martes, 2 de diciembre de 2014

Atrévete

Invéntate cualquier excusa, miéntele, aunque sea sólo por una vez. Dile que has quedado con tus amigas o que el cabrón de tu jefe te ha pedido que te quedes hasta tarde en la oficina. Por una vez no pasa nada. Atrévete a romper las reglas, ponte el disfraz de la mujer que no eres y sé mala.  Llevas toda la vida siendo una mujer formal, responsable, de esas que no salen entre semana y llaman a su novio cinco veces al día. Échale valor y prueba de mis labios el amargo sabor de la cicuta de la madrugada.
Por un día atrévete a romper las reglas, cambia de bando. Descubre el placer de beberte a morro una botella de vino malo mientras toda la ciudad duerme. Mientras todos te piensan dormida. Lánzate al vacío con un salto mortal. Juega conmigo a bailar con la música del silencio de cualquier callejón solitario.
 Déjame enseñarte lo que puede dar de sí una noche. Vamos a follarnos por el culo a esta ciudad. Olvida tu recta moral y tu ética de niña bien. Olvida tu educación, que de noche la línea que separa el bien y el mal es tan difusa como la vigilia de los sueños, y vamos a fumar y a beber y a reír y contarnos mil mentiras. Deja que se claven en tus enormes ojos negros, el brillo impúdico, perverso y lascivo de los neones (que no son más que las luces de faro de la ciudad).
No te lo pienses más. Nadie tiene que enterarse. Solos tú y yo; cara a cara. Desafiando al amanecer. Hazlo por caridad. Si no lo haces por ti, hazlo por mí. Él te tiene para toda la vida y yo me conformo con tenerte una noche. Luego, cuando amanezca, volverás con él a la seguridad y al calor del hogar. Tú no pierdes nada, las heridas serán para mí. No es tanto lo que te pido: una única y jodida noche.

Venga, atrévete.

martes, 14 de octubre de 2014

La espera

            Espero ese giro inesperado del guión, en el que entras a saco en este bar de mala muerte, devorándolo todo a golpe de cadera, para salvarme. Ese momento en el que me rescatas de mí y de mis fantasmas, y hermosa y triunfante, con sangre en las manos como la heroína de ningún cuento, me pones a salvo. Lejos de toda mi mierda.
            Espero ese momento imposible en el que vea alumbrarse esta ciudad con el brillo mortal de tus ojos oscuros, como un abismo infinito, como dos luciérnagas de luto preñadas de sueños. Espero ese momento, en el que caminaré junto a ti bajo la lluvia, jugando a saltar los charcos o haciendo equilibrios sobre los bordillos de las aceras.
            Espero ese momento en el que yo te miento y tú me crees. En el que te cuento historias de batallas que nunca gané mientras suena de fondo Coltrane, Urquijo o Nacho Vegas y bebemos ginebra amarga, como la sonrisa de los vencidos, y nos fumamos las horas y un canuto. Ese momento en el que tú me haces ver que todo a nuestro alrededor es poesía.
            Espero ese momento en el que decidimos que a tomar por culo, que la ropa nos estorba y que tenemos hambre y que sería una gilipollez no comernos, no saciar nuestras hambres. Ese momento en el que nos besamos, nos lamemos, nos tocamos, nos buscamos, nos olemos, como dos alimañas en celo. Nos arañamos, nos mordemos, nos dolemos igual que nos duele el minutero del reloj consumiendo la noche. Nos apretamos, nos encajamos, nos abrazamos hasta parecer dos pervertidos siameses enfrentados. Nos gritamos, nos vencemos, nos derramamos, como dos jodidos animales sucios, cansados y felices. Y fumamos.

            También espero ese momento en el que volverás a marcharte. Porque nada es eterno. Ese momento en el que nos despediremos, nos diremos adiós y sonreiremos, y quizás nos prometamos algo que nunca llegaremos a cumplir. Entonces yo volveré a esperar, tejiendo, travestido de Penélope, a ti o a cualquier otra. Y en esa espera infinita, escribiré.

