martes, 22 de abril de 2014

Es ella

Es ella; casi veinte años más vieja, pero es ella. Lo mismo de hermosa, quizás más, como dice la canción. Ya no lleva el pelo corto ni viste como en los noventa, lógicamente, pero aún conserva esa ternura en la mirada que me desarmó la primera vez que se clavó en mis ojos. Sigue llevando gafas y sonríe igual, como devorando todos los problemas de este perro mundo a cada carcajada.
Es ella y sigue siendo una mujer rotunda. Recuerdo cuando me agarraba a sus caderas (que me volvían loco) para no caerme del mundo. Recuerdo el peso de sus pechos, el tacto de su piel, el olor de su pelo y el sabor de su interior. Fue con ella con quien descubrí que los mejores cigarros son los de “después de”. Juntos nos abrimos al mundo, dejamos atrás la adolescencia y vimos y sentimos por primera vez los colmillos afilados de la vida. Éramos tan jóvenes e ilusos que hasta pensamos en casarnos. Con el paso del tiempo, cuando ya nada tenía arreglo, nos dimos cuenta de que el amor es la mayor mentira jamás contada.
Es ella, y sé que hace tiempo me amó de verdad. Yo aún no había descubierto los bares, ni las madrugadas, ni los tacones de aguja, ni el inútil elixir contra el olvido de los polvos de una noche. Yo en aquel tiempo no escribía para lamerme las heridas y ella no tenía hijos. Yo por entonces era un buen yerno y ella todavía no me odiaba.
Es ella, pero es que además, sigue siendo ella. Sigue siendo tan ella, que al verla me reconozco fácilmente. Me reconozco más en ella que en el reflejo del espejo de mi cuarto de baño. Me reconozco en sus gestos, en su manera de mover las manos, en su forma de apartarse de la cara ese mechón de pelo rebelde, que trata, sin éxito, de acomodarse detrás de la oreja. Me reconozco en su sombra, que una vez caminó junto a la mía, y sin embargo, al verla me doy cuenta de que no me reconozco al ver al tipo en el que me he convertido.
Es ella y está ahí: a salvo en la otra orilla de este paso de peatones. Ajena a mis ojos, que no dejan de mirarla. Empuja un carrito de bebé y está junto a un tipo que tiene cara de gilipollas (o a mí me parece que la tiene). El semáforo se pone en verde, los coches se detienen y la gente se apresura a cruzar. Ella, con el carrito, y su marido (o lo qué cojones sea) avanzan rectos hacía mí, que sigo petrificado sin atreverme a cruzar. Sin pensarlo, decido dar media vuelta y no cruzar los dos abismos que nos separan: el de asfalto y el que la vida nos ha ido poniendo.

Era ella y creo que no me vio. Como un cobarde he desandado el camino y he vuelto sobre mis pasos: uno nunca está preparado para enfrentarse a ciertos fantasmas. 

1 comentario:

  1. Hay fantasmas que cuando se cruzan abren demasiadas puertas ya cerradas y que hacen que te plantees en qué te has convertido desde que ese fantasma quedara encerrado. Y a veces no es un plato de buen gusto.

    Besitos!

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