miércoles, 25 de septiembre de 2013

Algún día, iremos a París


           Algún día, iremos a París. Algún día, no sé muy bien cuando, pero algún día, esta puta ruina que nos atenaza, que nos obliga a ver pasar la vida desde la ventana de este piso, sin permitirnos tomar parte de ella, pasará. Se acabarán las tardes muertas, aburridas. Fíjate que te digo París, que lo tenemos cerca, como quien dice. Hablo de ir allí como si fuera ir a la otra punta del mundo, como si fuera ir a Nueva Zelanda o a Japón. Hoy en día viajar a París es muy fácil, pero las cuatro perras que vale el viaje nos parece excesivo y de momento nos tenemos que conformar con soñar.
            Pero algún día iremos a París, te lo juro por mi vida. Iremos a París y buscaremos las huellas de Piaf en Montmartre. Allí rezaremos el L'Hymne à l'amour en su honor y cuando llegue la parte en la que dice Si un jour la vie t´arrache à moi, si tu meurs que tu sois loin de moi, peu m´importe si tu m´aimes, alzaremos una botella de vino, su bendita leche maternal, y brindaremos por ella y por nosotros y por todos los días que han de venir. Luego iremos a Place Pigalle, que por siempre será de Maurice Chevalier, y bailaremos Une valse à mille temps. No te extrañes si se me escapa una puta lágrima al recordar a Brel, ya sabes que lo amo. Por él será el cigarro que me fumaré tarareando Le moribund.
           Algún día, iremos a Paris y tú subirás a lo alto de la Torre Eiffel. Yo te esperare abajo, porque me aterra pensar que desde arriba pueda ver el humo de esta España que empieza arder. Cuando bajes, me contarás que es verdad, que has visto España derrumbarse desde París y yo te diré «¡Te lo dije!» y nos reiremos amargamente, como siempre se han reído los exiliados, y nos besaremos y nos abrazaremos fuerte como si quisiéramos rompernos y agarraré por los huevos al tiempo para que no pase, para que ese momento en el que me clavo en tus ojos bajo la melancólica tarde de París se haga eterno y te diré, con acento del Zaidín, Je t´aime.
           Algún día iremos a París y al volver, me sentaré frente al ordenador. Tú te irás a trabajar, con los ojos de nuevo tristes por volver a enfrentarte a la puta realidad, y yo pondré algo de Aznavour y escribiré que nos emborrachamos como cerdos en el Café de Flore y que por culpa de la absenta charlamos con Rimbaud, con Baudelaire, con Touluse-Lautrec, con Manet, con Truffaut, con Éric Rohmer. También escribiré que mientras hacíamos el amor, desde la habitación de nuestro hotel el Sena parecía una bandeja de plata.
           Escribiré, de una maldita vez, que por fin fuimos a París.