viernes, 19 de septiembre de 2014

De ángeles y demonios

Quizás fue la quinta copa, la de más, la que tuvo la culpa de todo. Tal vez se dejó llevar por el brillo mortal de los ojos de aquella camarera. Puede que fuera porque era la madrugada de un lunes y el bar estaba vacío y en la calle hacía frío y el miedo al fracaso se diluyó en aquel primer trago al cubata de ron. El caso es que lo intentó.
Saltó al vacío, se tiró al barro y le dijo a la camarera, que esa noche estaba especialmente guapa, que se pusiera la penúltima, pero que pusiera otra copa para ella; que él invitaba. La camarera, como todas las camareras o por lo menos como todas las buenas camareras, curtidas en la noche, acostumbradas a bregar con borrachos, chulos, graciosillos y soplapollas varios, ni siquiera contestó. Se limitó a coger un único vaso de tubo y a poner tres piezas de hielo. Sabemos que el alcohol acolcha los fracasos: por eso él ni se molestó ante aquel desprecio. Él ya estaba más que acostumbrado a ese tipo de actitudes, por eso en el fondo odiaba a esas mujeres que se saben hermosas y pasan por la vida como si estuviesen por encima de todo, como si fueran soberbios arcángeles que menosprecian a los mortales.
La camarera cogió la botella de Havana 7 y comenzó a llenar el vaso, echó más ron de lo normal. Luego cogió una botella de coca cola, sacó el abridor que llevaba escondido en la cintura del pantalón (al hacerlo la camiseta se le subió lo justo como para que él, en un vistazo fugaz, pudiese verle el ombligo). Abrió el refresco, lo puso junto a la copa de ron y desapareció por la puerta del almacén.
Él le dio el primer trago al cubata con la intención de tragar mejor aquella nueva derrota (una más). Dejó de mirar los movimientos de aquella mujer y se giró. Orientó su cuerpo hacia la puerta de salida. Pensó que quizás fuera hora de marcharse. Tal vez sería mejor beberse esa copa que acababa de ponerle y echarse a la calle. Deambular por la noche sin destino, simplemente caminar, tratando de resolver los enigmas que guardan las sombras. Porque también sabemos que de madrugada, todas las calles guardan secretos.
Escuchó un ruido de tacones. La camarera sacó un manojo de llaves y cerró la puerta del local desde dentro. Era hora de cerrar. Mientras ella desandaba el camino de vuelta a la barra, él rebuscó un billete en sus bolsillos. Se giró con intención de pagar y vio que la camarera se encendía un cigarro. Junto a su copa de ron a medio beber, había aparecido como por arte de magia otra copa igual. Entonces la camarera, soltando el humo de la primera calada del cigarro le dijo “Yo no sé tú, pero yo soy incapaz de beber sin fumar” y él no tuvo más cojones que sonreír y darle la razón. A fin de cuentas, no todos los días un arcángel guarda sus alas y la espada de fuego de su indiferencia y decide beber con un mortal más acostumbrado a bregar con demonios que con ángeles.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Noche de caza

            Es sábado y ella se maquilla delante del espejo. Se perfila los labios con precisión de  cirujano. Se pone unos zapatos negros, altos y de tacón de aguja. Pulveriza sólo unas gotas de perfume que le humedecen levemente el cuello y el canalillo del escote. Revisa el bolso antes de salir, se enciende un cigarro, coge las llaves y sale de su casa. Ya en la calle, se monta el coche y enciende la radio. Al sentarse, el vestido negro y corto, se le queda a la mitad del muslo, casi dejando ver más de lo que debería. Conduce sin prisa por el centro de la ciudad y en un semáforo, en paralelo a ella, se para un coche con cuatro chicos jóvenes (no llegarán a los treinta, piensa). La miran y le dicen algo. Ellos ríen y ella hace como si no los escuchara. Como si no los viera. Nota sus miradas asomándose al balcón de su escote y se ríe para sus adentros. Su marido nunca le dejó ponerse escotes y mucho menos como el que lleva hoy. El semáforo se pone en verde y sigue conduciendo. Tiene suerte y encuentra aparcamiento cerca del bar donde la esperan sus amigas. Ellas ya van por la segunda ronda. Le recriminan con bromas su retraso. Pide una cerveza y le mira el culo con descaro al camarero. Cuatro cervezas después salen del bar.
            Caminan hasta la discoteca de moda. En la puerta, el portero las reconoce y se saltan la cola. A su paso van dejando un reguero de cuellos rotos de hombres. A duras penas llegan hasta la barra. La música machacona y pachanguera está demasiado alta. Hay demasiada gente en el local. Hace calor y la primera copa les dura poco. Vuelven a pedir y el camarero, les invita a unos chupitos. Es curioso ver las distintas reacciones que producen: los hombres las miran y se les intuye el pensamiento en la mirada mientras que las mujeres, las menos agraciadas sobre todo, las miran y mascullan entre dientes. Los hombres con pareja las miran de reojo.
            Llaman la atención por sus escotes, por sus vaqueros ajustados o por sus vestidos ceñidos. Transmiten esa sensación de ser mujeres libres de complejos. Posiblemente algunas de ellas se casaron y tuvieron hijos demasiado pronto y ahora están dispuestas a recuperar el tiempo perdido. Son mujeres sabias, que vienen de vuelta de muchas cosas y algunas, han tenido que sufrir ese machismo ibérico tan nuestro en sus carnes. Pero ya no: ahora les toca a ellas. Beben, fuman, se ríen a carcajadas y si se tercia, no le dicen que no a un polvo de una noche.
            Un grupo de chavales se les acercan. Son bastante más jóvenes que ellas. Son altos, guapos, se nota que van al gimnasio. Llevan polos con un jinete montando un caballo en el pecho, van peinados hacia atrás con gomina. Pijos de manual. Ellas les dan coba un rato hasta que les sacan unas copas y luego los despachan. Siguen a lo suyo, riendo y bebiendo. Y yo brindo por ello y por ellas y les deseo que esta noche o la noche que ellas quieran, tengan buen viento y buena caza. Se lo merecen. Han roto sus cadenas, ahora saben lo que quieren que, sencillamente, es disfrutar de lo que no pudieron disfrutar en su momento. Saben que ahora están en su mejor momento y van a exprimir la vida todo lo que puedan.

