se movía. El culo se le había resbalado del banco por lo que tenía el cuerpo vencido y doblado a un lado. La paloma picoteaba por el suelo y pasó casi rozándole un pie. El yonki flotaba con las venas llenas de adormidera. Era su enésima recaída. Quería dejarlo pero le era imposible. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, giró la cabeza y volvió a mirar a la paloma. Ella seguía picoteando aquí y allá hasta que se aburrió. Entonces flexionó las patas y con un salto emprendió el vuelo. El yonki siguió con la vista el rumbo del vuelo de la paloma. Alzándose entre las copas de los árboles del parque, sobrevolando las farolas y perdiéndose por las azoteas de los edificios. Él sintió envidia de la paloma. Se imaginó que volaba lejos de toda su mierda, que desplegaba unas alas blancas, grises y azules y que se perdía entre los tejados. Le pesaban los párpados. Se imaginó como un Ícaro moderno esquivando los rayos del sol. Una lágrima resbalo por su mejilla. Tenía sueño y frío. Pensó que quizás sería mejor dormir un poco. También pensó que si fuera una paloma se posaría en la rama de cualquier árbol, feliz, simplemente a ver pasar la vida. Los ojos se le cerraban. La paloma volaba libre, se repetía. Cerró los ojos. Libre, decía sin apenas mover los labios hasta que se quedó dormido.
              Cuando la ambulancia llegó se lo encontraron con los ojos cerrados, como soñando, y con los brazos extendidos en cruz. Como una paloma que quisiera alzar el vuelo.

martes, 3 de septiembre de 2013

Relatos publicados en Wadi as

(Sin pincháis en la imagen y luego hacéis click con el botón derecho y elegís "Ver imagen" podréis leerlos)

Aquí os dejo varios relatos que me han publicado en la revista Wadi as. Tanto "Dos asientos juntos" como "El yonki y la paloma" los escribí hace ya algún tiempo, pero son unos cuentos especiales para mí. "El tiempo" es nuevo y lo escribí para un número extra de la revista. Espero que os guste.

Un saludo y espero que el verano os haya tratado bien.

miércoles, 31 de julio de 2013

El perro y la niña


              Hoy me toca a mí sacar a pasear a Bucko, mi perro. Así que después de haber refunfuñado un rato, me levantó del sofá y cojo la correa que está colgada en el perchero de la entrada. El animal es listo y sólo con el tintineo de la correa sabe que le toca salir. Viene corriendo desde la otra punta del piso y derrapa en el última curva, antes de pararse junto a mis pies. Se sienta sobre sus patas traseras, tiene la respiración acelerada y sus ojos fijos en mí. Salimos del piso y nos dirigimos hasta un parque cercano que tiene un circuito de agility para que los perros hagan algo de ejercicio y se diviertan saltando, haciendo zig-zag entre unos postes o corriendo dentro de un tubo. Hay más gente que como yo, han traído aquí a sus animales y mientras mi Bucko corretea por el lugar contento, libre, jugando y oliendo los culos de algunas perras, me imagino que esto es lo más parecido a una discoteca canina.
              Después de un largo rato en el que el perro va de aquí para allá, buscándome de vez en cuando con la mirada cuando se desorienta, es hora de regresar a casa. Le vuelvo a poner su correa y los dos vamos caminando tranquilos, pero antes de salir del parque una niña de unos cinco o seis años se para delante nuestra. Se pone en cuclillas y comienza a acariciarle la cabeza a Bucko. El perro se deja hacer. Es un buen perro: un Bull Terrier blanco, con una gran mancha negra en forma de parche en el ojo izquierdo. Es imponente, fuerte, con un pecho potente y unas mandíbulas que, para ser sincero, acojononan un poco. Pero Bucko nunca ha tenido un renuncio, nunca le ha gruñido a nadie, ni siquiera a otros perros. Es juguetón y le encantan los niños. Como ahora, que esta niña le pasa la mano por la cabeza y el lomo, hasta terminar en la punta de su cola. Bucko se ha tumbado y mueve el rabo. Miro a la niña, o mejor dicho, miro la forma de mirar que tiene la niña. Está concentrada mirando a los ojos al perro y le habla muy bajito. Tan bajito que ni yo mismo que estoy a su lado, acierto a escuchar lo que dice. Pero sea lo que sea, a Bucko le encanta. Por eso en el momento en el que la niña deja de acariciar la testuz del animal, éste busca la mano como diciéndole «no pares, por favor».
              De repente, gritando el nombre de la niña, aparece su madre corriendo. La coge por la muñeca y de un tirón seco la arranca del lado de Bucko. Ni el perro ni yo entendemos nada. La madre se gira y me lanza una mirada de desprecio que ya he visto otras veces. Se marchan las dos, mientras la madre va regañándole. Básicamente le reprocha que acariciase a mi perro. Que ese perro es peligroso, llego a escuchar. Entonces miro a mi perro que mira a la niña alejarse y miro a la niña que tiene la cabeza vuelta mientras le dice adiós con la mano a Bucko.
              Me enciendo un cigarro mientras caminamos de vuelta a casa y dejamos el parque a nuestras espaldas. Mientras veo caminar a mi perro con su imagen potente, dura, seguro de si mismo, no puedo reprimir las ganas de agacharme, darle un palmetazo en el lomo ( el cabrón es acero puro) y decirle que yo lo entiendo, que con esas pintas que tiene es normal que la gente piense mal de él. Y Bucko, que es más listo que el hambre, lanza un ladrido grave y bronco como dándome la razón.

