miércoles, 4 de junio de 2014

La mujer de la esquina

            Llevo tres días viéndola en el mismo sitio. Da igual la hora a la que pase: ahí está ella. Tres días pasando por esa esquina, que ya por desgracia es suya, y cuando llego a su altura miro al suelo. Tal vez por vergüenza, aunque no sé muy bien por qué lo hago, pero, os lo juro: soy incapaz de seguir mi camino después de verla y hacer como si no hubiese pasado nada.
            Yo, a esa mujer de mediana edad, que pasa el día de rodillas en una esquina de esta miserable ciudad, con la cabeza agachada, con la mirada rota por la vergüenza de, supongo, verse en esa situación; con un cartel a su lado donde pide, por favor, algo para poder comer; con una cajita de cartón donde apenas brillan un par de monedas, no la conozco de nada. Pero me parte el alma verla ahí. Ella no hace nada: no extiende la mano buscando la caridad, no habla. Sólo mira al suelo, en silencio.  Además su ropa no cuenta la historia de una mujer que viva en la calle, sin techo. Más bien todo lo contrario: viste normal, ropa sencilla, de mujer de barrio obrero. Y eso hace que me duela aún más verla. Porque podrías ser tú o podría ser yo. Cualquiera. Una mala racha, una jugada maestra de esos empresarios sin escrúpulos que no ven más allá del dinero y no dudan en poner en la calle, por poner un ejemplo, a una madre soltera, sin más familia que sus hijos, sin importarles la historia que haya detrás. Cualquiera podríamos vernos así.
            Historias como la de esa mujer hay cientos en cada ciudad, quiero decir, mendigos, pedigüeños, siempre ha habido y siempre habrá: es algo inherente al sistema de mierda en el que vivimos. Gente que se queda al margen del capital. Es curioso pero a estas alturas de la película nos hemos hechos casi insensibles ante el dolor del senegalés que vende pañuelos en un semáforo o ante el rumano que en la puerta del supermercado te pide un par de monedas. Y nos hemos vuelto insensibles por la sencilla razón de que a veces ese dolor, esos lamentos, esas frases y esos carteles desgarradores, son mentira. Son miserables que hacen de su falso dolor un negocio y, escarmentados, hacen que nos tomemos la parte por el todo y paguen justos por pecadores.
            Pero volviendo a la mujer de la esquina. La vida, que es por definición cruel, te suelta una hostia en mitad de la cara, te coge del cuello y te asoma a la realidad. Te saca de la pantalla de tu iPhone 5, te arranca de tu conversación en ese grupo de whatsapp en el que tus amigos no paran de hablar y te muestra la otra cara de la moneda. La cara del que no tuvo suerte. La cara de una mujer normal y corriente, española, de cincuenta años, con unos ojos en los que no cabe más tristeza y más vergüenza, con su cajita con tres cochinos euros, con su cartel en el que pone “una ayuda, por favor”, con sus rodillas hincadas en el suelo.

            Tres días llevo viéndola en la misma esquina. Tres putos días. Mañana no volveré a pasar por ahí.

4 comentarios:

  1. Cada vez hay más mujeres así en las esquinas... y la vergüenza es mutua, de ellas por estar así, nuestra por tener que pasar al lado y no poder hacer nada o muy poco.

    Es duro pero necesario que alguien lo narre.

    Salud.

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    1. Eso es lo jodido, que cada vez hay más personas en esa situación y ninguno estamos a salvos. Este es el macabro sistema en el que vivimos.

      Un saludo, amigo.

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  2. Una mierda, no veo otra forma de describirlo.

    Un saludo

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    1. Coincido contigo, una puta mierda.

      Un saludo, Telma.

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