martes, 8 de julio de 2014

Mientras la ciudad duerme

            Mientras la ciudad duerme yo voy saltando de tecla en tecla. Fumo, escribo y miro por la ventana la tranquilidad de la madrugada: la calle desierta, huérfana del tráfico. Las ráfagas de luces de la sirena de un coche patrulla de la policía, mudo, sin hacer ruido, se cuelan dentro de mi habitación. Te han trincado, tronco. Pienso mientras me enciendo un cigarro y sonrío de medio lado.
            Mientras la ciudad duerme, una pareja se atrinchera en un portal. Buscan el refugio de las sombras y desatan sus brazos. Lejos de miradas indiscretas se comen a besos con urgencia porque ella llega tarde a casa. Se devoran impacientes. Las manos, hambrientas, torpes, inexpertas, buscan y encuentran. Él resopla y ella se muerde el labio mientras camina de espaldas, camino al ascensor. Él contempla el hipnótico bamboleo de su culo al marcharse. Camina trazando círculos imposibles con las caderas. Aunque mañana, en el instituto, volverán a verse, el atracón de besos de esta noche les ha sabido a poco.
            Mientras la ciudad duerme, un taxista dormita dentro del coche. En la radio suena Angelillo, con la pena del que se tuvo que marchar, elegante y galán, cantando aquella del Camino verde. No ha hecho aún ni una sola carrera y duda entre quedarse en la parada o acercarse a por un coñac al bar de cada noche. Saca de la guantera del coche una quiniela y la rellena al azar, poniendo los unos, los doses y las equis sin mirar siquiera qué equipos son los que juegan. Al Real Madrid-Granada le ha puesto un dos. Con un par de cojones.
            Mientras la ciudad duerme, mis heridas se desperezan. Mis viejos fantasmas reviven con las sombras; salen a pasear, se sientan a mi lado en el estudio en el que escribo. A veces, me miran con las caras de todas las mujeres que nunca fueron mías y se hacen fuertes tras el espejo. Clavan sus ojos en los míos y tuercen las bocas en un gesto de sonrisa amarga.
            Mientras la ciudad duerme una mujer fuma en un balcón. Expulsa el humo despacio y mira las luces, a lo lejos, de la autopista. Se pregunta por qué nadie la invitó a huir. Hace tiempo que entendió que no merece la pena soñar. Bajó los brazos, hincó la rodilla, aprendió que las derrotas duelen menos si son a tiempo.
            Mientras la ciudad duerme comienzan casi todas las historias que realmente vale la pena vivir y escribir. Será porque la noche, como dice la canción, debilita los corazones. O será, sencillamente, porque mientras la ciudad duerme los insomnes, los que sufren de mal de amores, los malditos, las buenas mujeres malas, los borrachos, los trileros, las camareras que aprendieron a no sonreír más de la cuenta,  los que lo perdieron todo y el sueño les parece un lujo, los verdaderos y honestos, a la manera de las sombras, habitantes de la noche, comienzan su jornada.

No sé vosotros, pero si hay que elegir un bando, mi trinchera estará junto a ellos cada madrugada. Mientras la ciudad duerme.

4 comentarios:

  1. Yo también escojo la noche sin dudarlo. Qué bonito escribes.

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    1. Muchas gracias, Telma. Me alegra saber que te gusta lo que hago

      Un saludo!

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  2. Respuestas
    1. Estupendo, en esta trinchera siempre hay sitio para uno más!

      Un saludo.

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