lunes, 22 de julio de 2013

Sobre la grabación de "Al final de la barra..."


              Hace una semana os enseñé el trailer de lo que a partir de ahora será mi nueva forma de contaros mis historias. Con Fernando Alanzor en la dirección, vamos a grabar una serie de vídeos sobre algunos textos que ya habréis leído aquí y otros nuevos que he escrito ex profeso.
              Estos vídeos no van a ser todos iguales, irán desde el acompañamiento visual mientras yo hago el papel de narrador del texto, hasta cortos puros y duros. También tenemos claro lo que NO va a ser: no esperéis verme sentado frente a la cámara leyendo, esto no va a ser un vídeoblog al uso. El hecho de que hagamos los vídeos no quiere decir que vaya a dejar de publicar los textos, al contrario, a partir de ahora tendréis los dos formatos: texto y vídeo y cada cual que elija lo que más le gusta.
              Así que si hay alguna historia que hayas leído y que te haya gustado especialmente y crees que estaría bien que la grabásemos, dímelo y haremos todo lo posible por hacerlo.
              Un saludo y disfrutad del verano, que el frío siempre llega demasiado pronto.


miércoles, 10 de julio de 2013

Al final de la barra: Preámbulo

Nuevo proyecto que nace con la colaboración de Fernando Alanzor. Dentro de poco os daré más detalles.

