sábado, 5 de diciembre de 2015

Aún no es tarde

            Aún no es tarde. En realidad, para estas cosas nunca es tarde. Quiero decir que le eches huevos. Que te atrevas de una puta vez a mirarle a los ojos y que seas capaz de decirle todo lo que sientes. Abre tu pecho en canal y vacíate. Cuéntaselo todo. Confiésale que todavía sigues diciendo su nombre en voz alta sólo por el placer de escuchar como suena su nombre en tus labios. Confiésale que a veces rebuscas en la caja de zapatos, donde guardas todos tus recuerdos, y sacas una foto de carnet de él, o una flor seca que te regaló el día que fuisteis a cenar a aquel sitio tan caro y tan pijo y dile que lo echas de menos.
            Cuéntale como en más de una ocasión has estado a punto de llamarlo por teléfono. Cuéntale que una vez creíste haberlo visto parado frente al escaparate de una tienda de discos viejos y que el corazón comenzó a latirte como si se quisiera salir y que las manos comenzaron a sudarte y que durante demasiado tiempo dudaste entre acercarte y saludarlo o dejarlo ir sin más. Cuéntale que elegiste la segunda opción y que sigues con la duda de si era él o no. Sé valiente, dile que después de un año sin saber nada de él, la única vez que lo volviste a ver te pareció que seguía igual de guapo. Quizás hasta estuviera más delgado. Dile lo raro y lo duro que fue saludarle con dos besos. Dile que le mentiste, que es mentira que todo te vaya bien. Mírale a los ojos y dile que fue un error, que fue una puta equivocación dejarlo marchar. Que todos los días te acuerdas de él, que no hay una sola noche en la que no maldigas su ausencia. Dile que tu piel se sabe huérfana de sus caricias, dile que no hay manta capaz de quitarte el frío que da la soledad por las noches.
            Sincérate con él y cuéntale que intentaste seguir adelante. Dile que intentaste rehacer tu vida. Dile que hubo otros hombres. Dile que buscaste el brillo de sus ojos en los ojos de otros. Que de todos esos, hubo unos pocos que compartieron tu cama. Dile que el sexo sin él es menos sexo —eso le va a gustar, seguro—. Dile que los orgasmos con los otros, los pocos que has tenido, eran también menos orgasmos. Dile que añoras la pasión animal que se desbordaba de vuestra cama, que echas de menos los fuegos artificiales y las explosiones de placer y las noches eternas de sudores y jadeos.
            Juégatelo a una carta. No pierdes nada pero vas a ganar mucho. No vayas a ser tan estúpida de no hacerlo por el qué dirán. Tiene que importarte una mierda lo que nadie piense. Si te apetece volver a intentarlo, que nadie ni nada te frene. Quizás él no quiera saber ya nada de ti y haya rehecho su vida. Pero si no es así, si él todavía espera que suene el teléfono y sea tu voz la que responda al otro lado, si su piel también se sabe huérfana de tus dedos y su sexo es menos sexo, no te perdonarías nunca no haber vuelto a intentarlo. Qué más da que ya lo hayáis intentado varias veces y no haya funcionado: ¿Quién te dice a ti que esta vez no será la definitiva? Quizás él no quiera volver a intentarlo, pero eso no lo vas a saber hasta que no se lo preguntes.
            Así que venga, quítate las gafas, límpiate las lágrimas, sécate los ojos y ármate de valor. Tan sólo, cógete una coleta y no te maquilles, ya sabes que no te hace falta. Móntate en el coche y ve a por él. Suéltaselo todo. No te calles nada. Clávate en sus ojos y sé sincera con él y contigo. Bien sabes que sé de lo que hablo, yo alguna vez también habité el infierno el que tú andas ahora. Yo alguna vez, dejé escapar a una mujer por mi falta de valor. En realidad, he dejado escapar a más de una mujer. Y, en serio, esa sensación de sentir que se te resbala de la punta de los dedos es horrible.

