viernes, 19 de septiembre de 2014

De ángeles y demonios

Quizás fue la quinta copa, la de más, la que tuvo la culpa de todo. Tal vez se dejó llevar por el brillo mortal de los ojos de aquella camarera. Puede que fuera porque era la madrugada de un lunes y el bar estaba vacío y en la calle hacía frío y el miedo al fracaso se diluyó en aquel primer trago al cubata de ron. El caso es que lo intentó.
Saltó al vacío, se tiró al barro y le dijo a la camarera, que esa noche estaba especialmente guapa, que se pusiera la penúltima, pero que pusiera otra copa para ella; que él invitaba. La camarera, como todas las camareras o por lo menos como todas las buenas camareras, curtidas en la noche, acostumbradas a bregar con borrachos, chulos, graciosillos y soplapollas varios, ni siquiera contestó. Se limitó a coger un único vaso de tubo y a poner tres piezas de hielo. Sabemos que el alcohol acolcha los fracasos: por eso él ni se molestó ante aquel desprecio. Él ya estaba más que acostumbrado a ese tipo de actitudes, por eso en el fondo odiaba a esas mujeres que se saben hermosas y pasan por la vida como si estuviesen por encima de todo, como si fueran soberbios arcángeles que menosprecian a los mortales.
La camarera cogió la botella de Havana 7 y comenzó a llenar el vaso, echó más ron de lo normal. Luego cogió una botella de coca cola, sacó el abridor que llevaba escondido en la cintura del pantalón (al hacerlo la camiseta se le subió lo justo como para que él, en un vistazo fugaz, pudiese verle el ombligo). Abrió el refresco, lo puso junto a la copa de ron y desapareció por la puerta del almacén.
Él le dio el primer trago al cubata con la intención de tragar mejor aquella nueva derrota (una más). Dejó de mirar los movimientos de aquella mujer y se giró. Orientó su cuerpo hacia la puerta de salida. Pensó que quizás fuera hora de marcharse. Tal vez sería mejor beberse esa copa que acababa de ponerle y echarse a la calle. Deambular por la noche sin destino, simplemente caminar, tratando de resolver los enigmas que guardan las sombras. Porque también sabemos que de madrugada, todas las calles guardan secretos.
Escuchó un ruido de tacones. La camarera sacó un manojo de llaves y cerró la puerta del local desde dentro. Era hora de cerrar. Mientras ella desandaba el camino de vuelta a la barra, él rebuscó un billete en sus bolsillos. Se giró con intención de pagar y vio que la camarera se encendía un cigarro. Junto a su copa de ron a medio beber, había aparecido como por arte de magia otra copa igual. Entonces la camarera, soltando el humo de la primera calada del cigarro le dijo “Yo no sé tú, pero yo soy incapaz de beber sin fumar” y él no tuvo más cojones que sonreír y darle la razón. A fin de cuentas, no todos los días un arcángel guarda sus alas y la espada de fuego de su indiferencia y decide beber con un mortal más acostumbrado a bregar con demonios que con ángeles.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Noche de caza

            Es sábado y ella se maquilla delante del espejo. Se perfila los labios con precisión de  cirujano. Se pone unos zapatos negros, altos y de tacón de aguja. Pulveriza sólo unas gotas de perfume que le humedecen levemente el cuello y el canalillo del escote. Revisa el bolso antes de salir, se enciende un cigarro, coge las llaves y sale de su casa. Ya en la calle, se monta el coche y enciende la radio. Al sentarse, el vestido negro y corto, se le queda a la mitad del muslo, casi dejando ver más de lo que debería. Conduce sin prisa por el centro de la ciudad y en un semáforo, en paralelo a ella, se para un coche con cuatro chicos jóvenes (no llegarán a los treinta, piensa). La miran y le dicen algo. Ellos ríen y ella hace como si no los escuchara. Como si no los viera. Nota sus miradas asomándose al balcón de su escote y se ríe para sus adentros. Su marido nunca le dejó ponerse escotes y mucho menos como el que lleva hoy. El semáforo se pone en verde y sigue conduciendo. Tiene suerte y encuentra aparcamiento cerca del bar donde la esperan sus amigas. Ellas ya van por la segunda ronda. Le recriminan con bromas su retraso. Pide una cerveza y le mira el culo con descaro al camarero. Cuatro cervezas después salen del bar.
            Caminan hasta la discoteca de moda. En la puerta, el portero las reconoce y se saltan la cola. A su paso van dejando un reguero de cuellos rotos de hombres. A duras penas llegan hasta la barra. La música machacona y pachanguera está demasiado alta. Hay demasiada gente en el local. Hace calor y la primera copa les dura poco. Vuelven a pedir y el camarero, les invita a unos chupitos. Es curioso ver las distintas reacciones que producen: los hombres las miran y se les intuye el pensamiento en la mirada mientras que las mujeres, las menos agraciadas sobre todo, las miran y mascullan entre dientes. Los hombres con pareja las miran de reojo.
            Llaman la atención por sus escotes, por sus vaqueros ajustados o por sus vestidos ceñidos. Transmiten esa sensación de ser mujeres libres de complejos. Posiblemente algunas de ellas se casaron y tuvieron hijos demasiado pronto y ahora están dispuestas a recuperar el tiempo perdido. Son mujeres sabias, que vienen de vuelta de muchas cosas y algunas, han tenido que sufrir ese machismo ibérico tan nuestro en sus carnes. Pero ya no: ahora les toca a ellas. Beben, fuman, se ríen a carcajadas y si se tercia, no le dicen que no a un polvo de una noche.
            Un grupo de chavales se les acercan. Son bastante más jóvenes que ellas. Son altos, guapos, se nota que van al gimnasio. Llevan polos con un jinete montando un caballo en el pecho, van peinados hacia atrás con gomina. Pijos de manual. Ellas les dan coba un rato hasta que les sacan unas copas y luego los despachan. Siguen a lo suyo, riendo y bebiendo. Y yo brindo por ello y por ellas y les deseo que esta noche o la noche que ellas quieran, tengan buen viento y buena caza. Se lo merecen. Han roto sus cadenas, ahora saben lo que quieren que, sencillamente, es disfrutar de lo que no pudieron disfrutar en su momento. Saben que ahora están en su mejor momento y van a exprimir la vida todo lo que puedan.

            Mientras observo como una de ellas habla con un tipo de su edad, elegante y seguro de si mismo, sigo bebiendo y suspiro mirando a la chica que me acompaña, mientras pienso que esta noche, me toca conformarme con mirarlas de reojo.