miércoles, 12 de junio de 2013

Amores de verano


              El verano es el tiempo en el que mueren las ciudades sin mar. Los atascos se van extendiendo a lo largo de todas las carreteras como una hemorragia imposible de detener. La gente huye del calor del hormigón de la ciudad y busca el aire fresco de la sierra o trata de llegar al mar. Hoy que no tengo nada mejor que hacer, me ha dado por recordar el tiempo de los amores de verano. Pienso en los quinceañeros que pasan las vacaciones en el apartamento que han alquilado sus viejos. Yo recuerdo un verano en especial: sal en la piel, botellón en la arena y chicas que por primera vez se habían pintado los labios con carmín. Recuerdo la primera calada a un cigarro, las discotecas a pie de playa donde no nos dejaban entrar, las primeras borracheras. Era ese tiempo en el que uno creía que la amistad existía de verdad.
              De todos esos recuerdos, me quedo, cómo no, con uno en especial: una chica que a mí me parecía la más mujer de toda Almuñecar. Yo andaría por los quince años —quizás alguno más, quizás alguno menos—, ella vivía en Madrid y había bajado con sus padres a pasar el mes de agosto. Yo había hecho lo mismo pero con un grupo de amigos. Conseguimos que los padres de uno de ellos nos prestaran el apartamento para pasar el verano. Imaginaos: seis chavales en plena adolescencia, con las hormonas levantadas en pie de guerra, con ganas de querer probarlo todo. Imaginaos a seis chavales que aún tenían los sueños intactos y hambre de verano. Imaginároslos solos, sin padres, sin normas, viviendo en un apartamento en las más completa y maravillosa anarquía que nadie hubiera visto jamás: platos, con restos de comida seca, amontonados en el fregadero, ropa por el suelo, botellas de ron vacias sobre la mesa, ceniceros repletos de colillas de cigarros mal fumados y, como no podía ser de otra forma, algunas revistas porno en el cuarto de baño. Ahora, imaginaos a esos seis amigos bebiendo en la playa e imaginaos también, que cerca de ellos toman asiento en la arena otro grupo con seis amigas. Pues bien, ahí fue donde yo la conocí.
              Hicimos amistad con ellas y todos los días íbamos juntos a la playa y por las noches, bebíamos hasta bien entrada la madrugada. Una noche, yo tocaba la guitarra y cantaba una canción —posiblemente fuera de Silvio Rodríguez o de Serrat— y ella estaba sentada en la arena frente a mi. Me miraba con unos ojos distintos a todos los ojos que hasta entonces me habían mirado y sentí ganas de lanzar la guitarra al mar y sentarme a su lado y probar esos labios que parecían el cañón de un fusil al rojo vivo. Sentí ganas de acariciar su piel aún intacta de caricias. Entonces creo recordar que recé. Recé porque ella sintiera lo mismo, porque tuviera las mismas ganas que yo tenía de abrazarla. Recé porque ella tuviera ganas de sostenerme la cara con las dos manos, de notar la barba que, aunque poca, ya sombreaba mi cara. Recé porque quisiera lo mismo que yo... pero en lugar de decirle nada seguí con «Ojalá» o con «Lucía» o quizás con «Las cuatro y diez» de Aute o con lo que fuera que estuviera tocando aquella noche. Como he sido ateo desde que era un niño, Dios pasó de mi cara e hizo oídos sordos a mis plegarias. Así que me quedé con las ganas de saber a qué sabían sus labios.
              La última noche, el último día de agosto, bebimos más de la cuenta. Ebrios de verano, sabiendo que al día siguiente llegaría la resaca del otoño, ella se dejó convencer y nos alejamos de toda la gente. Nos perdimos entre las rocas del Peñón de San Cristóbal y allí, entre las sombras y las olas, pasó lo que tenía que pasar. Era su primera vez y yo me di cuenta demasiado tarde. Terminamos rápido. Mientras ella se arreglaba el pelo y se limpiaba el vestido de arena, lloraba. Sin ruido ni alboroto. Lloraba en silencio. Supongo que se sentiría culpable o yo qué sé. Volvimos con nuestros amigos y ni siquiera volvimos a mirarnos a la cara. No tuvimos una despedida. Ella volvió a Madrid al día siguiente y no la he vuelto a ver.
              Ahora que han pasado muchos años y que lo de acostarme con mujeres a las que no he vuelto a ver se volvió casi rutina, recuerdo a aquella niña y me enternezco y pienso en todos los primeros polvos mal echados que verán este verano las rocas del Peñón de San Cristóbal. Y es que, a fin de cuentas, un verano sin amores fugaces de verano es como un otoño sin nostalgia: algo imposible de concebir.

