viernes, 5 de septiembre de 2014

Noche de caza

            Es sábado y ella se maquilla delante del espejo. Se perfila los labios con precisión de  cirujano. Se pone unos zapatos negros, altos y de tacón de aguja. Pulveriza sólo unas gotas de perfume que le humedecen levemente el cuello y el canalillo del escote. Revisa el bolso antes de salir, se enciende un cigarro, coge las llaves y sale de su casa. Ya en la calle, se monta el coche y enciende la radio. Al sentarse, el vestido negro y corto, se le queda a la mitad del muslo, casi dejando ver más de lo que debería. Conduce sin prisa por el centro de la ciudad y en un semáforo, en paralelo a ella, se para un coche con cuatro chicos jóvenes (no llegarán a los treinta, piensa). La miran y le dicen algo. Ellos ríen y ella hace como si no los escuchara. Como si no los viera. Nota sus miradas asomándose al balcón de su escote y se ríe para sus adentros. Su marido nunca le dejó ponerse escotes y mucho menos como el que lleva hoy. El semáforo se pone en verde y sigue conduciendo. Tiene suerte y encuentra aparcamiento cerca del bar donde la esperan sus amigas. Ellas ya van por la segunda ronda. Le recriminan con bromas su retraso. Pide una cerveza y le mira el culo con descaro al camarero. Cuatro cervezas después salen del bar.
            Caminan hasta la discoteca de moda. En la puerta, el portero las reconoce y se saltan la cola. A su paso van dejando un reguero de cuellos rotos de hombres. A duras penas llegan hasta la barra. La música machacona y pachanguera está demasiado alta. Hay demasiada gente en el local. Hace calor y la primera copa les dura poco. Vuelven a pedir y el camarero, les invita a unos chupitos. Es curioso ver las distintas reacciones que producen: los hombres las miran y se les intuye el pensamiento en la mirada mientras que las mujeres, las menos agraciadas sobre todo, las miran y mascullan entre dientes. Los hombres con pareja las miran de reojo.
            Llaman la atención por sus escotes, por sus vaqueros ajustados o por sus vestidos ceñidos. Transmiten esa sensación de ser mujeres libres de complejos. Posiblemente algunas de ellas se casaron y tuvieron hijos demasiado pronto y ahora están dispuestas a recuperar el tiempo perdido. Son mujeres sabias, que vienen de vuelta de muchas cosas y algunas, han tenido que sufrir ese machismo ibérico tan nuestro en sus carnes. Pero ya no: ahora les toca a ellas. Beben, fuman, se ríen a carcajadas y si se tercia, no le dicen que no a un polvo de una noche.
            Un grupo de chavales se les acercan. Son bastante más jóvenes que ellas. Son altos, guapos, se nota que van al gimnasio. Llevan polos con un jinete montando un caballo en el pecho, van peinados hacia atrás con gomina. Pijos de manual. Ellas les dan coba un rato hasta que les sacan unas copas y luego los despachan. Siguen a lo suyo, riendo y bebiendo. Y yo brindo por ello y por ellas y les deseo que esta noche o la noche que ellas quieran, tengan buen viento y buena caza. Se lo merecen. Han roto sus cadenas, ahora saben lo que quieren que, sencillamente, es disfrutar de lo que no pudieron disfrutar en su momento. Saben que ahora están en su mejor momento y van a exprimir la vida todo lo que puedan.

            Mientras observo como una de ellas habla con un tipo de su edad, elegante y seguro de si mismo, sigo bebiendo y suspiro mirando a la chica que me acompaña, mientras pienso que esta noche, me toca conformarme con mirarlas de reojo.

1 comentario:

  1. Quizás es como más bella sea una mujer: vista de reojo.

    Un saludo!

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