            Mientras observo como una de ellas habla con un tipo de su edad, elegante y seguro de si mismo, sigo bebiendo y suspiro mirando a la chica que me acompaña, mientras pienso que esta noche, me toca conformarme con mirarlas de reojo.

martes, 12 de agosto de 2014

En La Playa de las Mujeres

Nos bastaron un par de frases hechas, cutres y previsibles, para terminar sobre la arena de La Playa de las Mujeres, comiéndonos la boca. Yo no sabía tu nombre ni tú el mío. Pero daba igual. Nos importaban poco nuestras historias. Sólo queríamos eso, comernos, con la pasión del verano. Revolcarnos frente aquel mar, saciar nuestras ganas de animales hambrientos.
Tus amigas te buscaban, los míos se fueron sin avisar. Decidimos escaparnos y pasar un rato a solas sentados en la arena. Tú sacaste de tu bolso una china de hachís del malo que te vendió un gitano con todo el arte y la guasa del mundo. Sabías que ese hachís era malo de cojones, pero no pudiste negarte. Te hiciste el canuto con una profesionalidad exquisita. Por no romper el ritual nos quedamos en silencio. Yo miraba las olas que lamían la orilla con la ternura de un amante. Cuando terminaste, me pediste fuego y al acercar la llama del mechero, vi que tus ojos tenían concentrados todos los misterios de este mundo. El olor del hachís, el salitre, el rumor de la mar, ¿cómo no iba a desear comerte la boca en ese jodido momento?
Yo, que cuando salimos de aquel bar sólo pensaba en devorarte, me vi consumido por ti. Atacaste  sin miramientos, sin remilgos, sin vergüenza y sin perder la compostura. Abriste la boca para besarme y me engulliste. Me agarraste la cara, para no dejarme escapar. Luego tu mano buscó mi bragueta y enterraste allí tu mano. No dejabas de mirarme a los ojos. Aún con el canuto en la mano, te subiste la falda y te sentaste a horcajadas sobre mí. No te importaba que alguien nos estuviese viendo. Movías la cintura trazando curvas imposibles, como dibujando un mapa que sólo podía llevar a la perdición. Resumiendo: follamos hasta reventar sobre la arena. Fue un polvo egoísta, tú ibas a la tuyo y yo a lo mío. Pero así son casi siempre los polvos con desconocidos. Luego nos levantamos de la arena, tú recompusiste tu ropa, dijiste que ibas a buscar a tus amigas y te marchaste. Yo seguí sentado un rato más allí.
Te recuerdo ahora, tantos años después, mientras me fumo un cigarro apoyado en la barandilla del paseo de esa misma playa. Te recuerdo ahora, justo en el mismo sitio, cerca de las rocas, donde una pareja se come a besos. Te recuerdo ahora, que el mar se está tragando el sol y la noche afila sus colmillos. Te recuerdo ahora, hermosa y desconocida, mujer sin nombre y sin historia, porque he vuelto a esta ciudad marinera y quién sabe si el motivo de todos mis regresos eres tú.

Termino de fumarme el cigarro y echo a andar en dirección al casco antiguo pero antes de irme, me giro y vuelvo a mirar a la pareja que se besa abajo, en la playa. Me muero de ganas de gritarle al tipo que no sea gilipollas, que al menos le pregunte su nombre. Entonces comprendo que el gilipollas soy yo y me alejo a pasos muy rápidos de aquella playa, de la pareja y del cadáver recién exhumado de mi juventud. 

jueves, 31 de julio de 2014

El hombre que vendía poemas

 Pudo ser en primavera, no lo recuerdo bien. Quizás fue una mañana de invierno con un sol espléndido, de esos que invitan a pasear y tomarse un vermú, no lo sé muy bien. Lo que sí tengo claro es que fue en Córdoba. La plaza de la Corredera bullía: las mesas de las terrazas de los bares estaban llenas, los hippies y los camellos estaban a lo suyo y yo me pedí una cerveza más. Me acompañaba un amigo mexicano y charlábamos sobre su tierra. Yo le confesé que andaba enamorado de la Malinche y que Cortés y el resto de conquistadores merecían todos mis respetos, a pesar de todo. Él, que no es tonto, sabía por dónde iban los tiros: con ese a pesar de todo, él sabía a qué me estaba refiriendo. La cuestión es que estábamos enfrascados en un acalorado debate sobre la vida y la muerte, la gloria y los sueños, sobre Pizarro y Alonso de Ojeda, el Caballero de la Virgen, cuando se acerco a nuestra mesa.
Debía tener en torno a los cincuenta años, quizás más. No vestía mal del todo, pero en el conjunto había algo que no cuadraba y le daba un aspecto desaliñado. Tenía el pelo revuelto y traía una carpeta: poemas, el hombre vendía poemas por lo que le dieras. Mi amigo mexicano es escritor y esas cosas, al igual que a mí, le tocan la fibra. El hombre que vendía poemas fue dejando una cuartilla en cada una de las mesas de la terraza y después del tiempo que él estimó oportuno, volvió sobre sus pasos y recogió las monedas y los poemas que nadie quiso. Al llegar a nuestra mesa, recogió las tres monedas de un euro y dijo gracias, inclinó un poco la cabeza a modo de despedida y se marchó. El poema no era gran cosa. Pero bueno, un poema es un poema y sus circunstancias.

