viernes, 10 de mayo de 2013

De su sombra y mis ganas (Desnuda II)


              Se desnuda de una manera profesional. Sin alardes, sin proezas. Sobriamente. Con la mirada perdida en la pared se deshace el nudo de las sandalias romanas que serpentean hasta casi llegar a sus rodillas. Se planta frente al espejo pero no se mira. Se baja la cremallera del vestido que se derrumba, como un árbol talado, hasta sus pies después de haberse quedado sostenido por unas milésimas de segundo en sus pechos. No lleva sostén. Por ropa interior sólo luce un minúsculo tanga que estoy seguro que no le queda bien a la mayoría de mujeres que conozco.
              Se suelta el pelo, deja caer la cascada de su pelo negro sobre sus hombros y comienza a desmaquillarse. Poco a poco va apareciendo su belleza real, con sus pequeños defectos que son sus secretas virtudes: un diminuto lunar cerca de la boca, la cicatriz de una enfermedad que pasó cuando niña, un par de granitos...son imperfecciones que la hacen más perfecta si cabe: la belleza real de la imperfección.
              Cuando lo considera oportuno, se sienta en la cama y coge una loción hidratante. Vierte un poco en sus manos, y comienza a untarse desde los dedos de los pies, tobillos, pantorrillas, la cara interna de los muslos. Se vuelve a echar más loción y repite el mismo camino añadiendo a la ruta los brazos, y el cuello. Sus dedos masajean cada centímetro de su piel, cada resquicio de su cuerpo. En la habitación flota su olor y la débil luz de las farolas de la calle que se cuela por la ventana, proyecta su sombra contra la pared y crea un maravilloso espectáculo de sombras chinescas. Hay dos ellas: la de carne y hueso y la de la pared. Ella y su negativo, bailando en la penumbra de la habitación. Las curvas de la silueta negra de la pared danzan con las curvas reales. Observo la obra de arte de sus caderas, perfectas para agarrarse y no caerse del mundo, rotundas, como talladas con un cincel, casi da la impresión de que llenan todo el dormitorio.
              Tararea una canción de Cohen, a mí me suena a Chelsea Hotel, y en ese instante quiero ser el viejo Leonardo y que ella se convierta por un momento en Janis Joplin y drogarnos hasta que nos reviente el cerebro y vivir los años setenta atrincherados en esa puta habitación de hotel sin que no nos importe nada más que darnos placer con la boca, con las manos, con nuestros sexos hambrientos de jadeos y de sueños y follarnos perversamente de tantas maneras como nuestra resistencia y la fuerza de la gravedad nos lo permita.
              Pero no, ella se mete en la cama, me besa y se aprieta contra mí y me susurra al oído un dulce hasta mañana. Y no me importa que no haya sexo. No me importa quedarme a dos velas. Mirando al techo pienso que a veces está bien que la noche termine así. Pero de repente ella mueve el culo, nota que estoy dispuesto, gira la cabeza y sin mirarme sonríe (creo que más con los ojos que con la boca) y desliza una mano entre las sábanas que acierta a encontrarme.
              Y comienza la batalla.

4 comentarios:

  1. Me encanta! en serio, me encanta.

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    1. Me encanta que te encante. Muchas gracias, como siempre.

      Un besazo!

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  2. Maravilloso y sensual striptease, el suyo y el de tus sensaciones.
    El sexo como complemento perfecto.
    Besos Álvaro, para que decirte nada más, sería lo de siempre...

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    1. Muchas gracias, la verdad es que siempre me dejas sin palabras con tus comentarios. Así es un lujo escribir.

      Besos.

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