jueves, 21 de marzo de 2013

Sigue corriendo, chaval (autodedicado)


              Corre, chaval, sigue corriendo. No te pares porque esto no ha hecho nada más que comenzar. Si ya me dices que no te quedan fuerzas, mal vamos. Aprieta los puños con fuerza, clávate las uñas en las palmas de las manos y resopla. Échale huevos. Que estás solo y que nadie te va ayudar, nadie va a tenderte la mano. Así que olvídate de eso. Como decía Al Pacino en aquella película: Solo tienes la palabra y tus cojones; nada más.
              Sigue corriendo, chaval, que la vida te ha enseñado los dientes, que le has visto las orejas al lobo y ya sabes de qué va esto. Sabes que como te pares, vas a caer. Que el camino es duro, difícil, lleno de trampas, pero joder, sigue peleando. Que nadie te vea hincar la rodilla, porque si lo haces, las hienas que se esconden a la vera del camino, te clavarán sin compasión alguna sus colmillos. Están esperando para hincarte las garras y darse un festín a tu costa. Sigue corriendo, chaval, que entre las alimañas hay algunas que andan disfrazadas de amigos y esas, créeme, son las peores. Esos hijos de puta son los que más van a disfrutar si caes. Y no le vas a dar ese gustazo.
              Sigue corriendo, chaval, sigue corriendo y peleando. Encaja con rabia la mandíbula y sigue adelante. Pero hazlo por ti y por nadie más. Hazlo por el simple hecho de que sabes y puedes hacerlo. Olvídate de los que corren tu mismo camino. Olvídate de los que te van adelantando porque a ellos los llevan en volandas. A ti no va a ayudarte ni Cristo. Tú tienes que apretar los cojones y seguir, no hay más truco que ese.
              Coge aire y sigue corriendo, cabrón. Aunque no veas la meta, —¡qué cojones, aunque ni siquiera sepas aún cual es la meta!— aquí se trata de correr. De correr, de pelear, de dejarte la piel aunque solo tú creas en ti. Porque si tú dejas de creer en ti, estás muerto, chaval. A parte de ti, sabes que sólo hay unos pocos que jamás te van a fallar: tu familia. A parte de ellos, absolutamente nadie.
              Levántate y sigue corriendo, que los años pasan y las fuerzas se van terminando y tú siempre has llegado tarde a todo: trabajos, mujeres, ciudades. Así que venga, levanta la vista y mira la raya negra del horizonte. Allí donde todo se acaba, es a donde tienes que llegar y tú, chaval, vas a llegar. Vas a llegar por mis santos cojones. Vas a llegar, exhausto, cansado, moribundo y con manchas de sangre de tinta en las manos. Y allí, al final del camino, yo te estaré esperando.
              Pero si no llegas, si es verdad que no puedes más y caes, no pasa nada. No vamos a hacer un drama. Lo intentaste de verdad, chaval, y eso es más de lo que muchos podrán decir en su puta vida. Así que si se colapsan tus pulmones y el aire se niega a entrar, si te arden las entrañas y acabas boqueando como un pez fuera del agua y no te queda otra opción que rendirte, tranquilo. Simplemente date la vuelta, enciéndete un cigarro, mira directamente a los ojos de los buitres y de las hienas, que se lanzarán sin piedad alguna a tu cuello, y simplemente diles: «Venid, hijos de puta, que aquí os estoy esperando».

miércoles, 6 de marzo de 2013

Para que no se te olvide


              Por si algún día tu memoria te juega una mala pasada, te lo dejo aquí por escrito. Para que quede constancia por si llegase el momento del olvido.
              Por eso, para que no se te olvide, te digo que me gusta dormir contigo. Me gusta sentir tu piel desnuda contra la mia. Me gusta mirarte sin que lo sepas, mientras tú, con los ojos cerrados, la boca entreabierta y tu respiración acompasada con la mia, persigues entre sueños, en tu mundo de color de rosa, un cometa que en su estela va dejando algodón de azúcar y regaliz. También me gusta calentarte tu lado de la cama y rozar tus pies, tan fríos como una despedida en cualquier estación de tren.
              Más que gustarme, me encanta saber que estás al otro lado del tabique mientras yo, atrincherado en el estudio, voy saltando de tecla en tecla, escribiendo cuentos tristes. Me gusta sentir tu presencia llenando la casa, aunque sea de quejas y de reproches por mi desorden, porque he dejado la guitarra en el sofá o cinco o seis libros sobre la mesa o porque he vuelto a fumar en el salón sin abrir ninguna ventana. Me gusta cuando te quitas la pintura de la cara y te muestras tal cual eres, sin estúpidos artificios. Me gustas despeinada en las mañanas con resaca, camuflada entre las luces del amanecer.
              Que nunca se te olvide que me gusta lo mal que cantas, la tierna desafinación con la que interpretas, con tu inglés chungo y medio inventado, a Janis Joplin. Me gusta tu torpeza y tus manías. Me gustan tus macarrones sosos y apelmazados. Me gusta cuando me escribes notas después de ducharte en el vaho del espejo del cuarto de baño. Me gustan las siestas contigo los domingos en el sofá, con la mesa sin recoger y con cualquier película de fondo. Me gustas cuando llevas tu sonrisa por bandera, como una guerrillera sin trinchera que defender.
              Y cómo no, me gusta quitarte las bragas bajo el edredón. Me gusta que la boca me sepa a ti. Me gusta tu sabor, tu saliva, tu pasión, tu sudor, tus jadeos, tus ojos cuando me miran ebrios de vicio desde las sombras de la habitación. Me gusta mi nombre en tu boca justo en medio de un orgasmo. Me gustas encima, debajo, a un lado, de pie, contra la pared o de rodillas. Me gustas con tacones y sin ellos, con medias y liguero, desnuda o a medio vestir. Me gustas rendida y cansada, fumando, escupiendo el humo al techo y casi sin respiración.
              Que nunca se te vaya a olvidar: me gustas.

viernes, 1 de marzo de 2013

Entrevista para Wadi As

Jairo García en la presentación de su libro La poesía de Javier Egea


Hace unas semanas Jairo García Jaramillo me entrevistó para la revista Wadi As. Os dejo el enlace a su blog donde podéis leer dicha entrevista. Un blog el suyo, por cierto, que no tiene desperdicio y que aconsejo que leáis detenidamente. Merece la pena.

 Aquí tenéis la entrevista completa 

Besos y abrazos.