En un instante me inventé su historia: viviría en el casco antiguo, en La Judería, con una mujer que sería pintora y en este momento, al igual que él hacía con los poemas, ella vendería en su chiringuito junto a La Mezquita cuadros de puestas de sol sobre el puente de San Rafael y otros rincones típicos de la ciudad. Le di estudios, una carrera de letras con pocas salidas, algo así como filosofía, y una vida repleta de mala suerte. Se lo conté a mi amigo mexicano y el añadió que ese hombre sería de familia acomodada pero que un día se rebeló y dijo no al despacho que papá le tenía preparado en la empresa familiar y se fue a Madrid en los años de la movida. Tuvo varias mujeres, algunas lo amaron, otras le hirieron y perdió a algunos amigos por culpa del caballo aunque él, por suerte, supo dejarlo a tiempo. Publicó un librito de poemas en una pequeña editorial y, cuando conoció a su mujer, ella se lo trajo hasta Córdoba. El caso es que seguimos pegándole a la cruzcampo y lo vi alejarse con su carpeta llena de poemas. Supongo que ahora iría en busca de ella y, puestos a suponer, le dará lo recaudado para que lo administre. Me los imaginé a los dos, con su tierno desaliño, con su ropa gastada por el tiempo y sus cuadros y su carpeta de poemas bajo el brazo caminando por el Paseo de la Ribera, besándose con dulzura, diciendo eso de contigo pan y cebolla o seguro que vendrán mejores tiempos y cosas así. Por eso aquel día brindamos por el hombre que vendía poemas. Porque me conmovió la historia que le había inventado y porque me importa un carajo si su vida no es como yo me la imaginé. Prefiero pensar eso y no que con los tres cochinos euros que le di, compró tres cartones de vino tinto peleón para ponerse ciego en los soportales de la Plaza de la Corredera.

martes, 8 de julio de 2014

Mientras la ciudad duerme

            Mientras la ciudad duerme yo voy saltando de tecla en tecla. Fumo, escribo y miro por la ventana la tranquilidad de la madrugada: la calle desierta, huérfana del tráfico. Las ráfagas de luces de la sirena de un coche patrulla de la policía, mudo, sin hacer ruido, se cuelan dentro de mi habitación. Te han trincado, tronco. Pienso mientras me enciendo un cigarro y sonrío de medio lado.
            Mientras la ciudad duerme, una pareja se atrinchera en un portal. Buscan el refugio de las sombras y desatan sus brazos. Lejos de miradas indiscretas se comen a besos con urgencia porque ella llega tarde a casa. Se devoran impacientes. Las manos, hambrientas, torpes, inexpertas, buscan y encuentran. Él resopla y ella se muerde el labio mientras camina de espaldas, camino al ascensor. Él contempla el hipnótico bamboleo de su culo al marcharse. Camina trazando círculos imposibles con las caderas. Aunque mañana, en el instituto, volverán a verse, el atracón de besos de esta noche les ha sabido a poco.
            Mientras la ciudad duerme, un taxista dormita dentro del coche. En la radio suena Angelillo, con la pena del que se tuvo que marchar, elegante y galán, cantando aquella del Camino verde. No ha hecho aún ni una sola carrera y duda entre quedarse en la parada o acercarse a por un coñac al bar de cada noche. Saca de la guantera del coche una quiniela y la rellena al azar, poniendo los unos, los doses y las equis sin mirar siquiera qué equipos son los que juegan. Al Real Madrid-Granada le ha puesto un dos. Con un par de cojones.
            Mientras la ciudad duerme, mis heridas se desperezan. Mis viejos fantasmas reviven con las sombras; salen a pasear, se sientan a mi lado en el estudio en el que escribo. A veces, me miran con las caras de todas las mujeres que nunca fueron mías y se hacen fuertes tras el espejo. Clavan sus ojos en los míos y tuercen las bocas en un gesto de sonrisa amarga.
            Mientras la ciudad duerme una mujer fuma en un balcón. Expulsa el humo despacio y mira las luces, a lo lejos, de la autopista. Se pregunta por qué nadie la invitó a huir. Hace tiempo que entendió que no merece la pena soñar. Bajó los brazos, hincó la rodilla, aprendió que las derrotas duelen menos si son a tiempo.
            Mientras la ciudad duerme comienzan casi todas las historias que realmente vale la pena vivir y escribir. Será porque la noche, como dice la canción, debilita los corazones. O será, sencillamente, porque mientras la ciudad duerme los insomnes, los que sufren de mal de amores, los malditos, las buenas mujeres malas, los borrachos, los trileros, las camareras que aprendieron a no sonreír más de la cuenta,  los que lo perdieron todo y el sueño les parece un lujo, los verdaderos y honestos, a la manera de las sombras, habitantes de la noche, comienzan su jornada.

No sé vosotros, pero si hay que elegir un bando, mi trinchera estará junto a ellos cada madrugada. Mientras la ciudad duerme.

jueves, 26 de junio de 2014

Un relato premiado

Hace un par de semanas me premiaron un relato titulado “Algunas tardes salgo a buscarlo”. Me hizo especial ilusión porque, por primera vez, fue en mi ciudad, Granada. No suele ser normal que premien un relato como este. Es un relato crudo y descarnado, duro,  ambientando en un paisaje de drogas y miseria que es igual en todas las ciudades.

Aquí os dejo el vídeo de la lectura que hice el día de la entrega de premios. Como nota curiosa, deciros que entre el público estaba Ángel Olgoso, el maestro de maestros del cuento en este país.