            Así que venga, ya esta bien de charla y a por él. Que yo te espero aquí, donde siempre. Como siempre.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

La noche en la que te encontré

 Aquella noche en la que te encontré ibas a la deriva, como una sirena cansada en mitad de la madrugada. Tú no te acordarás, pero yo sí: llevabas el pelo firme, tirante, recogido con una coleta, un jersey a rayas rojiblancas, un pantalón negro ajustado y zapatos planos. Hasta ese momento nunca había sabido lo corta que puede ser una noche. Los minutos se nos escurrían entre los dedos como la arena de un reloj. Devoramos cada hora hora como dos náufragos olvidados. Y bebimos. Bebimos despacio. Tan despacio que de tanto hablar se nos aguaban las copas. En un momento de la conversación me dijiste que andabas jodida y yo te dije que eso era imposible, que eras demasiado hermosa como para estar jodida. Ahí sonreíste. Y fue en verdad una sonrisa amarga, hermosamente amarga. Imaginé a Piaff riendo exactamente así.
Aquella noche en la que te encontré, yo estaba cansado. De todo. De la vida en general. Bebía por el placer de beber y ya ni siquiera escribía. Había bajado los brazos, como el boxeador que ya se sabe vencido. Pero llegaste tú, sin saber de dónde cojones habías salido, y comenzaste a hablar conmigo. Pero allí estabas, plantada frente a mí, acodada en la barra y sonriendo y hablándome como si me conocieses de toda la vida. Y a mí también me parecía conocerte de siempre. Reconocí tus gestos, todos y cada uno de ellos: la forma de apartarte el pelo de la cara, los ataques de timidez que te hacían mirar al suelo, los hoyuelos de tu mejilla al sonreír. Incluso cuando pusiste tu mano sobre mi brazo, creí reconocer ese tacto. Y era normal que los reconociera porque me he pasado toda mi puta vida escribiendo, hablando, soñando y emborrachándome por mujeres como tú. Mujeres que nunca se acercan a los tipos como yo. Mujeres hermosas, sabias, dulces, revolucionarias, que siempre pasan por la vida de la mano de otros tipos.
Aquella noche en la que te encontré, de un zarpazo felinamente femenino, acabaste con todos mis fantasmas. Como una hechicera de las sombras, con el ritual de tu risa, los expulsaste de mi lado, los desterraste al olvido. Y seguimos bebiendo. Yo te dije que una mujer como tú, desordena el paisaje. Tú me dijiste que en mis brazos podrías sentirte segura cuando estallase una tormenta. Y ya estábamos borrachos cuando sin previo aviso me besaste. El tiempo echó el ancla y todo desapareció a nuestro alrededor. Fuimos dos bocas que se devoraban y unas manos que se buscaban con la necesidad y el ansia de encontrarse. El amanecer nos sorprendió jugando dentro de mi coche y comprobé que bajo la luz del día eras aún más hermosa.

Aquella noche en la que te encontré, que fue demasiado corta, como han de ser las historias que merecen la pena vivir, terminó a las nueve de la mañana. Tú cogías un tren hasta tu ciudad. Alguien te esperaba en casa. Prometimos volvernos a ver. Prometimos, como dice la canción, no olvidarnos. Quién sabe si cumpliremos nuestras promesas. Yo creo que no. La cuestión es que la noche aquella en la que te encontré bebí de tu boca, soñé de tu mano y comí de tu carne. Con eso me basta. Con eso me sobra. Con eso tengo suficiente para torturarme hasta que otra noche, sin saber de dónde cojones ha salido, otra mujer que me recuerde a ti y a todas, vuelva a beber, a sonreír y a soñar a mi lado.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Instrucciones para desnudar a una mujer