jueves, 16 de mayo de 2013

Bajo la bandera de Darío


              Es tu espera mi espera. Tu angustia, tus desvelos y tus miedos (obviamente a otro nivel) también fueron los míos. Pero ahora que ya ha pasado lo peor, esperas, con la ilusión desbordándote los ojos, que pasen estos nueve meses. Nueve meses tan sólo, de los que ya han pasado unos cuantos, y sabes que llegará para el otoño, pequeño, frágil y hermoso como sólo un bebé puede serlo, la revolución a tu casa.
              Yo, que tan lejos me veo de traer al mundo una nueva revolución, la hago mía. Sueño contigo y con él, porque a estas alturas ya sabemos que va a ser él, de tu mano, con el ruido subversivo de su llanto. Quiero que llegue ya ése día en el que te vea radiante y emocionado, cogiendo en brazos la única herencia valiosa y realmente importante que le vas a dejar al mundo.
           Espero, sueño y reviento de ganas por verte empujar el carrito, orgulloso. Me gusta imaginarte tumbado en el sofá negro de tu casa con su diminuto cuerpo a medio dormir sobre el tuyo, con poca luz, mirando como se mete el puño en la boca, con su olor impregnando cada resquicio de tu casa, comiéndose la habitación con esa curiosidad silenciosa que tienen todos los bebés.
           Dejando a un lado todo eso, hay algo que admiro y es la valentía que tienes. Corren tiempos jodidos, tú lo sabes bien, y aún así vas a traer una nueva criatura al mundo. Quizás ese niño traiga la esperanza bajo el brazo. Quizás él sea el que nos saque de toda esta mierda, él y su generación. Para mí será inevitable mirarlo a los ojos, cuando duerma dentro de su cuna, y decirle lo siento, te fallamos. Porque es así: a tu hijo, y a todos los hijos que van a nacer ahora, les hemos fallado. Nosotros, y nuestros padres, les hemos fallado. No hemos sabido construirle un mundo mejor. No hemos sabido acabar con los peligros que le van a acechar detrás de cada esquina a lo largo de toda su vida. Será por eso que tendrás que ir con cien mil pares de ojos. Dicen que nuestra generación es la «Generación Perdida» pero fíjate que aún no ha nacido y ya tienes el hilo que te saque del laberinto; ya tienes la auténtica razón para encontrarle sentido a la vida, para morder, para sacar las uñas, para enfrentarte de verdad al mundo. Bajo la bandera de Darío, vas a luchar como nunca lo has hecho. Y yo que tan sólo seré su tío postizo (si es que tú y tu mujer me lo permitís), me uno a tu ejército de dos. Hago mía tu guerra y te juro por todos los dioses que no existen que, aunque tenga poco que dar, no le va a faltar de nada.
           Cuento los días que faltan, te lo juro, amigo, para poder sostenerlo entre mis brazos y poder decirle «tus padres fueron valientes y le echaron muchos cojones contigo» y me regañareis, como es normal, por decir tacos delante del niño.

viernes, 10 de mayo de 2013

De su sombra y mis ganas (Desnuda II)


              Se desnuda de una manera profesional. Sin alardes, sin proezas. Sobriamente. Con la mirada perdida en la pared se deshace el nudo de las sandalias romanas que serpentean hasta casi llegar a sus rodillas. Se planta frente al espejo pero no se mira. Se baja la cremallera del vestido que se derrumba, como un árbol talado, hasta sus pies después de haberse quedado sostenido por unas milésimas de segundo en sus pechos. No lleva sostén. Por ropa interior sólo luce un minúsculo tanga que estoy seguro que no le queda bien a la mayoría de mujeres que conozco.
              Se suelta el pelo, deja caer la cascada de su pelo negro sobre sus hombros y comienza a desmaquillarse. Poco a poco va apareciendo su belleza real, con sus pequeños defectos que son sus secretas virtudes: un diminuto lunar cerca de la boca, la cicatriz de una enfermedad que pasó cuando niña, un par de granitos...son imperfecciones que la hacen más perfecta si cabe: la belleza real de la imperfección.
              Cuando lo considera oportuno, se sienta en la cama y coge una loción hidratante. Vierte un poco en sus manos, y comienza a untarse desde los dedos de los pies, tobillos, pantorrillas, la cara interna de los muslos. Se vuelve a echar más loción y repite el mismo camino añadiendo a la ruta los brazos, y el cuello. Sus dedos masajean cada centímetro de su piel, cada resquicio de su cuerpo. En la habitación flota su olor y la débil luz de las farolas de la calle que se cuela por la ventana, proyecta su sombra contra la pared y crea un maravilloso espectáculo de sombras chinescas. Hay dos ellas: la de carne y hueso y la de la pared. Ella y su negativo, bailando en la penumbra de la habitación. Las curvas de la silueta negra de la pared danzan con las curvas reales. Observo la obra de arte de sus caderas, perfectas para agarrarse y no caerse del mundo, rotundas, como talladas con un cincel, casi da la impresión de que llenan todo el dormitorio.
              Tararea una canción de Cohen, a mí me suena a Chelsea Hotel, y en ese instante quiero ser el viejo Leonardo y que ella se convierta por un momento en Janis Joplin y drogarnos hasta que nos reviente el cerebro y vivir los años setenta atrincherados en esa puta habitación de hotel sin que no nos importe nada más que darnos placer con la boca, con las manos, con nuestros sexos hambrientos de jadeos y de sueños y follarnos perversamente de tantas maneras como nuestra resistencia y la fuerza de la gravedad nos lo permita.
              Pero no, ella se mete en la cama, me besa y se aprieta contra mí y me susurra al oído un dulce hasta mañana. Y no me importa que no haya sexo. No me importa quedarme a dos velas. Mirando al techo pienso que a veces está bien que la noche termine así. Pero de repente ella mueve el culo, nota que estoy dispuesto, gira la cabeza y sin mirarme sonríe (creo que más con los ojos que con la boca) y desliza una mano entre las sábanas que acierta a encontrarme.
              Y comienza la batalla.

