martes, 12 de agosto de 2014

En La Playa de las Mujeres

Nos bastaron un par de frases hechas, cutres y previsibles, para terminar sobre la arena de La Playa de las Mujeres, comiéndonos la boca. Yo no sabía tu nombre ni tú el mío. Pero daba igual. Nos importaban poco nuestras historias. Sólo queríamos eso, comernos, con la pasión del verano. Revolcarnos frente aquel mar, saciar nuestras ganas de animales hambrientos.
Tus amigas te buscaban, los míos se fueron sin avisar. Decidimos escaparnos y pasar un rato a solas sentados en la arena. Tú sacaste de tu bolso una china de hachís del malo que te vendió un gitano con todo el arte y la guasa del mundo. Sabías que ese hachís era malo de cojones, pero no pudiste negarte. Te hiciste el canuto con una profesionalidad exquisita. Por no romper el ritual nos quedamos en silencio. Yo miraba las olas que lamían la orilla con la ternura de un amante. Cuando terminaste, me pediste fuego y al acercar la llama del mechero, vi que tus ojos tenían concentrados todos los misterios de este mundo. El olor del hachís, el salitre, el rumor de la mar, ¿cómo no iba a desear comerte la boca en ese jodido momento?
Yo, que cuando salimos de aquel bar sólo pensaba en devorarte, me vi consumido por ti. Atacaste  sin miramientos, sin remilgos, sin vergüenza y sin perder la compostura. Abriste la boca para besarme y me engulliste. Me agarraste la cara, para no dejarme escapar. Luego tu mano buscó mi bragueta y enterraste allí tu mano. No dejabas de mirarme a los ojos. Aún con el canuto en la mano, te subiste la falda y te sentaste a horcajadas sobre mí. No te importaba que alguien nos estuviese viendo. Movías la cintura trazando curvas imposibles, como dibujando un mapa que sólo podía llevar a la perdición. Resumiendo: follamos hasta reventar sobre la arena. Fue un polvo egoísta, tú ibas a la tuyo y yo a lo mío. Pero así son casi siempre los polvos con desconocidos. Luego nos levantamos de la arena, tú recompusiste tu ropa, dijiste que ibas a buscar a tus amigas y te marchaste. Yo seguí sentado un rato más allí.
Te recuerdo ahora, tantos años después, mientras me fumo un cigarro apoyado en la barandilla del paseo de esa misma playa. Te recuerdo ahora, justo en el mismo sitio, cerca de las rocas, donde una pareja se come a besos. Te recuerdo ahora, que el mar se está tragando el sol y la noche afila sus colmillos. Te recuerdo ahora, hermosa y desconocida, mujer sin nombre y sin historia, porque he vuelto a esta ciudad marinera y quién sabe si el motivo de todos mis regresos eres tú.

Termino de fumarme el cigarro y echo a andar en dirección al casco antiguo pero antes de irme, me giro y vuelvo a mirar a la pareja que se besa abajo, en la playa. Me muero de ganas de gritarle al tipo que no sea gilipollas, que al menos le pregunte su nombre. Entonces comprendo que el gilipollas soy yo y me alejo a pasos muy rápidos de aquella playa, de la pareja y del cadáver recién exhumado de mi juventud.