Un saludo.


miércoles, 4 de junio de 2014

La mujer de la esquina

            Llevo tres días viéndola en el mismo sitio. Da igual la hora a la que pase: ahí está ella. Tres días pasando por esa esquina, que ya por desgracia es suya, y cuando llego a su altura miro al suelo. Tal vez por vergüenza, aunque no sé muy bien por qué lo hago, pero, os lo juro: soy incapaz de seguir mi camino después de verla y hacer como si no hubiese pasado nada.
            Yo, a esa mujer de mediana edad, que pasa el día de rodillas en una esquina de esta miserable ciudad, con la cabeza agachada, con la mirada rota por la vergüenza de, supongo, verse en esa situación; con un cartel a su lado donde pide, por favor, algo para poder comer; con una cajita de cartón donde apenas brillan un par de monedas, no la conozco de nada. Pero me parte el alma verla ahí. Ella no hace nada: no extiende la mano buscando la caridad, no habla. Sólo mira al suelo, en silencio.  Además su ropa no cuenta la historia de una mujer que viva en la calle, sin techo. Más bien todo lo contrario: viste normal, ropa sencilla, de mujer de barrio obrero. Y eso hace que me duela aún más verla. Porque podrías ser tú o podría ser yo. Cualquiera. Una mala racha, una jugada maestra de esos empresarios sin escrúpulos que no ven más allá del dinero y no dudan en poner en la calle, por poner un ejemplo, a una madre soltera, sin más familia que sus hijos, sin importarles la historia que haya detrás. Cualquiera podríamos vernos así.
            Historias como la de esa mujer hay cientos en cada ciudad, quiero decir, mendigos, pedigüeños, siempre ha habido y siempre habrá: es algo inherente al sistema de mierda en el que vivimos. Gente que se queda al margen del capital. Es curioso pero a estas alturas de la película nos hemos hechos casi insensibles ante el dolor del senegalés que vende pañuelos en un semáforo o ante el rumano que en la puerta del supermercado te pide un par de monedas. Y nos hemos vuelto insensibles por la sencilla razón de que a veces ese dolor, esos lamentos, esas frases y esos carteles desgarradores, son mentira. Son miserables que hacen de su falso dolor un negocio y, escarmentados, hacen que nos tomemos la parte por el todo y paguen justos por pecadores.
            Pero volviendo a la mujer de la esquina. La vida, que es por definición cruel, te suelta una hostia en mitad de la cara, te coge del cuello y te asoma a la realidad. Te saca de la pantalla de tu iPhone 5, te arranca de tu conversación en ese grupo de whatsapp en el que tus amigos no paran de hablar y te muestra la otra cara de la moneda. La cara del que no tuvo suerte. La cara de una mujer normal y corriente, española, de cincuenta años, con unos ojos en los que no cabe más tristeza y más vergüenza, con su cajita con tres cochinos euros, con su cartel en el que pone “una ayuda, por favor”, con sus rodillas hincadas en el suelo.

            Tres días llevo viéndola en la misma esquina. Tres putos días. Mañana no volveré a pasar por ahí.

viernes, 16 de mayo de 2014

Anoche me preguntaron por ti

Anoche me preguntaron por ti en el bar de siempre; y no supe qué decir. Fue aquel fulano que nunca paraba de fumar, el de los dedos amarillos, el que decías que te daba miedo. Me preguntó que por qué ahora bebía sólo, que si te cansaste de mí. A pesar de que nunca llegamos a cruzar una palabra con él, parece que se fijaba en nosotros.
Yo, que tan sólo venía a tomarme un botellín de cerveza, me veo de nuevo invocando a tu fantasma por culpa de una maldita pregunta inoportuna. Por eso me parece verte acodada a mi lado en la barra, fumando (aún la ley anti tabaco no había entrado a saco en los bares); sosteniendo el cigarro entre el dedo índice y corazón; con la mirada perdida hacia el fondo de la barra, justo el único lugar del bar donde no hay nadie, con la transparencia típica que tenéis todas las apariciones. Fumas como si no estuvieras allí, hermosa y ausente. Despacio, con la prisa de un condenado a muerte, acercas el cigarro hasta tus labios; dando una larga calada, intensa, profunda. El humo te llena tus pulmones de fantasma y después de retenerlo dentro durante un par de segundos, lo vas dejando salir poco a poco. La mitad por la nariz, la otra mitad por la boca. 
También bebes. Agarras por el cuello un tercio de Alhambra Especial. Como siempre hacías, has rechazado, con una sonrisa y un leve movimiento de cabeza, el vaso que el camarero te puso junto a la botella de cerveza. Antes de darle un trago miras la botella (lamentas que dentro no haya un genio) y bebes. Te gusta la cerveza porque, decías, es igual que la vida: amarga, aunque te acostumbras a ella; que hay que tomársela rápida y que siempre es demasiado corta. Besas la boca de la botella y, cuando terminas de darle el sorbo, te limpias la boca con el dorso de la mano. Ese gesto, masculinamente zafio, en ti parece casi un acto de rebeldía. En ese momento no hay duda de que eres la chica más guapa de esta puta ciudad.
El tipo de los dedos amarillos, que estaba a mi lado, se levanta de su taburete y se marcha del bar; no sin antes despedirse de mí con una sonrisa siniestra en la que me enseña sus dientes negros. Yo sigo bebiendo contigo, o mejor dicho, con tu recuerdo, con tu fantasma, que ya es un viejo compañero. A pesar del tiempo consumido, tu fantasma es fuerte, poderoso; como si te hubieses marchado ayer, cuando en verdad hace más de cinco años que decidiste que cualquier lugar era mejor lugar para estar que a mi lado.
Saco la cartera y pongo sobre la barra un billete. Salgo del bar no sin antes darme la vuelta con la absurda intención de despedirme de tu fantasma, pero no está allí. Igual que vino, se fue. Salgo a la calle, desierta a estas horas de la madrugada y para mi sorpresa, tu fantasma está en la esquina en la que una vez nos comimos a besos. También lo veo en el portal que tantas noches nos dio asilo, donde jugamos a calmar nuestras ganas de animales hambrientos de sexo. También está en el asiento del copiloto de mi coche, tarareando una canción de Tom Waits, y en mi piso, que alguna vez fue nuestro, recostada en el sofá donde te sentabas a leer y, cómo no, en la cama eternamente deshecha. Tu fantasma está sentado en mi despacho, entre todas mis notas, entre todos mis papeles. Tu fantasma está, y estará por los siglos de los siglos, entre todas y cada una de las letras que escribo. Y yo no sé por qué me sigo sorprendiendo cada vez que, como un viejo amigo, decide aparecer sin avisar.