Plántate frente a ella, en el dormitorio, y mírala a los ojos. Sonríele. Primero, quítale las gafas de pasta negra y ponlas sobre la mesita de noche. Agarra el coletero que amarra su pelo y deslízalo con suavidad hasta que quede libre su melena. Ahora, apártale el cabello de los hombros y deshaz el nudo del pañuelo que abraza su cuello. Déjalo caer con suavidad sobre la cama. Invítala a que levante los brazos, como si quisiera tocar el techo y busca el sur de su jersey. Agárralo y súbelo despacio hasta liberar su cabeza y sus brazos. Ponlo sobre la cómoda, ya habrá tiempo de doblarlo y ponerlo en el armario.
Es el momento de las piernas. Desabrocha el primer botón. Quizás en esta parte, si a ella le gusta llevar pantalones ceñidos, tendrá que aguantar la respiración y meter barriga. Una vez abierto el primer botón, repite la misma operación con los dos restantes. En este punto ya tendremos a la vista su ropa interior: olvídala de momento. Aunque esas braguitas negras, casi transparentes, pidan a gritos otro tipo de acción. Antes de seguir con el pantalón, es preciso quitarle los zapatos. De no hacerlo, nos encontraríamos con que los pantalones no saldrían y la comicidad de la escena le quitaría la esencia a nuestro objetivo. Una vez con los zapatos fuera de plano, y con los tres botones abiertos, siéntala en la cama, pídele que estire las piernas y, cogiendo el pantalón de los bajos, tira hacia ti con la fuerza justa y necesaria para que resbalen y quede expuesta ante ti la belleza soberbia e infinita de sus dos piernas. Aprovecha ahora y quítale también los calcetines. Ya sólo le queda una camiseta blanca, el sostén y las braguitas. Repite los pasos para quitar el jersey, con la camiseta blanca. Ha llegado el momento de la verdad. Ante ti tienes su sujetador. No te preocupes, no te pongas nervioso que no es tan difícil como pudiese parecer. Esos malditos corchetes no van a poder contigo. Un inciso: podrías desabrochar los corchetes sólo con una mano —en serio—, pero para eso se requiere algo de práctica, así que vamos a ver cómo se quitaría el sujetador con las dos manos. Rodéala con tus brazos y busca los corchetes de marras, normalmente son dos puestos en paralelo. Es importante saber en este paso que la acción sólo la ejecuta una mano. Es decir, con una mano sujeta firmemente uno de los dos paneles posteriores, concretamente el que tiene el corchete, digamos hembra. Ahora empuja el otro panel posterior hasta sacar el corchete macho de su emplazamiento. Listo, así de fácil. Ahora deja caer de los hombros, como un árbol talado, los tirantes del sujetador y libera los dos pechos de su prisión de tela. Admira la perfección de la obra.
Por último, pon tus dedos sobre la cintura de las bragas y poco a poco —esto es muy importante—, muy poco a poco, saboreando el momento con los dedos, comienza a despojarla de su ropa interior. Bájalas por los muslos, continúa hasta las rodillas, a estas alturas, las bragas ya deberían haberse enrollado sobre ellas mismas, convirtiéndose en un perverso ovillo de lujuria. Continúa bajándolas por las pantorillas y sácalas por los tobillos, hasta quedarte con ellas en tus manos. Ahora el crespón de luto de su pubis, está a la intemperie. A tu vista. A unos centímetros de tu cara.

Ya está desnuda, magníficamente desnuda. A partir de este momento, lo que hagas, amigo mío, es cosa tuya.

martes, 12 de mayo de 2015

Ese momento

Ese momento en el que dejo de besarte el cuello y mis manos bajan bordeando la costa de tu cintura; y el tic tac del reloj se detiene; y tu respiración, poco a poco, se va a acelerando.
            Ese momento, en el que hinco las rodillas en el suelo y tus bragas están a medio quitar, justo a la mitad de tus muslos, y frente a mí se descubre tu sexo, que brilla, que palpita, que me reclama con la insistencia que da la lujuria.
            Ese momento, en el que yacemos como dos árboles vencidos sobre la cama, desnudos, impúdicos, y nuestras ganas ya no entienden de pudor ni de remilgos. Ese momento en el que nos olvidamos de las buenas maneras y nos convertimos en dos animales salvajes, sucios y perversos.    
            Ese momento en el que todo es saliva y aullidos y tienes el rímel corrido, el pelo revuelto y la piel marcada. Nos devoramos a la vez, hambrientos de sexo porque en ese momento no hay nada prohibido entre nosotros. Vamos alternando la dominación y la sumisión, el placer y el dolor, el ritmo frenético de la excitación y la pausa en el momento justo. Recorremos juntos el camino que nos lleva a la locura.
Ese momento en el que no podemos más y nos dejamos ir. Nos abandonamos al placer y sabemos que ya no hay vuelta atrás, que no tenemos escapatoria. Ese momento en el que se nos queda la mente vacía y nos apretamos más, como las piezas de un puzle tan lascivo como hermoso. Ese momento en el que todo termina en un gran Big Bang en blanco que dura casi un minuto, en el que nos convulsionamos como dos peces fuera del agua, regando de vida la cama.
            Ese momento en el que cojo de la mesilla de noche el paquete de tabaco y me enciendo un cigarro, aún con la boca sabiéndome a ti. Ese momento en el que como un dragón exhausto lanzo el humo por la boca y te miro, desnuda, sudada, cansada y perfecta. Ese momento en el que todavía tienes restos de vicio en la mirada y resoplas y sonríes y te levantas de la cama para ir camino del servicio y tu culo baila al compás de tus pisadas.