jueves, 25 de abril de 2013

La amaba en silencio


              La amaba en silencio. No era atracción ni ninguna simpleza parecida. Era amor de verdad. A pesar de no haber cruzado más que un par de palabras de cortesía con ella, sabía que la amaba. Y lo sabía por varios motivos, principalmente porque cuando decía el nombre de ella en voz alta la boca le sabía a sangre y eso sólo puede ser amor. Demasiadas noches se había dormido compartiendo la cama con el recuerdo de algún encuentro con ella; como el de hace un par de días. Salieron a la vez de sus casas y coincidieron en el ascensor. Ambos vivían en un sexto piso. Ella olía a recién duchada y llevaba el pelo levemente mojado. A los buenos días de él respondió un hola de ella, tímido y apenas audible. Ella clavó el punzón azul de su mirada en el suelo del ascensor y jugueteaba con la cremallera de su bolso. A él le sudaban las manos y disimuladamente buscaba el reflejo de ella en el espejo. Llegaron a la planta baja y él salió del ascensor. Ella se quedó dentro para seguir bajando hasta el garaje. A la vez se dijeron adiós. Él salió a la calle y notó como el perfume de ella lo perseguía. Lo poco que la había visto le dejó ver que iba preciosa. Llevaba una falda negra y tacones y camisa blanca y una coleta y unos pendientes pequeños y no se había maquillado más que lo necesario y abrazando su dedo índice, como todos los días, la puta alianza que a él lo traía por la calle de la amargura.
              La amaba en silencio y eso lo estaba matando. Hubiera dado cualquier cosa por ser capaz de sostenerle la mirada y decirle todo lo que sentía, pero él nunca fue un tipo valiente. Nunca fue de esos que se lo juegan todo a una carta. Así que sólo podía amarla en silencio y observarla desde lejos. A veces cuando ella sacaba a pasear a su perro, él bajaba a tirar la basura y ese momento en que se saludaban y se detenía a acariciar al bicho, sólo ese momento fugaz, como fugaz es la felicidad, le bastaba para dormirse con una sonrisa en los sueños. Otras veces ella se sentaba a leer en un banco del parque y él bajaba a comprar tabaco y rodeaba toda la manzana para poder pasar frente a ella. Así, un día y otro día. Había veces en las que ella estaba con su marido. Esos días bajaba la vista y saludaba mirando al suelo. Su marido era un buen hombre y no había nada que pudiera reprocharle.
              La amaba en silencio y ayer, cuando llegó de trabajar, se encontró su portal lleno de cajas. Alguien se mudaba. Quizás un vecino nuevo, era septiembre: la época en la que los estudiantes alquilan pisos para pasar el nuevo curso. Pero el ascensor se abrió y ella apareció llevando una lámpara de pie que puso al lado de las cajas. Él corazón le dio un vuelco. Ella tenía la frente perlada por un par de gotas de sudor y llevaba puesto un chándal y una camiseta blanca y zapatillas de deporte. Resoplando le dijo hola. Él no contestó. Entró dentro del ascensor y pulsó el número de su piso. Mientras el ascensor subía se dio cuenta de que su alma se había quedado abajo, junto a las cajas y la lámpara de pie.
              Al día siguiente, salió a desayunar. Bajó por las escaleras. Sus pies parecían de plomo, sabía que aquella mujer ya no vivía en el edificio y a él le pesaban demasiado todas las cosas que nunca le dijo. Salió a la calle y en la cafetería de enfrente de su casa se encontró con una chica muy parecida a la mujer a la que él amaba en silencio. Quizás un poco más joven. Hablaba por teléfono y escuchó, casi sin querer, que le contaba a la persona que estaba al otro lado de la línea, que se acababa de mudar a casa de su hermana, que la pobre estaba pasándolo muy mal porque su marido la había dejado.
              Y él sonrió aliviado, pensando que quizás haya segundas oportunidades que uno no puede dejar escapar.

