viernes, 16 de mayo de 2014

Anoche me preguntaron por ti

Anoche me preguntaron por ti en el bar de siempre; y no supe qué decir. Fue aquel fulano que nunca paraba de fumar, el de los dedos amarillos, el que decías que te daba miedo. Me preguntó que por qué ahora bebía sólo, que si te cansaste de mí. A pesar de que nunca llegamos a cruzar una palabra con él, parece que se fijaba en nosotros.
Yo, que tan sólo venía a tomarme un botellín de cerveza, me veo de nuevo invocando a tu fantasma por culpa de una maldita pregunta inoportuna. Por eso me parece verte acodada a mi lado en la barra, fumando (aún la ley anti tabaco no había entrado a saco en los bares); sosteniendo el cigarro entre el dedo índice y corazón; con la mirada perdida hacia el fondo de la barra, justo el único lugar del bar donde no hay nadie, con la transparencia típica que tenéis todas las apariciones. Fumas como si no estuvieras allí, hermosa y ausente. Despacio, con la prisa de un condenado a muerte, acercas el cigarro hasta tus labios; dando una larga calada, intensa, profunda. El humo te llena tus pulmones de fantasma y después de retenerlo dentro durante un par de segundos, lo vas dejando salir poco a poco. La mitad por la nariz, la otra mitad por la boca. 
También bebes. Agarras por el cuello un tercio de Alhambra Especial. Como siempre hacías, has rechazado, con una sonrisa y un leve movimiento de cabeza, el vaso que el camarero te puso junto a la botella de cerveza. Antes de darle un trago miras la botella (lamentas que dentro no haya un genio) y bebes. Te gusta la cerveza porque, decías, es igual que la vida: amarga, aunque te acostumbras a ella; que hay que tomársela rápida y que siempre es demasiado corta. Besas la boca de la botella y, cuando terminas de darle el sorbo, te limpias la boca con el dorso de la mano. Ese gesto, masculinamente zafio, en ti parece casi un acto de rebeldía. En ese momento no hay duda de que eres la chica más guapa de esta puta ciudad.
El tipo de los dedos amarillos, que estaba a mi lado, se levanta de su taburete y se marcha del bar; no sin antes despedirse de mí con una sonrisa siniestra en la que me enseña sus dientes negros. Yo sigo bebiendo contigo, o mejor dicho, con tu recuerdo, con tu fantasma, que ya es un viejo compañero. A pesar del tiempo consumido, tu fantasma es fuerte, poderoso; como si te hubieses marchado ayer, cuando en verdad hace más de cinco años que decidiste que cualquier lugar era mejor lugar para estar que a mi lado.
Saco la cartera y pongo sobre la barra un billete. Salgo del bar no sin antes darme la vuelta con la absurda intención de despedirme de tu fantasma, pero no está allí. Igual que vino, se fue. Salgo a la calle, desierta a estas horas de la madrugada y para mi sorpresa, tu fantasma está en la esquina en la que una vez nos comimos a besos. También lo veo en el portal que tantas noches nos dio asilo, donde jugamos a calmar nuestras ganas de animales hambrientos de sexo. También está en el asiento del copiloto de mi coche, tarareando una canción de Tom Waits, y en mi piso, que alguna vez fue nuestro, recostada en el sofá donde te sentabas a leer y, cómo no, en la cama eternamente deshecha. Tu fantasma está sentado en mi despacho, entre todas mis notas, entre todos mis papeles. Tu fantasma está, y estará por los siglos de los siglos, entre todas y cada una de las letras que escribo. Y yo no sé por qué me sigo sorprendiendo cada vez que, como un viejo amigo, decide aparecer sin avisar.