            Ese momento, ese jodido momento, es, sencillamente, lo que llaman vida.

lunes, 13 de abril de 2015

Algún día

            Hace un frio de cojones. El viento helado de la madrugada corta como un bisturí y aún así, ella sigue a lo suyo: a enseñar lo poco que consigue ocultar su minifalda. A veces, cuando un coche aminora y pasa casi deslizándose como una serpiente junto a ella, se abre el abrigo y muestras sus pechos. Entre cigarro y cigarro, masca chicle. Juguetea con él en la boca, de vez en cuando hace una pequeña pompa que estalla en sus labios. Entonces recompone la goma con la lengua y vuelve a hacer otra. Así va pasando la noche. Las calles del polígono industrial a estas horas están desiertas: sólo ellas y los clientes que acuden a buscarlas. En la calle paralela a la que ella se trabaja, están las rumanas, con sus chulos; las travestis están junto a una vieja fábrica de ladrillos y al fondo del todo, pegando a la autopista, las africanas. No se mezclan y apenas hablan entre ellas. Algunas han hecho un par de hogueras para combatir el frío.
            Pasa casi media hora hasta que aparece un coche, un Renault Megane. La música atronadora y hortera delata que en su interior irán un par de niñatos. Ya está curada de espantos y sabe lo que hay. Llegan hasta ella, bajan las ventanillas y empiezan las risas, los comentarios soeces, los insultos. Ella, que se ha dado la vuelta al verlos llegar, aguanta estoicamente. No hay noche que no venga un grupo de gilipollas como esos. Aguanta, aprieta los puños presa de la rabia. Ya no tiene miedo: lo perdió en la quinta paliza que le dieron en Madrid cuando se hacía el Parque del Oeste. Sabe que este mundo de mierda es así, que está sola, que nadie va ayudarla. Al menos, el café que le dieron los de la Cruz Roja hace un par de horas le ha ayudado a calmar algo el frío.
Ahora un Citroen C4 negro se para frente a ella. El conductor, un tipo muy flaco y muy feo, baja la ventanilla y le pregunta algo. Se acerca dispuesta a venderse y responde mecánicamente lo de siempre. El tipo del coche regatea. De veinte euros que ella le pide, el cabrón dice que sólo le da diez. Ella ni contesta; se aparta del coche y vuelve a la acera. Entonces le dice que sí, rubia, que venga, que veinte euros. Y ella se gira, despacio, y camina hacia el coche como una condenada a muerte. Mientras se dirigen a un callejón oscuro y apartado, ella no habla; sólo mira por la ventanilla. La madrugada vista con sus ojos indios, no tiene nada de misterio ni de romanticismo. El coche y el tipo huelen mal, a sudor rancio. Él intenta hacerse el gracioso, pero ella ni sonríe ni contesta.
Llegan a su destino. Detiene el vehículo y pone el freno de mano. Todo afuera es oscuridad. Ella se gira por primera vez hacia él y tiende la mano, esperando su dinero. El tipo saca un billete pero cuando ella lo va a coger, lo retira a la vez que una sonrisa siniestra amanece en su rostro y le dice “pórtate bien, rubia”. Ella descubre que el aliento le huele a alcohol y siente asco. Mucho asco. Traga saliva. Mentalmente reza una oración, se maldice. Maldice su perra suerte, maldice al tipo que la mira como si fuera carne. Algún día se acabará todo esto, piensa mientras se remueve en el asiento del copiloto. Algún día dejará esta vida que no es vida. Algún día dejará de mentir a sus hijos y regresará a su país y volverá a ser feliz. Algún día despertará de este mal sueño.