lunes, 9 de septiembre de 2013

De vicio y disfraces


              Estoy esperando a que salga del cuarto de baño tumbado y casi desnudo, fumando un cigarro. Sobre la mesita de noche monta guardia una botella de vino a punto de terminarse, de la que estamos bebiendo a morro. El suelo de la habitación es un desastre: mis pantalones por allí, su camiseta por allá... Un calcetín huérfano de su par, roza su sujetador; mi camiseta está a medio esconder entre las sábanas que se derrumbaron a los pies de la cama en el primer asalto. Desde el salón, llega el sonido del equipo de música. Suena Ruibal, Para llevarte a vivir, dice. Entre calada y calada al cigarro tarareo la canción: «Tengo una playa desierta/y una calesa en la puerta/para lucirme a tu vera» Oigo un ruido de bolsas al otro lado de la puerta del servicio. Está rebuscando algo. En mitad de la faena ella saltó de la cama y me dijo «espera, que tengo una sorpresa» y se fue, dejándome con la impaciencia a punto de reventarme los calzoncillos.
              «Cierra los ojos» me dice sin llegar a entrar en la habitación. Le hago caso y escucho como se abre la puerta y un repiqueteo de tacones acercándose a la cama. Me llega como un vendaval de primavera el olor de su perfume que a mí me huele a vicio y a noches eternas. Siento que sus manos se apoyan en la cama y su aliento me acaricia la cara. Me pasa la lengua por los labios y me dice que ya puedo abrirlos. Obedezco y la veo de pie sobre unos tacones negros infinitos que sujetan sus piernas también infinitas. Se ha puesto unos calcetines blancos que le llegan hasta un poco más arriba de los tobillos. Deleitándome, saboreando el momento, subo la vista: lleva una minifalda, parecida a las que usan los escoceses, tan corta que se puede intuir perfectamente que no lleva ropa interior. Sigo subiendo la vista y la veo con una camisa blanca, muy ajustada, donde el último botón que ha conseguido, imagino que con mucho esfuerzo, abrocharse, amenaza con estallar. Y para rematar, se ha recogido el pelo con dos coletas. Aunque de todo el disfraz, lo que hace que no pueda aguantarme las ganas que tengo de ella, es su mirada. Me mira con una media sonrisa mientras la punta de su lengua le asoma por la boca.
              Vestida como una lolita, se acerca hasta la mesita de noche y coge la botella de vino. Se gira y le pega un trago largo. La minifalda no acierta a taparle el culo. Yo sólo puedo resoplar y morderme los labios. Camina, dándome la espalda, hasta recoger mis vaqueros del suelo. Al inclinarse para hacerlo no me ha dejado nada a la imaginación. Rebusca en mis bolsillos y saca de mi paquete de tabaco un cigarro que se enciende mirándome a los ojos. Vuelve de nuevo hasta mí, me pide que me levante y me besa. Nuestras lenguas están desatadas y bailan, dejando huellas de saliva alrededor de nuestras bocas. Nos besamos con tanta pasión que hasta nos hacemos daño con los dientes, pero nos importa una mierda porque es ése puntito de dolor que se da la mano con el placer. Nos mordemos los cuellos, los labios. De repente, ella se pone en cuclillas y esconde la cabeza entre mis piernas. Entonces en ese bendito momento, sólo acierto a decirle «¡Qué poco van a dormir los vecinos esta noche!» Y ella, aún con la boca ocupada, clava sus ojos llenos de vicio, perversión y pecados, en los míos y jugueteando con una de sus coletas, tan solo sonríe.

