lunes, 14 de octubre de 2013

Madrugada, Graná y un gitano


              A veces subo hasta aquí, hasta el Carril de la Lona, a fumarme un par de cigarros mientras la ciudad duerme. Me gusta hacerlo cuando todo es silencio, cuando no hay ni un alma en la calle. Tan sólo, muy de vez en cuando, algún taxi dobla la esquina de San Miguel Bajo cargado de guiris a los que habrán clavado en alguna cueva de el Sacromonte. Yo vengo a lo mío, a contemplar esta maldita ciudad que me tiene atrapado y que, a veces, me saca de quicio. Una sombra viene directa hacia mí: es un gitano de pelo rizado y largo, muy flaco, con una guitarra sin funda al hombro y con cara de haber pasado algún tiempo en el talego. «Compadre, ¿tienes un cigarrito?» Como para decirle que no, pienso para mis adentros. Extiende su mano y veo que lleva un tatuaje con una estrella de David y una media luna mora. Camarón, pienso nada más verlo. El gitano me pide lumbre también. Se enciende el cigarro y se sienta a un par de metros de donde yo estoy sentado. Fumamos los dos en silencio. Al cabo de un rato, se gira y me dice que si me importa que toque. Le digo que no y en seguida sujeta el cigarro entre las cuerdas del clavijero y comienza a tocar. Está de espaldas a mí, a contra luz. Le arranca a su desvencijada guitarra algo que a mí me suena al lamento de un pueblo, eterna rabia calé. La guitarra llora entre los brazos del gitano y Granada parece más hermosa en esta madrugada.
              Miro al frente, soberbia y majestuosa, La Alhambra con la Torre de la Vela, eterna centinela sobre la Colina Roja, vigilando el sueño de esta ciudad; y a sus pies, el Darro, en horas bajas, que serpentea arrastrando suspiros desde el Paseo de los Tristes hasta Plaza Nueva, Carrera abajo. Pongo la vista en la estación de trenes, una estación que se marchita dejada a su suerte. Alzo la vista y miro las lejanas luces, como luciérnagas perezosas, de Sierra Nevada: el Veleta es un faro despistado, pienso mientras el gitano toca una media granaína. Sigo mirando a lo lejos, la oscuridad de la vega de Granada, los pueblos del cinturón, y el Zaidín, mi barrio obrero, siempre en constante lucha.
              Y allí, en el mirador de el Carril de la Lona, en la noche de un martes cualquiera, junto al gitano que ve como no dejo de mirar la ciudad y me dice «Está guapa, ¿Eh, compadre?» y yo lo contesto que sí, que está guapa de cojones, recuerdo porqué amo a esta ciudad de este sur maravilloso que es Andalucía. Nos quedamos de nuevo en silencio con la vista clavada en el horizonte y al cabo de un rato le ofrezco otro cigarro y le digo: «compadre, arráncate con una soleá». El gitano se pone el cigarrillo en la boca, entorna los ojos, se acomoda la guitarra y empieza a tocar.

1 comentario:

  1. Cómo te entiendo. Cuando la vida no me da para un aliento, me escapo a Granada y respiro. Absorbo el aire del suspiro del moro y me pierdo por el arrabal de los halconeros mientras oigo llorar una guitarra española.

    Magnífico. Me has hecho respirar.

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