jueves, 5 de septiembre de 2013

El Yonki y la paloma


              Pudo ocurrir en el Parque del Oeste de Madrid. Tal vez fuera en el Parque María Luisa de Sevilla o en el Parque de los patos de Córdoba. Pudo en ocurrir en cualquier parque de cualquier ciudad. De madrugada. A esas horas en las que las avenidas parecen cementerios de neón y los coches patrulla de la policía pasan despacio, sin prisa por llegar a ninguna parte. Él caminaba con pasos muy cortos. Iba dando tumbos y de vez en cuando tenía que apoyarse en la pared. Arrastraba los pies, vestido con unas zapatillas destrozadas y mugrientas como mugrientas era también toda la ropa que vestía: un pantalón vaquero roto y ajustado, lleno de lamparones y con la parte del culo manchada de barro; una camiseta que hacía demasiado tiempo que fue blanca y una cazadora vaquera con un gran símbolo anarquista en al espalda y varias chapas en la solapa. En la cintura llevaba una especie de riñonera raída, donde guardaba lo poco que tenía. Llegó al parque y busco el banco más apartado. No había comido nada en todo el día. El poco dinero que tenía lo había ganado tocando la flauta en la Calle Preciados o en la Calle Sierpes o en la Plaza de las Tendillas y ese día, se lo había gastado en pillar una micra de revuelto. El revuelto es una mezcla de heroína y cocaína hecha, preferentemente, para ser inyectada por vena. A veces, los camellos engañaban a los yonkis como él y le daban en lugar de la droga, ladrillo picado, polvo de detergente con colorante o alguna porquería similar. El caso es que el se gastó lo poco que tenía en pillar una dosis.
              Y allí, envuelto entre las sombras del parque, cogió su riñonera. Con un leve temblor de manos, descorrió la cremallera. Sacó una cuchara, una jeringuilla, un mechero, una pelotita de papel de plata y un pequeño brick de zumo de limón. Deshizo la pelota y dejó caer en la cuchara la droga. Con una mano, vertió un poco de zumo y acto seguido, encendió el mechero y lo puso bajo la cucharilla. Cogió la jeringuilla y con la punta de la aguja removió el contenido de la cuchara. Cuando creyó oportuno, sacó un poco de algodón de la riñonera, lo puso a modo de filtro y apuntó la aguja. La apoyó en la cuchara y tiró del embolo hacía atrás hasta que todo el líquido estuvo dentro de la jeringa. Entonces, a pesar de ser de noche, una paloma se posó en el suelo, frente a él, a un par de metros, y lo miraba con el característico movimiento de cabeza de las aves. Adelante y atrás. Giraba el cuello sin dejar de mirarlo y zureaba bajito. Parecía que lo mirase con curiosidad. El yonki siguió a lo suyo. Sacó una tira de goma de la riñonera y se la puso alrededor del brazo, un poco más arriba del codo, de forma que le interrumpiera la circulación sanguínea y le fuera más fácil encontrarse la vena.
              La paloma lo miraba y él miraba a la paloma. Apoyó la aguja contra la vena y se la clavó suavemente. Muy despacio, saboreando el momento, empujó el émbolo hacia delante llenando sus venas de paraísos artificiales, de paz y de sueños de mentira, de felicidad embustera. Suspiró, retuvo una arcada, entornó los ojos y volvió a mirar a la paloma. Caminaba erguida sobre sus dos patas, reflejando la luz de las farolas en sus plumas blancas, grises y azules. Se acercó sin miedo al yonki y siguió zureando. El yonki no se movía. El culo se le había resbalado del banco por lo que tenía el cuerpo vencido y doblado a un lado. La paloma picoteaba por el suelo y pasó casi rozándole un pie. El yonki flotaba con las venas llenas de adormidera. Era su enésima recaída. Quería dejarlo pero le era imposible. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, giró la cabeza y volvió a mirar a la paloma. Ella seguía picoteando aquí y allá hasta que se aburrió. Entonces flexionó las patas y con un salto emprendió el vuelo. El yonki siguió con la vista el rumbo del vuelo de la paloma. Alzándose entre las copas de los árboles del parque, sobrevolando las farolas y perdiéndose por las azoteas de los edificios. Él sintió envidia de la paloma. Se imaginó que volaba lejos de toda su mierda, que desplegaba unas alas blancas, grises y azules y que se perdía entre los tejados. Le pesaban los párpados. Se imaginó como un Ícaro moderno esquivando los rayos del sol. Una lágrima resbalo por su mejilla. Tenía sueño y frío. Pensó que quizás sería mejor dormir un poco. También pensó que si fuera una paloma se posaría en la rama de cualquier árbol, feliz, simplemente a ver pasar la vida. Los ojos se le cerraban. La paloma volaba libre, se repetía. Cerró los ojos. Libre, decía sin apenas mover los labios hasta que se quedó dormido.
              Cuando la ambulancia llegó se lo encontraron con los ojos cerrados, como soñando, y con los brazos extendidos en cruz. Como una paloma que quisiera alzar el vuelo.

1 comentario:

  1. Extrema y hasta poética forma de describir el drama urbano de ciudades devoradoras de personas, o son personas que se devoran a sí mismas antes de morir devoradas...

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