jueves, 5 de septiembre de 2013

El Yonki y la paloma


              Pudo ocurrir en el Parque del Oeste de Madrid. Tal vez fuera en el Parque María Luisa de Sevilla o en el Parque de los patos de Córdoba. Pudo en ocurrir en cualquier parque de cualquier ciudad. De madrugada. A esas horas en las que las avenidas parecen cementerios de neón y los coches patrulla de la policía pasan despacio, sin prisa por llegar a ninguna parte. Él caminaba con pasos muy cortos. Iba dando tumbos y de vez en cuando tenía que apoyarse en la pared. Arrastraba los pies, vestido con unas zapatillas destrozadas y mugrientas como mugrientas era también toda la ropa que vestía: un pantalón vaquero roto y ajustado, lleno de lamparones y con la parte del culo manchada de barro; una camiseta que hacía demasiado tiempo que fue blanca y una cazadora vaquera con un gran símbolo anarquista en al espalda y varias chapas en la solapa. En la cintura llevaba una especie de riñonera raída, donde guardaba lo poco que tenía. Llegó al parque y busco el banco más apartado. No había comido nada en todo el día. El poco dinero que tenía lo había ganado tocando la flauta en la Calle Preciados o en la Calle Sierpes o en la Plaza de las Tendillas y ese día, se lo había gastado en pillar una micra de revuelto. El revuelto es una mezcla de heroína y cocaína hecha, preferentemente, para ser inyectada por vena. A veces, los camellos engañaban a los yonkis como él y le daban en lugar de la droga, ladrillo picado, polvo de detergente con colorante o alguna porquería similar. El caso es que el se gastó lo poco que tenía en pillar una dosis.
              Y allí, envuelto entre las sombras del parque, cogió su riñonera. Con un leve temblor de manos, descorrió la cremallera. Sacó una cuchara, una jeringuilla, un mechero, una pelotita de papel de plata y un pequeño brick de zumo de limón. Deshizo la pelota y dejó caer en la cuchara la droga. Con una mano, vertió un poco de zumo y acto seguido, encendió el mechero y lo puso bajo la cucharilla. Cogió la jeringuilla y con la punta de la aguja removió el contenido de la cuchara. Cuando creyó oportuno, sacó un poco de algodón de la riñonera, lo puso a modo de filtro y apuntó la aguja. La apoyó en la cuchara y tiró del embolo hacía atrás hasta que todo el líquido estuvo dentro de la jeringa. Entonces, a pesar de ser de noche, una paloma se posó en el suelo, frente a él, a un par de metros, y lo miraba con el característico movimiento de cabeza de las aves. Adelante y atrás. Giraba el cuello sin dejar de mirarlo y zureaba bajito. Parecía que lo mirase con curiosidad. El yonki siguió a lo suyo. Sacó una tira de goma de la riñonera y se la puso alrededor del brazo, un poco más arriba del codo, de forma que le interrumpiera la circulación sanguínea y le fuera más fácil encontrarse la vena.
              La paloma lo miraba y él miraba a la paloma. Apoyó la aguja contra la vena y se la clavó suavemente. Muy despacio, saboreando el momento, empujó el émbolo hacia delante llenando sus venas de paraísos artificiales, de paz y de sueños de mentira, de felicidad embustera. Suspiró, retuvo una arcada, entornó los ojos y volvió a mirar a la paloma. Caminaba erguida sobre sus dos patas, reflejando la luz de las farolas en sus plumas blancas, grises y azules. Se acercó sin miedo al yonki y siguió zureando. El yonki no se movía. El culo se le había resbalado del banco por lo que tenía el cuerpo vencido y doblado a un lado. La paloma picoteaba por el suelo y pasó casi rozándole un pie. El yonki flotaba con las venas llenas de adormidera. Era su enésima recaída. Quería dejarlo pero le era imposible. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, giró la cabeza y volvió a mirar a la paloma. Ella seguía picoteando aquí y allá hasta que se aburrió. Entonces flexionó las patas y con un salto emprendió el vuelo. El yonki siguió con la vista el rumbo del vuelo de la paloma. Alzándose entre las copas de los árboles del parque, sobrevolando las farolas y perdiéndose por las azoteas de los edificios. Él sintió envidia de la paloma. Se imaginó que volaba lejos de toda su mierda, que desplegaba unas alas blancas, grises y azules y que se perdía entre los tejados. Le pesaban los párpados. Se imaginó como un Ícaro moderno esquivando los rayos del sol. Una lágrima resbalo por su mejilla. Tenía sueño y frío. Pensó que quizás sería mejor dormir un poco. También pensó que si fuera una paloma se posaría en la rama de cualquier árbol, feliz, simplemente a ver pasar la vida. Los ojos se le cerraban. La paloma volaba libre, se repetía. Cerró los ojos. Libre, decía sin apenas mover los labios hasta que se quedó dormido.
              Cuando la ambulancia llegó se lo encontraron con los ojos cerrados, como soñando, y con los brazos extendidos en cruz. Como una paloma que quisiera alzar el vuelo.

martes, 3 de septiembre de 2013

Relatos publicados en Wadi as

(Sin pincháis en la imagen y luego hacéis click con el botón derecho y elegís "Ver imagen" podréis leerlos)

Aquí os dejo varios relatos que me han publicado en la revista Wadi as. Tanto "Dos asientos juntos" como "El yonki y la paloma" los escribí hace ya algún tiempo, pero son unos cuentos especiales para mí. "El tiempo" es nuevo y lo escribí para un número extra de la revista. Espero que os guste.

Un saludo y espero que el verano os haya tratado bien.