jueves, 25 de abril de 2013

La amaba en silencio


              La amaba en silencio. No era atracción ni ninguna simpleza parecida. Era amor de verdad. A pesar de no haber cruzado más que un par de palabras de cortesía con ella, sabía que la amaba. Y lo sabía por varios motivos, principalmente porque cuando decía el nombre de ella en voz alta la boca le sabía a sangre y eso sólo puede ser amor. Demasiadas noches se había dormido compartiendo la cama con el recuerdo de algún encuentro con ella; como el de hace un par de días. Salieron a la vez de sus casas y coincidieron en el ascensor. Ambos vivían en un sexto piso. Ella olía a recién duchada y llevaba el pelo levemente mojado. A los buenos días de él respondió un hola de ella, tímido y apenas audible. Ella clavó el punzón azul de su mirada en el suelo del ascensor y jugueteaba con la cremallera de su bolso. A él le sudaban las manos y disimuladamente buscaba el reflejo de ella en el espejo. Llegaron a la planta baja y él salió del ascensor. Ella se quedó dentro para seguir bajando hasta el garaje. A la vez se dijeron adiós. Él salió a la calle y notó como el perfume de ella lo perseguía. Lo poco que la había visto le dejó ver que iba preciosa. Llevaba una falda negra y tacones y camisa blanca y una coleta y unos pendientes pequeños y no se había maquillado más que lo necesario y abrazando su dedo índice, como todos los días, la puta alianza que a él lo traía por la calle de la amargura.
              La amaba en silencio y eso lo estaba matando. Hubiera dado cualquier cosa por ser capaz de sostenerle la mirada y decirle todo lo que sentía, pero él nunca fue un tipo valiente. Nunca fue de esos que se lo juegan todo a una carta. Así que sólo podía amarla en silencio y observarla desde lejos. A veces cuando ella sacaba a pasear a su perro, él bajaba a tirar la basura y ese momento en que se saludaban y se detenía a acariciar al bicho, sólo ese momento fugaz, como fugaz es la felicidad, le bastaba para dormirse con una sonrisa en los sueños. Otras veces ella se sentaba a leer en un banco del parque y él bajaba a comprar tabaco y rodeaba toda la manzana para poder pasar frente a ella. Así, un día y otro día. Había veces en las que ella estaba con su marido. Esos días bajaba la vista y saludaba mirando al suelo. Su marido era un buen hombre y no había nada que pudiera reprocharle.
              La amaba en silencio y ayer, cuando llegó de trabajar, se encontró su portal lleno de cajas. Alguien se mudaba. Quizás un vecino nuevo, era septiembre: la época en la que los estudiantes alquilan pisos para pasar el nuevo curso. Pero el ascensor se abrió y ella apareció llevando una lámpara de pie que puso al lado de las cajas. Él corazón le dio un vuelco. Ella tenía la frente perlada por un par de gotas de sudor y llevaba puesto un chándal y una camiseta blanca y zapatillas de deporte. Resoplando le dijo hola. Él no contestó. Entró dentro del ascensor y pulsó el número de su piso. Mientras el ascensor subía se dio cuenta de que su alma se había quedado abajo, junto a las cajas y la lámpara de pie.
              Al día siguiente, salió a desayunar. Bajó por las escaleras. Sus pies parecían de plomo, sabía que aquella mujer ya no vivía en el edificio y a él le pesaban demasiado todas las cosas que nunca le dijo. Salió a la calle y en la cafetería de enfrente de su casa se encontró con una chica muy parecida a la mujer a la que él amaba en silencio. Quizás un poco más joven. Hablaba por teléfono y escuchó, casi sin querer, que le contaba a la persona que estaba al otro lado de la línea, que se acababa de mudar a casa de su hermana, que la pobre estaba pasándolo muy mal porque su marido la había dejado.
              Y él sonrió aliviado, pensando que quizás haya segundas oportunidades que uno no puede dejar escapar.