martes, 22 de abril de 2014

Es ella

Es ella; casi veinte años más vieja, pero es ella. Lo mismo de hermosa, quizás más, como dice la canción. Ya no lleva el pelo corto ni viste como en los noventa, lógicamente, pero aún conserva esa ternura en la mirada que me desarmó la primera vez que se clavó en mis ojos. Sigue llevando gafas y sonríe igual, como devorando todos los problemas de este perro mundo a cada carcajada.
Es ella y sigue siendo una mujer rotunda. Recuerdo cuando me agarraba a sus caderas (que me volvían loco) para no caerme del mundo. Recuerdo el peso de sus pechos, el tacto de su piel, el olor de su pelo y el sabor de su interior. Fue con ella con quien descubrí que los mejores cigarros son los de “después de”. Juntos nos abrimos al mundo, dejamos atrás la adolescencia y vimos y sentimos por primera vez los colmillos afilados de la vida. Éramos tan jóvenes e ilusos que hasta pensamos en casarnos. Con el paso del tiempo, cuando ya nada tenía arreglo, nos dimos cuenta de que el amor es la mayor mentira jamás contada.
Es ella, y sé que hace tiempo me amó de verdad. Yo aún no había descubierto los bares, ni las madrugadas, ni los tacones de aguja, ni el inútil elixir contra el olvido de los polvos de una noche. Yo en aquel tiempo no escribía para lamerme las heridas y ella no tenía hijos. Yo por entonces era un buen yerno y ella todavía no me odiaba.
Es ella, pero es que además, sigue siendo ella. Sigue siendo tan ella, que al verla me reconozco fácilmente. Me reconozco más en ella que en el reflejo del espejo de mi cuarto de baño. Me reconozco en sus gestos, en su manera de mover las manos, en su forma de apartarse de la cara ese mechón de pelo rebelde, que trata, sin éxito, de acomodarse detrás de la oreja. Me reconozco en su sombra, que una vez caminó junto a la mía, y sin embargo, al verla me doy cuenta de que no me reconozco al ver al tipo en el que me he convertido.
Es ella y está ahí: a salvo en la otra orilla de este paso de peatones. Ajena a mis ojos, que no dejan de mirarla. Empuja un carrito de bebé y está junto a un tipo que tiene cara de gilipollas (o a mí me parece que la tiene). El semáforo se pone en verde, los coches se detienen y la gente se apresura a cruzar. Ella, con el carrito, y su marido (o lo qué cojones sea) avanzan rectos hacía mí, que sigo petrificado sin atreverme a cruzar. Sin pensarlo, decido dar media vuelta y no cruzar los dos abismos que nos separan: el de asfalto y el que la vida nos ha ido poniendo.

Era ella y creo que no me vio. Como un cobarde he desandado el camino y he vuelto sobre mis pasos: uno nunca está preparado para enfrentarse a ciertos fantasmas. 

lunes, 24 de marzo de 2014

Los poetas de los bares

Algunos bares de madrugada están llenos de poetas. Las barras de zinc, mármol o madera,  sirven de trinchera desde la que últimamente, demasiados noctámbulos ocasionales, disparan con versos de fogueo. Versos vacíos que ni siquiera son versos. Ripios horribles adornados con alcohol. Igual yo no soy tan distinto de ellos. Igual yo soy lo mismo de impostor. Igual todo en mí es una pose, como lo es en ellos, que siempre tienen una rubia con la que compartir la cama, una copa a medio beber, un canuto ardiendo en los labios y un fracaso que contar.
Igual yo también he hecho de este oficio una mentira. Igual la necesidad de contar ha sido superada por la necesidad de reconocimiento. Igual ya no me satisface por igual terminar una historia y releerla mientras me fumo un cigarro con el honor del deber cumplido. Igual ahora necesito que me reconozcan en los bares, exhibirme como un monstruo de feria, venderme por cuatro duros como una puta. Igual ahora no se trata sólo de escribir, sino que se trata de saber de marketing, de tener miles de followers. Será por eso que los bares comienzan a llenarse de poetas, pero yo nunca los veo.
A veces miro mi cartera, llena de telarañas y de sueños rotos, y pienso en los grandes. Pienso en Miller, en Carver, en Kerouac, en el viejo Bukowski. Luego los veo a ellos, que pululan como mariposillas por los bares, de mesa en mesa, de grupo en grupo. A veces son ellos mismos los que se alimentan los unos a los otros con aquello del “qué bueno lo tuyo”. Afino el oído, ejerzo de cotilla, y nunca les oigo una crítica. Todo es genial y somos los mejores y si no publico es porque no comprenden mi arte o porque el mundo editorial es una mafia (que no seré yo el que discuta sobre el mafiazo del mundo editorial).
Más de una noche he sentido que el tonto soy yo, por no prestarme al juego. Por no saber venderme tan bien como lo hacen ellos. No tengo el ego tan grande como para pensar que yo soy mejor: soy el primero que sabe de mis limitaciones. Sé que tengo faltas de ortografía, que por más que corrijo siempre hay una cabrona que se escapa. Sé que siempre escribo en los mismos paisajes, a las mismas mujeres. Pero sí hay una diferencia: nunca me he arrimado, ni lo haré, al sol que más calienta. Nunca he hablado con quién no he querido, nunca he dado a un abrazo a una persona a la que realmente no le haya tenido afecto. Aunque ese abrazo sea la diferencia ente publicar en tal revista o en tal antología. Será por eso que me empiezan a cansar ciertos bares de madrugada.
Igual esto que escribo es una gilipollez y yo sea igual que ellos y también desgasto el verbo follar de usarlo una y mil veces. Pero creo que el problema está en perder la perspectiva y confundir todo ese circo de egos y de vanidad con la literatura, con la poesía, con el arte (que, repito, con total seguridad yo tampoco tengo) de escribir.
Igual es el momento para empezar a cambiar de bares.

