miércoles, 26 de febrero de 2014

En la estación



            Arrastraba una pesada maleta con ruedas por todo el andén. Andaba perdida, buscando su tren, supuse. Llegó hasta un extremo y luego volvió sobre sus pasos, mirando a todos lados. Pasó por delante de mí y me llegó su aroma: olía a recién duchada y a perfume y a prisa y a nostalgia. La seguí con la mirada y no pude evitar mirarle, de soslayo, casi sin querer, el culo. Llegó otra vez hasta la otra punta y volvió de nuevo a pasar delante de mí. Yo fumaba apoyado en la puerta de la cafetería. Le volví a mirar el culo y ella, de improviso, se dio la vuelta y me preguntó, secamente, por el tren a Sevilla. No podía ser más hermosa. Ojos grandes y negros, como negro era su pelo. Llevaba el flequillo a lo Cleopatra, camisa blanca, pantalones vaqueros ajustados como una segunda piel y unas botas altas con un tacón más que interesante. Le dije que yo también lo esperaba y que salía justo desde donde estábamos nosotros. Recogió su maleta, se sentó en uno de los bancos que estaban libres y sacó el teléfono móvil. Yo tiré el cigarro y entré en la cafetería.
            En la barra seguía esperándome mi café solo junto a una copa de coñac, por aquello del frío. Me acodé y cogí la prensa del día. Aún quedaba media hora para que saliera mi tren. En la radio sonaban The Who. Un repiqueteo de tacones me sacó del «My generation». Era ella. Se sentó en una de las mesas más alejadas de la puerta, puso la maleta a su lado y cruzó una pierna sobre otra. Hizo un gesto con la mano para llamar al camarero y este le contestó que no se atendía en las mesas. Se levantó resoplando y se acercó a la barra. De mala manera, pidió un café con leche y, supongo, se le olvidó decir «buenos días» y «por favor». De repente cambió mi idea sobre ella. Me pareció soberbia y mal educada. Ya no me olía a prisa y a nostalgia, más bien olía a engreída y estúpida. Volvió a su silla y sacó el teléfono móvil. Parloteaba como un loro y hablaba tan alto que desde la barra pude escuchar toda la conversación. La estuve observando y hubo un momento en que nuestras miradas se cruzaron. Le sonreí, esperando no sé bien el qué. La cuestión es que ella me lanzó una mirada donde no cabía más desprecio. Reconozco que yo mastiqué para mis adentros un «gilipollas» que el camarero pareció escuchar puesto que asintió con la cabeza.
            Y en esas estaba cuando llegó a mi lado una muchacha joven que le pidió un té con toda la educación del mundo al camarero. Me di la vuelta y me fijé bien en ella: era bajita, llevaba un gorro de lana de colores chillones, una chaqueta marrón, unos pantalones vaqueros roídos y unas botas marrones. Debajo del gorro se adivinaba un pelo rubio despeinado. Se bebió el té mientras leía un libro del que no llegué a ver el autor. Cuando terminó  preguntó cuánto debía, puso las monedas sobre la barra, dijo muchas gracias, buenos días y se marchó. Antes de salir, cedió el paso y sujetó la puerta a un muchacho que iba cargado de maletas. Apuré la copa de coñac y salí de nuevo al andén para coger mi tren con destino a Sevilla.
            Durante todo el trayecto pensé en lo aprendido: lo rápido que puede una mujer pasar de tía buena a gilipollas. Lo rápido que una mujer queda desarmada y muestras sus miserias. Unas miserias que no hay maquillaje, ni peluquería, ni ropa, que pueda disimularlas. Al llegar a la estación de Santa Justa, me crucé con la otra chica de la cafetería. Me miró y me sonrió, incluso me dijo «hasta luego». Entonces mientras caminaba hasta la parada de taxis, bendije a esas mujeres que no usan, ni maldita la falta que les hace, ningún tipo de artificio para poder resultar más que atractivas. Las otras, las mujeres maquilladas hasta el exceso, soberbias y emputecidas sobre sus zapatos de tacón alto, sin dos dedos de frente, a pesar de estar buenas de cojones, os las regalo.

lunes, 17 de febrero de 2014

Tendríais que haberlos visto


              Tendríais que haberlos visto; os lo juro. Los ojos abiertos, con hambre, comiéndose cada palabra, cada frase. Guardando silencio y prestando atención a cada cosa que decía. Aquello les interesaba de verdad. Qué distinto es el silencio que ellos guardaban al silencio que guarda otro tipo de público. Ellos, jóvenes de entre catorce y dieciocho años, guardaban silencio y escuchaban sin dobleces, no como cuando hablas para un público de falsos intelectuales, de escritores con más ínfulas que talento, de esos que esperan que resbales, que te equivoques, para tirarse a morderte el cuello. Ellos no. Quizás porque aún son tan jóvenes que no se han convertido en los cabrones que algún día serán, escuchaban porque de verdad les interesaba.
              Tendríais que haberlos visto levantando el brazo para preguntarme sobre cómo se escribe. Tendríais que haber escuchado sus dudas. Tendríais que haber estado allí para ver por vuestros propios ojos lo que es la ilusión por escribir. Tendríais que haber escuchado como hice yo, con la boca abierta, cómo escriben; como sus dudas, sus miedos, su rabia, es la misma que la mía. Tendríais que haber escuchado como hablan a pesar de su edad del amor y del desamor. Son jóvenes, pero no gilipollas; y ya saben que la vida es jodida, que se van a tener que dejar los huevos peleando como un gladiador en la arena. Ellos lo saben y escriben sobre eso. Tienen una imaginación que acojona. Tendríais que haber visto a aquellos alumnos de secundaría, haciendo de tripas corazón, ganándole la partida a la vergüenza, venciendo la timidez y leyendo sus obras delante de sus compañeros.
              Joder, tendríais que haberlos visto para que entendieseis, como yo entendí aquella mañana gracias a ellos, que no todo está perdido. Que aún hay esperanza. Que no toda la juventud está podrida. Que un profesor que ame su trabajo y sepa transmitírselo a sus alumnos es fundamental. Que ellos quieren y tienen ganas de comerse el mundo. Así que sólo puedo darles las gracias a todos y cada uno de los alumnos de ESO y Bachillerato del IES Padre Poveda de Guadix por hacerme ver que tenemos bien cubiertas las espaldas. Al menos de momento. 

(para que entendáis mejor esta entrada os invito a pinchar este enlace. Es una crónica del encuentro que tuve con los alumnos del instuto que nombro en el texto: http://elblogdeadelea.blogspot.com.es/2014/02/encuentro-literario-con-el-autor-alvaro.html )