miércoles, 31 de julio de 2013

El perro y la niña


              Hoy me toca a mí sacar a pasear a Bucko, mi perro. Así que después de haber refunfuñado un rato, me levantó del sofá y cojo la correa que está colgada en el perchero de la entrada. El animal es listo y sólo con el tintineo de la correa sabe que le toca salir. Viene corriendo desde la otra punta del piso y derrapa en el última curva, antes de pararse junto a mis pies. Se sienta sobre sus patas traseras, tiene la respiración acelerada y sus ojos fijos en mí. Salimos del piso y nos dirigimos hasta un parque cercano que tiene un circuito de agility para que los perros hagan algo de ejercicio y se diviertan saltando, haciendo zig-zag entre unos postes o corriendo dentro de un tubo. Hay más gente que como yo, han traído aquí a sus animales y mientras mi Bucko corretea por el lugar contento, libre, jugando y oliendo los culos de algunas perras, me imagino que esto es lo más parecido a una discoteca canina.
              Después de un largo rato en el que el perro va de aquí para allá, buscándome de vez en cuando con la mirada cuando se desorienta, es hora de regresar a casa. Le vuelvo a poner su correa y los dos vamos caminando tranquilos, pero antes de salir del parque una niña de unos cinco o seis años se para delante nuestra. Se pone en cuclillas y comienza a acariciarle la cabeza a Bucko. El perro se deja hacer. Es un buen perro: un Bull Terrier blanco, con una gran mancha negra en forma de parche en el ojo izquierdo. Es imponente, fuerte, con un pecho potente y unas mandíbulas que, para ser sincero, acojononan un poco. Pero Bucko nunca ha tenido un renuncio, nunca le ha gruñido a nadie, ni siquiera a otros perros. Es juguetón y le encantan los niños. Como ahora, que esta niña le pasa la mano por la cabeza y el lomo, hasta terminar en la punta de su cola. Bucko se ha tumbado y mueve el rabo. Miro a la niña, o mejor dicho, miro la forma de mirar que tiene la niña. Está concentrada mirando a los ojos al perro y le habla muy bajito. Tan bajito que ni yo mismo que estoy a su lado, acierto a escuchar lo que dice. Pero sea lo que sea, a Bucko le encanta. Por eso en el momento en el que la niña deja de acariciar la testuz del animal, éste busca la mano como diciéndole «no pares, por favor».
              De repente, gritando el nombre de la niña, aparece su madre corriendo. La coge por la muñeca y de un tirón seco la arranca del lado de Bucko. Ni el perro ni yo entendemos nada. La madre se gira y me lanza una mirada de desprecio que ya he visto otras veces. Se marchan las dos, mientras la madre va regañándole. Básicamente le reprocha que acariciase a mi perro. Que ese perro es peligroso, llego a escuchar. Entonces miro a mi perro que mira a la niña alejarse y miro a la niña que tiene la cabeza vuelta mientras le dice adiós con la mano a Bucko.
              Me enciendo un cigarro mientras caminamos de vuelta a casa y dejamos el parque a nuestras espaldas. Mientras veo caminar a mi perro con su imagen potente, dura, seguro de si mismo, no puedo reprimir las ganas de agacharme, darle un palmetazo en el lomo ( el cabrón es acero puro) y decirle que yo lo entiendo, que con esas pintas que tiene es normal que la gente piense mal de él. Y Bucko, que es más listo que el hambre, lanza un ladrido grave y bronco como dándome la razón.

5 comentarios:

  1. Los miedos son irracionales. Yo, con un perro, no. Pero hubiera reaccionado igual que esa madre, o peor, si en lugar de un perro se hubiera tratado de un insecto, ya ves jajaja
    Un saludo!

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    1. Bueno, si el insecto tiene alas y aguijón hasta yo corro!!

      Saludos!

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  2. Yo he pasado miedo con mi hija, que es una apasionada de todos los animales, y creo que no debe haber perro en el pueblo que ella no haya acariciado, lo peor es que se olvidaba de todo y veía uno en la distancia y salía corriendo sin pensar en coches ni en nada , a mi me preocupaba que al acercarse así a la carrera asustara a los perros y le mordieran o algo, pero jamás he reaccionado como esa madre, nunca. La enseñé a preguntar lo primero al dueño del perro si podía acariciarlo, y nunca hemos tenido ningún percance.
    Esta madre era la típica histérica y lo de la mirada de desprecio pues no lo entiendo, pero en fin...
    Hoy el beso para Bucko

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    1. Lo de la madre es más común de lo que parece: a fin de cuentas, se trata del gran fallo que cometemos todos al juzgar a un animal (o a una persona) simplemente por su imagen.

      Que dice Bucko que otro beso para ti.

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  3. Enhorabuena Álvaro, me gusta mucho ese plano simbólico que le das con sutileza al relato, que muestra su doblez sólo al final. Habrá quien no lo coja a la primera (ni a la segunda)... en ese caso, como le recomendó Proust a una señora que le aseguró no entender sus libros, que vuelva al principio. Un fuerte abrazo y ánimo.

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