jueves, 31 de julio de 2014

El hombre que vendía poemas

 Pudo ser en primavera, no lo recuerdo bien. Quizás fue una mañana de invierno con un sol espléndido, de esos que invitan a pasear y tomarse un vermú, no lo sé muy bien. Lo que sí tengo claro es que fue en Córdoba. La plaza de la Corredera bullía: las mesas de las terrazas de los bares estaban llenas, los hippies y los camellos estaban a lo suyo y yo me pedí una cerveza más. Me acompañaba un amigo mexicano y charlábamos sobre su tierra. Yo le confesé que andaba enamorado de la Malinche y que Cortés y el resto de conquistadores merecían todos mis respetos, a pesar de todo. Él, que no es tonto, sabía por dónde iban los tiros: con ese a pesar de todo, él sabía a qué me estaba refiriendo. La cuestión es que estábamos enfrascados en un acalorado debate sobre la vida y la muerte, la gloria y los sueños, sobre Pizarro y Alonso de Ojeda, el Caballero de la Virgen, cuando se acerco a nuestra mesa.
Debía tener en torno a los cincuenta años, quizás más. No vestía mal del todo, pero en el conjunto había algo que no cuadraba y le daba un aspecto desaliñado. Tenía el pelo revuelto y traía una carpeta: poemas, el hombre vendía poemas por lo que le dieras. Mi amigo mexicano es escritor y esas cosas, al igual que a mí, le tocan la fibra. El hombre que vendía poemas fue dejando una cuartilla en cada una de las mesas de la terraza y después del tiempo que él estimó oportuno, volvió sobre sus pasos y recogió las monedas y los poemas que nadie quiso. Al llegar a nuestra mesa, recogió las tres monedas de un euro y dijo gracias, inclinó un poco la cabeza a modo de despedida y se marchó. El poema no era gran cosa. Pero bueno, un poema es un poema y sus circunstancias.

En un instante me inventé su historia: viviría en el casco antiguo, en La Judería, con una mujer que sería pintora y en este momento, al igual que él hacía con los poemas, ella vendería en su chiringuito junto a La Mezquita cuadros de puestas de sol sobre el puente de San Rafael y otros rincones típicos de la ciudad. Le di estudios, una carrera de letras con pocas salidas, algo así como filosofía, y una vida repleta de mala suerte. Se lo conté a mi amigo mexicano y el añadió que ese hombre sería de familia acomodada pero que un día se rebeló y dijo no al despacho que papá le tenía preparado en la empresa familiar y se fue a Madrid en los años de la movida. Tuvo varias mujeres, algunas lo amaron, otras le hirieron y perdió a algunos amigos por culpa del caballo aunque él, por suerte, supo dejarlo a tiempo. Publicó un librito de poemas en una pequeña editorial y, cuando conoció a su mujer, ella se lo trajo hasta Córdoba. El caso es que seguimos pegándole a la cruzcampo y lo vi alejarse con su carpeta llena de poemas. Supongo que ahora iría en busca de ella y, puestos a suponer, le dará lo recaudado para que lo administre. Me los imaginé a los dos, con su tierno desaliño, con su ropa gastada por el tiempo y sus cuadros y su carpeta de poemas bajo el brazo caminando por el Paseo de la Ribera, besándose con dulzura, diciendo eso de contigo pan y cebolla o seguro que vendrán mejores tiempos y cosas así. Por eso aquel día brindamos por el hombre que vendía poemas. Porque me conmovió la historia que le había inventado y porque me importa un carajo si su vida no es como yo me la imaginé. Prefiero pensar eso y no que con los tres cochinos euros que le di, compró tres cartones de vino tinto peleón para ponerse ciego en los soportales de la Plaza de la Corredera.

martes, 8 de julio de 2014

Mientras la ciudad duerme

            Mientras la ciudad duerme yo voy saltando de tecla en tecla. Fumo, escribo y miro por la ventana la tranquilidad de la madrugada: la calle desierta, huérfana del tráfico. Las ráfagas de luces de la sirena de un coche patrulla de la policía, mudo, sin hacer ruido, se cuelan dentro de mi habitación. Te han trincado, tronco. Pienso mientras me enciendo un cigarro y sonrío de medio lado.
            Mientras la ciudad duerme, una pareja se atrinchera en un portal. Buscan el refugio de las sombras y desatan sus brazos. Lejos de miradas indiscretas se comen a besos con urgencia porque ella llega tarde a casa. Se devoran impacientes. Las manos, hambrientas, torpes, inexpertas, buscan y encuentran. Él resopla y ella se muerde el labio mientras camina de espaldas, camino al ascensor. Él contempla el hipnótico bamboleo de su culo al marcharse. Camina trazando círculos imposibles con las caderas. Aunque mañana, en el instituto, volverán a verse, el atracón de besos de esta noche les ha sabido a poco.
            Mientras la ciudad duerme, un taxista dormita dentro del coche. En la radio suena Angelillo, con la pena del que se tuvo que marchar, elegante y galán, cantando aquella del Camino verde. No ha hecho aún ni una sola carrera y duda entre quedarse en la parada o acercarse a por un coñac al bar de cada noche. Saca de la guantera del coche una quiniela y la rellena al azar, poniendo los unos, los doses y las equis sin mirar siquiera qué equipos son los que juegan. Al Real Madrid-Granada le ha puesto un dos. Con un par de cojones.
            Mientras la ciudad duerme, mis heridas se desperezan. Mis viejos fantasmas reviven con las sombras; salen a pasear, se sientan a mi lado en el estudio en el que escribo. A veces, me miran con las caras de todas las mujeres que nunca fueron mías y se hacen fuertes tras el espejo. Clavan sus ojos en los míos y tuercen las bocas en un gesto de sonrisa amarga.
            Mientras la ciudad duerme una mujer fuma en un balcón. Expulsa el humo despacio y mira las luces, a lo lejos, de la autopista. Se pregunta por qué nadie la invitó a huir. Hace tiempo que entendió que no merece la pena soñar. Bajó los brazos, hincó la rodilla, aprendió que las derrotas duelen menos si son a tiempo.
            Mientras la ciudad duerme comienzan casi todas las historias que realmente vale la pena vivir y escribir. Será porque la noche, como dice la canción, debilita los corazones. O será, sencillamente, porque mientras la ciudad duerme los insomnes, los que sufren de mal de amores, los malditos, las buenas mujeres malas, los borrachos, los trileros, las camareras que aprendieron a no sonreír más de la cuenta,  los que lo perdieron todo y el sueño les parece un lujo, los verdaderos y honestos, a la manera de las sombras, habitantes de la noche, comienzan su jornada.

No sé vosotros, pero si hay que elegir un bando, mi trinchera estará junto a ellos cada madrugada. Mientras la ciudad duerme.