jueves, 21 de marzo de 2013

Sigue corriendo, chaval (autodedicado)


              Corre, chaval, sigue corriendo. No te pares porque esto no ha hecho nada más que comenzar. Si ya me dices que no te quedan fuerzas, mal vamos. Aprieta los puños con fuerza, clávate las uñas en las palmas de las manos y resopla. Échale huevos. Que estás solo y que nadie te va ayudar, nadie va a tenderte la mano. Así que olvídate de eso. Como decía Al Pacino en aquella película: Solo tienes la palabra y tus cojones; nada más.
              Sigue corriendo, chaval, que la vida te ha enseñado los dientes, que le has visto las orejas al lobo y ya sabes de qué va esto. Sabes que como te pares, vas a caer. Que el camino es duro, difícil, lleno de trampas, pero joder, sigue peleando. Que nadie te vea hincar la rodilla, porque si lo haces, las hienas que se esconden a la vera del camino, te clavarán sin compasión alguna sus colmillos. Están esperando para hincarte las garras y darse un festín a tu costa. Sigue corriendo, chaval, que entre las alimañas hay algunas que andan disfrazadas de amigos y esas, créeme, son las peores. Esos hijos de puta son los que más van a disfrutar si caes. Y no le vas a dar ese gustazo.
              Sigue corriendo, chaval, sigue corriendo y peleando. Encaja con rabia la mandíbula y sigue adelante. Pero hazlo por ti y por nadie más. Hazlo por el simple hecho de que sabes y puedes hacerlo. Olvídate de los que corren tu mismo camino. Olvídate de los que te van adelantando porque a ellos los llevan en volandas. A ti no va a ayudarte ni Cristo. Tú tienes que apretar los cojones y seguir, no hay más truco que ese.
              Coge aire y sigue corriendo, cabrón. Aunque no veas la meta, —¡qué cojones, aunque ni siquiera sepas aún cual es la meta!— aquí se trata de correr. De correr, de pelear, de dejarte la piel aunque solo tú creas en ti. Porque si tú dejas de creer en ti, estás muerto, chaval. A parte de ti, sabes que sólo hay unos pocos que jamás te van a fallar: tu familia. A parte de ellos, absolutamente nadie.
              Levántate y sigue corriendo, que los años pasan y las fuerzas se van terminando y tú siempre has llegado tarde a todo: trabajos, mujeres, ciudades. Así que venga, levanta la vista y mira la raya negra del horizonte. Allí donde todo se acaba, es a donde tienes que llegar y tú, chaval, vas a llegar. Vas a llegar por mis santos cojones. Vas a llegar, exhausto, cansado, moribundo y con manchas de sangre de tinta en las manos. Y allí, al final del camino, yo te estaré esperando.
              Pero si no llegas, si es verdad que no puedes más y caes, no pasa nada. No vamos a hacer un drama. Lo intentaste de verdad, chaval, y eso es más de lo que muchos podrán decir en su puta vida. Así que si se colapsan tus pulmones y el aire se niega a entrar, si te arden las entrañas y acabas boqueando como un pez fuera del agua y no te queda otra opción que rendirte, tranquilo. Simplemente date la vuelta, enciéndete un cigarro, mira directamente a los ojos de los buitres y de las hienas, que se lanzarán sin piedad alguna a tu cuello, y simplemente diles: «Venid, hijos de puta, que aquí os estoy esperando».