jueves, 20 de marzo de 2014

Esto es lo que hago en la radio

Llevo un tiempo colaborando en el programa de radio “Una de Piratas”, en Cadena Nostalgia. Aquí os dejo un relato que leí la semana pasada.

Si os apetece, si os interesa, el programa se emite a nivel nacional. Podéis buscar el dial de vuestra ciudad o bien podéis escucharnos desde www.cadenanostalgia.es de lunes a viernes, de doce a dos de la madrugada.

Un saludo.

miércoles, 26 de febrero de 2014

En la estación



            Arrastraba una pesada maleta con ruedas por todo el andén. Andaba perdida, buscando su tren, supuse. Llegó hasta un extremo y luego volvió sobre sus pasos, mirando a todos lados. Pasó por delante de mí y me llegó su aroma: olía a recién duchada y a perfume y a prisa y a nostalgia. La seguí con la mirada y no pude evitar mirarle, de soslayo, casi sin querer, el culo. Llegó otra vez hasta la otra punta y volvió de nuevo a pasar delante de mí. Yo fumaba apoyado en la puerta de la cafetería. Le volví a mirar el culo y ella, de improviso, se dio la vuelta y me preguntó, secamente, por el tren a Sevilla. No podía ser más hermosa. Ojos grandes y negros, como negro era su pelo. Llevaba el flequillo a lo Cleopatra, camisa blanca, pantalones vaqueros ajustados como una segunda piel y unas botas altas con un tacón más que interesante. Le dije que yo también lo esperaba y que salía justo desde donde estábamos nosotros. Recogió su maleta, se sentó en uno de los bancos que estaban libres y sacó el teléfono móvil. Yo tiré el cigarro y entré en la cafetería.
            En la barra seguía esperándome mi café solo junto a una copa de coñac, por aquello del frío. Me acodé y cogí la prensa del día. Aún quedaba media hora para que saliera mi tren. En la radio sonaban The Who. Un repiqueteo de tacones me sacó del «My generation». Era ella. Se sentó en una de las mesas más alejadas de la puerta, puso la maleta a su lado y cruzó una pierna sobre otra. Hizo un gesto con la mano para llamar al camarero y este le contestó que no se atendía en las mesas. Se levantó resoplando y se acercó a la barra. De mala manera, pidió un café con leche y, supongo, se le olvidó decir «buenos días» y «por favor». De repente cambió mi idea sobre ella. Me pareció soberbia y mal educada. Ya no me olía a prisa y a nostalgia, más bien olía a engreída y estúpida. Volvió a su silla y sacó el teléfono móvil. Parloteaba como un loro y hablaba tan alto que desde la barra pude escuchar toda la conversación. La estuve observando y hubo un momento en que nuestras miradas se cruzaron. Le sonreí, esperando no sé bien el qué. La cuestión es que ella me lanzó una mirada donde no cabía más desprecio. Reconozco que yo mastiqué para mis adentros un «gilipollas» que el camarero pareció escuchar puesto que asintió con la cabeza.
            Y en esas estaba cuando llegó a mi lado una muchacha joven que le pidió un té con toda la educación del mundo al camarero. Me di la vuelta y me fijé bien en ella: era bajita, llevaba un gorro de lana de colores chillones, una chaqueta marrón, unos pantalones vaqueros roídos y unas botas marrones. Debajo del gorro se adivinaba un pelo rubio despeinado. Se bebió el té mientras leía un libro del que no llegué a ver el autor. Cuando terminó  preguntó cuánto debía, puso las monedas sobre la barra, dijo muchas gracias, buenos días y se marchó. Antes de salir, cedió el paso y sujetó la puerta a un muchacho que iba cargado de maletas. Apuré la copa de coñac y salí de nuevo al andén para coger mi tren con destino a Sevilla.
            Durante todo el trayecto pensé en lo aprendido: lo rápido que puede una mujer pasar de tía buena a gilipollas. Lo rápido que una mujer queda desarmada y muestras sus miserias. Unas miserias que no hay maquillaje, ni peluquería, ni ropa, que pueda disimularlas. Al llegar a la estación de Santa Justa, me crucé con la otra chica de la cafetería. Me miró y me sonrió, incluso me dijo «hasta luego». Entonces mientras caminaba hasta la parada de taxis, bendije a esas mujeres que no usan, ni maldita la falta que les hace, ningún tipo de artificio para poder resultar más que atractivas. Las otras, las mujeres maquilladas hasta el exceso, soberbias y emputecidas sobre sus zapatos de tacón alto, sin dos dedos de frente, a pesar de estar buenas de cojones, os las regalo.

