miércoles, 12 de junio de 2013

Amores de verano


              El verano es el tiempo en el que mueren las ciudades sin mar. Los atascos se van extendiendo a lo largo de todas las carreteras como una hemorragia imposible de detener. La gente huye del calor del hormigón de la ciudad y busca el aire fresco de la sierra o trata de llegar al mar. Hoy que no tengo nada mejor que hacer, me ha dado por recordar el tiempo de los amores de verano. Pienso en los quinceañeros que pasan las vacaciones en el apartamento que han alquilado sus viejos. Yo recuerdo un verano en especial: sal en la piel, botellón en la arena y chicas que por primera vez se habían pintado los labios con carmín. Recuerdo la primera calada a un cigarro, las discotecas a pie de playa donde no nos dejaban entrar, las primeras borracheras. Era ese tiempo en el que uno creía que la amistad existía de verdad.
              De todos esos recuerdos, me quedo, cómo no, con uno en especial: una chica que a mí me parecía la más mujer de toda Almuñecar. Yo andaría por los quince años —quizás alguno más, quizás alguno menos—, ella vivía en Madrid y había bajado con sus padres a pasar el mes de agosto. Yo había hecho lo mismo pero con un grupo de amigos. Conseguimos que los padres de uno de ellos nos prestaran el apartamento para pasar el verano. Imaginaos: seis chavales en plena adolescencia, con las hormonas levantadas en pie de guerra, con ganas de querer probarlo todo. Imaginaos a seis chavales que aún tenían los sueños intactos y hambre de verano. Imaginároslos solos, sin padres, sin normas, viviendo en un apartamento en las más completa y maravillosa anarquía que nadie hubiera visto jamás: platos, con restos de comida seca, amontonados en el fregadero, ropa por el suelo, botellas de ron vacias sobre la mesa, ceniceros repletos de colillas de cigarros mal fumados y, como no podía ser de otra forma, algunas revistas porno en el cuarto de baño. Ahora, imaginaos a esos seis amigos bebiendo en la playa e imaginaos también, que cerca de ellos toman asiento en la arena otro grupo con seis amigas. Pues bien, ahí fue donde yo la conocí.
              Hicimos amistad con ellas y todos los días íbamos juntos a la playa y por las noches, bebíamos hasta bien entrada la madrugada. Una noche, yo tocaba la guitarra y cantaba una canción —posiblemente fuera de Silvio Rodríguez o de Serrat— y ella estaba sentada en la arena frente a mi. Me miraba con unos ojos distintos a todos los ojos que hasta entonces me habían mirado y sentí ganas de lanzar la guitarra al mar y sentarme a su lado y probar esos labios que parecían el cañón de un fusil al rojo vivo. Sentí ganas de acariciar su piel aún intacta de caricias. Entonces creo recordar que recé. Recé porque ella sintiera lo mismo, porque tuviera las mismas ganas que yo tenía de abrazarla. Recé porque ella tuviera ganas de sostenerme la cara con las dos manos, de notar la barba que, aunque poca, ya sombreaba mi cara. Recé porque quisiera lo mismo que yo... pero en lugar de decirle nada seguí con «Ojalá» o con «Lucía» o quizás con «Las cuatro y diez» de Aute o con lo que fuera que estuviera tocando aquella noche. Como he sido ateo desde que era un niño, Dios pasó de mi cara e hizo oídos sordos a mis plegarias. Así que me quedé con las ganas de saber a qué sabían sus labios.
              La última noche, el último día de agosto, bebimos más de la cuenta. Ebrios de verano, sabiendo que al día siguiente llegaría la resaca del otoño, ella se dejó convencer y nos alejamos de toda la gente. Nos perdimos entre las rocas del Peñón de San Cristóbal y allí, entre las sombras y las olas, pasó lo que tenía que pasar. Era su primera vez y yo me di cuenta demasiado tarde. Terminamos rápido. Mientras ella se arreglaba el pelo y se limpiaba el vestido de arena, lloraba. Sin ruido ni alboroto. Lloraba en silencio. Supongo que se sentiría culpable o yo qué sé. Volvimos con nuestros amigos y ni siquiera volvimos a mirarnos a la cara. No tuvimos una despedida. Ella volvió a Madrid al día siguiente y no la he vuelto a ver.
              Ahora que han pasado muchos años y que lo de acostarme con mujeres a las que no he vuelto a ver se volvió casi rutina, recuerdo a aquella niña y me enternezco y pienso en todos los primeros polvos mal echados que verán este verano las rocas del Peñón de San Cristóbal. Y es que, a fin de cuentas, un verano sin amores fugaces de verano es como un otoño sin nostalgia: algo imposible de concebir.