miércoles, 6 de marzo de 2013

Para que no se te olvide


              Por si algún día tu memoria te juega una mala pasada, te lo dejo aquí por escrito. Para que quede constancia por si llegase el momento del olvido.
              Por eso, para que no se te olvide, te digo que me gusta dormir contigo. Me gusta sentir tu piel desnuda contra la mia. Me gusta mirarte sin que lo sepas, mientras tú, con los ojos cerrados, la boca entreabierta y tu respiración acompasada con la mia, persigues entre sueños, en tu mundo de color de rosa, un cometa que en su estela va dejando algodón de azúcar y regaliz. También me gusta calentarte tu lado de la cama y rozar tus pies, tan fríos como una despedida en cualquier estación de tren.
              Más que gustarme, me encanta saber que estás al otro lado del tabique mientras yo, atrincherado en el estudio, voy saltando de tecla en tecla, escribiendo cuentos tristes. Me gusta sentir tu presencia llenando la casa, aunque sea de quejas y de reproches por mi desorden, porque he dejado la guitarra en el sofá o cinco o seis libros sobre la mesa o porque he vuelto a fumar en el salón sin abrir ninguna ventana. Me gusta cuando te quitas la pintura de la cara y te muestras tal cual eres, sin estúpidos artificios. Me gustas despeinada en las mañanas con resaca, camuflada entre las luces del amanecer.
              Que nunca se te olvide que me gusta lo mal que cantas, la tierna desafinación con la que interpretas, con tu inglés chungo y medio inventado, a Janis Joplin. Me gusta tu torpeza y tus manías. Me gustan tus macarrones sosos y apelmazados. Me gusta cuando me escribes notas después de ducharte en el vaho del espejo del cuarto de baño. Me gustan las siestas contigo los domingos en el sofá, con la mesa sin recoger y con cualquier película de fondo. Me gustas cuando llevas tu sonrisa por bandera, como una guerrillera sin trinchera que defender.
              Y cómo no, me gusta quitarte las bragas bajo el edredón. Me gusta que la boca me sepa a ti. Me gusta tu sabor, tu saliva, tu pasión, tu sudor, tus jadeos, tus ojos cuando me miran ebrios de vicio desde las sombras de la habitación. Me gusta mi nombre en tu boca justo en medio de un orgasmo. Me gustas encima, debajo, a un lado, de pie, contra la pared o de rodillas. Me gustas con tacones y sin ellos, con medias y liguero, desnuda o a medio vestir. Me gustas rendida y cansada, fumando, escupiendo el humo al techo y casi sin respiración.
              Que nunca se te vaya a olvidar: me gustas.

viernes, 1 de marzo de 2013

Entrevista para Wadi As

Jairo García en la presentación de su libro La poesía de Javier Egea


Hace unas semanas Jairo García Jaramillo me entrevistó para la revista Wadi As. Os dejo el enlace a su blog donde podéis leer dicha entrevista. Un blog el suyo, por cierto, que no tiene desperdicio y que aconsejo que leáis detenidamente. Merece la pena.

 Aquí tenéis la entrevista completa 

Besos y abrazos.

jueves, 14 de febrero de 2013

A pesar de ti


              A pesar de ti no le temo a los aviones, ni a las despedidas en las terminales de los aeropuertos. Tampoco a le temo a los guardias civiles que custodian la frontera del arco detector de metales. A pesar de ti, no reniego de las madrugadas, ni de las minifaldas, ni de la ginebra azul con tónica que me recuerda el sabor de tus labios. A pesar de ti, las calles mojadas no son una tortura. Tampoco lo son los escaparates de las tiendas de lencería. A pesar de ti madrugo cada día y salgo a la calle a pecho descubierto. A pesar de ti y de tu risa contagiosa como un virus letal de felicidad, sigo comprando —de vez en cuando— lirios en la floristería de la esquina y sigo haciendo la compra en aquel mercado donde conviven turistas, prostitutas y jubilados.
              A pesar de ti, las sábanas no son una mortaja ni el dormitorio un cementerio ni mi casa un panteón. A pesar de ti, la oscuridad de una sala de cine me sigue pareciendo el paraíso de las sombras de las fantasías. A pesar de ti, mis manos no están huérfanas de sostenes, ni mi boca pasa hambre, ni mis ojos dejan de comerse con la boca las pocas bocas que me comen con los ojos. A pesar de ti, la primavera no es un vómito del arco iris. A pesar de ti sigo haciendo canciones y escribiendo cuentos tristes. A pesar de ti sigo jugando al póquer con los amigos y a veces me emborracho tanto que me olvido de quién soy. A pesar de ti, me busco en el fondo de los ojos de cualquier mujer como quien busca un oasis en mitad del desierto.
              A pesar de ti se siguen poniendo en verde todos los semáforos de esta ciudad y siguen sonando los teléfonos a deshoras ofertándome ADSL. A pesar de ti, me sigo sentando frente al ordenador, continúo rebuscando dentro de mí, hurgando en mis heridas, arrancándome el corazón y poniéndolo sobre el escritorio a la hora de escribir. A pesar de ti, no llevo clavado en mi carne el cilicio de las palabras que vomitaste la noche en que te marchaste.
              A pesar de ti, aunque me haya costado aprenderlo, sigue amaneciendo cada día.