lunes, 17 de febrero de 2014

Tendríais que haberlos visto


              Tendríais que haberlos visto; os lo juro. Los ojos abiertos, con hambre, comiéndose cada palabra, cada frase. Guardando silencio y prestando atención a cada cosa que decía. Aquello les interesaba de verdad. Qué distinto es el silencio que ellos guardaban al silencio que guarda otro tipo de público. Ellos, jóvenes de entre catorce y dieciocho años, guardaban silencio y escuchaban sin dobleces, no como cuando hablas para un público de falsos intelectuales, de escritores con más ínfulas que talento, de esos que esperan que resbales, que te equivoques, para tirarse a morderte el cuello. Ellos no. Quizás porque aún son tan jóvenes que no se han convertido en los cabrones que algún día serán, escuchaban porque de verdad les interesaba.
              Tendríais que haberlos visto levantando el brazo para preguntarme sobre cómo se escribe. Tendríais que haber escuchado sus dudas. Tendríais que haber estado allí para ver por vuestros propios ojos lo que es la ilusión por escribir. Tendríais que haber escuchado como hice yo, con la boca abierta, cómo escriben; como sus dudas, sus miedos, su rabia, es la misma que la mía. Tendríais que haber escuchado como hablan a pesar de su edad del amor y del desamor. Son jóvenes, pero no gilipollas; y ya saben que la vida es jodida, que se van a tener que dejar los huevos peleando como un gladiador en la arena. Ellos lo saben y escriben sobre eso. Tienen una imaginación que acojona. Tendríais que haber visto a aquellos alumnos de secundaría, haciendo de tripas corazón, ganándole la partida a la vergüenza, venciendo la timidez y leyendo sus obras delante de sus compañeros.
              Joder, tendríais que haberlos visto para que entendieseis, como yo entendí aquella mañana gracias a ellos, que no todo está perdido. Que aún hay esperanza. Que no toda la juventud está podrida. Que un profesor que ame su trabajo y sepa transmitírselo a sus alumnos es fundamental. Que ellos quieren y tienen ganas de comerse el mundo. Así que sólo puedo darles las gracias a todos y cada uno de los alumnos de ESO y Bachillerato del IES Padre Poveda de Guadix por hacerme ver que tenemos bien cubiertas las espaldas. Al menos de momento. 

(para que entendáis mejor esta entrada os invito a pinchar este enlace. Es una crónica del encuentro que tuve con los alumnos del instuto que nombro en el texto: http://elblogdeadelea.blogspot.com.es/2014/02/encuentro-literario-con-el-autor-alvaro.html )

jueves, 16 de enero de 2014

Odaxelagnia (una de mordiscos)

Odaxelagnia: 
Excitación al morder o ser mordido

           Los mordiscos buenos, son esos que dejan cicatrices de carmín. Quizás en el cuello, quizás en los labios.
Los mordiscos buenos se disfrutan más que el más dulce de los besos dulces. Los mordiscos buenos son aquellos que firmas con tu saliva. Los mordiscos buenos son aquellos que me hacen más llevadera la resaca, llenándome de recuerdos, a la mañana siguiente.
Los mordiscos buenos son esos que nos damos mirándonos a los ojos, con la rabia, el fuego y la pasión que da una tercera copa y el sonido del reloj marcando las cuatro de la madrugada.
           Cuando el mordisco lo das tú, a veces le sumas tus uñas clavándose en mi espalda, lo que no es un mal detalle. Eliges casi al azar tu objetivo, abres la boca y clavas los dientes. Haces presión durante un momento, eterno pero siempre demasiado corto. Retiras la boca, miras la señal que me has dejado en la piel y sonríes, como una niña mala. En ese momento no puedo evitar lanzarme, como un soldado al que le va la vida en ello, al asalto de tu boca.
Otras veces soy yo el que muerde: retiro el manto de tu pelo negro del cuello y, primero, con calma, paso la lengua suavemente por el lugar escogido. Sabes lo que voy a hacer y noto como te vas deshaciendo entre mis brazos. Entonces, como un vampiro que llevase siglos sin comer, te muerdo. Tengo tu pelo entre mis dedos y no dejo que retires el cuello. Luchas por escaparte aunque bien sabes que no vas a poder y a ti, que ya te conozco lo bastante, te gusta esta lucha. Creo que ese tampoco es un mal mordisco.
           Pero de entre todos los mordiscos, si tengo que quedarme con uno, me quedo con los mordiscos a traición. Qué sé yo, mientras hacemos cola en la entrada del cine y me distraigo mirando la cartelera o mientras preparo la cena y tú te cuelas sigilosa en la cocina.
           Aunque, sea como sea, los mordiscos buenos, los que merecen la pena sin duda alguna, son los que salen de tus ganas y tu boca. Si el mordisco me lo da otra boca, no digo que sea malo, porque no hay mordisco que no valga la pena, es que sencillamente, son distintos.