lunes, 9 de septiembre de 2013

De vicio y disfraces


              Estoy esperando a que salga del cuarto de baño tumbado y casi desnudo, fumando un cigarro. Sobre la mesita de noche monta guardia una botella de vino a punto de terminarse, de la que estamos bebiendo a morro. El suelo de la habitación es un desastre: mis pantalones por allí, su camiseta por allá... Un calcetín huérfano de su par, roza su sujetador; mi camiseta está a medio esconder entre las sábanas que se derrumbaron a los pies de la cama en el primer asalto. Desde el salón, llega el sonido del equipo de música. Suena Ruibal, Para llevarte a vivir, dice. Entre calada y calada al cigarro tarareo la canción: «Tengo una playa desierta/y una calesa en la puerta/para lucirme a tu vera» Oigo un ruido de bolsas al otro lado de la puerta del servicio. Está rebuscando algo. En mitad de la faena ella saltó de la cama y me dijo «espera, que tengo una sorpresa» y se fue, dejándome con la impaciencia a punto de reventarme los calzoncillos.
              «Cierra los ojos» me dice sin llegar a entrar en la habitación. Le hago caso y escucho como se abre la puerta y un repiqueteo de tacones acercándose a la cama. Me llega como un vendaval de primavera el olor de su perfume que a mí me huele a vicio y a noches eternas. Siento que sus manos se apoyan en la cama y su aliento me acaricia la cara. Me pasa la lengua por los labios y me dice que ya puedo abrirlos. Obedezco y la veo de pie sobre unos tacones negros infinitos que sujetan sus piernas también infinitas. Se ha puesto unos calcetines blancos que le llegan hasta un poco más arriba de los tobillos. Deleitándome, saboreando el momento, subo la vista: lleva una minifalda, parecida a las que usan los escoceses, tan corta que se puede intuir perfectamente que no lleva ropa interior. Sigo subiendo la vista y la veo con una camisa blanca, muy ajustada, donde el último botón que ha conseguido, imagino que con mucho esfuerzo, abrocharse, amenaza con estallar. Y para rematar, se ha recogido el pelo con dos coletas. Aunque de todo el disfraz, lo que hace que no pueda aguantarme las ganas que tengo de ella, es su mirada. Me mira con una media sonrisa mientras la punta de su lengua le asoma por la boca.
              Vestida como una lolita, se acerca hasta la mesita de noche y coge la botella de vino. Se gira y le pega un trago largo. La minifalda no acierta a taparle el culo. Yo sólo puedo resoplar y morderme los labios. Camina, dándome la espalda, hasta recoger mis vaqueros del suelo. Al inclinarse para hacerlo no me ha dejado nada a la imaginación. Rebusca en mis bolsillos y saca de mi paquete de tabaco un cigarro que se enciende mirándome a los ojos. Vuelve de nuevo hasta mí, me pide que me levante y me besa. Nuestras lenguas están desatadas y bailan, dejando huellas de saliva alrededor de nuestras bocas. Nos besamos con tanta pasión que hasta nos hacemos daño con los dientes, pero nos importa una mierda porque es ése puntito de dolor que se da la mano con el placer. Nos mordemos los cuellos, los labios. De repente, ella se pone en cuclillas y esconde la cabeza entre mis piernas. Entonces en ese bendito momento, sólo acierto a decirle «¡Qué poco van a dormir los vecinos esta noche!» Y ella, aún con la boca ocupada, clava sus ojos llenos de vicio, perversión y pecados, en los míos y jugueteando con una de sus coletas, tan solo sonríe.

4 comentarios:

  1. Ay! esas minifalditas escocesas cuánto juego han dado siempre...

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    1. Y las coletas! Por Dios, no te olvides de las coletas!! XDD

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    2. Jaja, bueno lo de las coletas ya...hay que superar el sentido de ridículo

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  2. Vicio seguro pero lo de colegiala sé que a más de uno lo echa por tierra, yo no sé pero creo que me habría hecho derrapar cuando enfilaba la recta a más de 140....y me aparece una curva de "joder ahora esto?" no sé no sé ..ajajj

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