lunes, 14 de enero de 2013

La novia de mi amigo


              Eres la novia de mi amigo y eso tengo, por cojones, que respetarlo. Aunque me duela. Aunque me arda la sangre. Te juro que de haberte conocido de otra manera, todo habría sido distinto. Pero nos presentó él. Tendrías que ver cómo habla de ti cuando tú no estás. Se le llenan los ojos de felicidad. Pronuncia tu nombre como el que habla de Dios. Lo envidio cuando me cuenta todos los planes que teneis juntos. Lo envidio hasta cuando me cuenta vuestras discusiones. Te quiere de verdad. Pero claro, no tiene mérito: enamorarse de ti es muy fácil.
              Yo podría enamorarme de ti por tu forma de reir a boca llena. Podría enamorarme de ti por tus ojos grandes, por el pendiente de tu labio, porque lees a Miller —sé que lees a Miller porque yo se lo recomendé a tu novio cuando me pidió opinión para regalarte un libro por vuestro aniversario—. Podría enamorarme de ti por tu acento, por tu forma tan simpática de comerte las eses al hablar. Podría enamorarme de ti por tus más que generosos escotes y por la forma en que luces esas minifaldas, mostrando tus muslos fuertes, como los pilares en los que se sustenta todo el universo. Podría enamorarme de ti porque eres dulce y a la misma vez agresiva. Eres autosuficiente, no necesitas a nadie, y mucho menos a un hombre, aunque a veces te miro y me pareces frágil como el sueño en las tardes de verano. Podría enamorarme de ti porque cada vez que te saludo con dos besos, intento que el tiempo se detenga y que esos dos famélicos besos se conviertan en el preludio de muchos besos más a repartir por todo tu cuerpo.
              Soy perfectamente consciente de que si él no fuera tu novio, la cosa cambiaría. Me refiero a si estuvieras saliendo con otro tipo que no fuera mi amigo. Iría a cuchillo. Me importaría una mierda que estuvieses comprometida. En según que casos, no tengo ni moral ni ética. A fin de cuentas, la moral es la tela de araña donde se enredan las mejores ocasiones. Pero él es un buen chico. Lo conozco desde hace mucho tiempo y no le voy a hacer esa putada. Claro, que también es más que probable que esto no sea recíproco. Es más, estoy seguro. Se te ve enamorada de él. Sois una pareja que da asco de lo felices que sois. Y de ahí mi envidia, claro.
              En el fondo os deseo lo mejor, de corazón. Te vuelvo a repetir si él fuera otro, estaría deseando que rompierais. Estaría deseando que él conociera a otra, que se liara la manta a la cabeza y se marchara con ella. Así yo te consolaría, un día tras otro, para ver si algún día te pillo con la guardia baja. Pero como sé, más que de sobra, que es muy improbable que eso ocurra, seguiré desnudándote con los ojos en silencio. Seguiré aferrándome al roce de tus mejillas al darnos dos besos. Seguiré conformándome con hacerte reir, con verte algún que otro sábado. Seguiré conformándome con salir a cenar con vosotros mientras me imagino que lo hacemos tú y yo, solos. Seguiré poniéndole tu rostro a cada chica que se cruce en mi camino. Seguiré murmurando tu nombre cuando salga a beber solo y el ron me haga perder la cabeza. Seguiré escribiendo sobre ti, camuflándote en mis cuentos. Seguiré loco por arrancarte la ropa. Seguiré, como un gilipollas, fingiendo que tan sólo eres la novia de mi amigo.