Hunde la cabeza en la entrepierna del tipo, que le ha puesto sobre la cabeza una mano para indicarle el ritmo que ha de seguir. Ella siente la presión de esa mano en su cabeza y no puede evitar que una lágrima furtiva, oscura como la madrugada que araña los cristales del coche, ruede despacio por su mejilla hasta llegar a su boca. La lágrima, salada, sabe más amarga aún mezclada con el sabor de su saliva y del látex del condón. Algún día, repite para sus adentros. Algún puto día.

miércoles, 18 de marzo de 2015

De dioses injustos

Podría mentir y decirte que todo va a salir bien, pero ambos sabemos que no será así. Tú y yo somos de esas personas a las que la suerte nunca mira. Somos de los que cuentan sus sueños por derrotas. Pero fíjate que aún así, sonreímos. Tal vez por eso los dioses se ceban con nosotros: no soportan vernos reír, felices en el fracaso. Se encabronan, se encelan, y desde el Olimpo o desde el Cielo o desde donde cojones vivan los dioses, nos lanzan sus rayos de ira, nos ponen zancadillas, nos ponen a prueba para ver hasta dónde somos capaces de resistir. Pero nosotros no somos ni Job ni Abraham. Es por ello que blasfemamos y negamos sacrificios. Y claro, los dioses se enfadan. No asimilan que ni yo soy barro ni tú costilla. No somos ni imagen ni semejanza más que de nosotros mismos. Que llevamos el pecado por bandera y que en nuestro Paraíso las serpientes bailan al ritmo de nuestro canto herético y libertario.
            Los dioses se enfadan con nosotros porque no los adoramos. Porque no les tememos. Como aquel poeta, descendimos los nueve círculos del Infierno y vimos la cara de Lucifer. Sentimos el sulfuro de su aliento en nuestros rostros. Ya hemos estado en el infierno y hemos vuelto. ¿Recuerdas? En el camino de vuelta, le pedimos a Caronte que parase la barca y nos sentamos a la vera de la orilla del Estigia para ver con morboso placer, la lluvia de almas de los condenados. Y volvimos más fuertes. Después de aquel viaje ya no temíamos a nada ni a nadie.

            Y en esas estamos, huyendo de dioses coléricos y vengativos. Esperando la llegada de las Erinias. Despojados de la gracia y el favor divino. Pero vivos. Por eso, aunque sabemos de antemano que estamos condenados al fracaso, sonreímos. Porque nos tenemos el uno al otro, porque caminamos juntos, porque desde que el alba despunta y abrimos los ojos vivimos el milagro cotidiano y sencillo de estar juntos. Ese prodigio no se lo debemos a ningún dios trino y cruel. No se lo debemos a los dioses endogámicos del Olimpo. Y no se lo debemos a ningún dios porque, a pesar de su soberbia omnipotencia, nunca va a saber en su puta y eterna vida, lo que es el amor entre dos mortales condenados. Si no saben de qué coño va esto del amor, de la pasión, si no saben que son tus ojos zarzas ardientes y tu boca manantial de vida y tu pubis el oráculo que nunca falla. Si no saben que tu cuerpo es el único templo donde me ofrezco en sacrificio cada noche; que solamente te arrodillas a tu voluntad ante mí para comer de mi carne, en un ritual eucarístico caníbal y perverso; que yo únicamente comulgo con el sagrado vino que se derrama por tus muslos. Si no saben nada de eso, sólo me queda pensar que nos castigan por joder, por envidia. Por eso te digo que aunque esto no salga bien, aunque nos toque perder por enésima vez, nadie nunca nos va a arrebatar el gustazo de haberlo intentado, de haber puesto contra la pared a todos esos dioses injustos. 

viernes, 6 de marzo de 2015

El viejo y la india

Empuja una silla de ruedas en la que va sentado un anciano decrépito y con cara de pocos amigos. Habla solo o quizás le hable a ella, pero ella no lo escucha o hace como que no lo escucha. Ya ha cumplido los treinta años y su piel, negra de revoluciones, delata que este viejo y miserable país no es el suyo. Van caminando por una de las arterias de un barrio obrero, con demasiados parados sentados en los bancos a ver pasar el día. Nadie se gira al verla pasar, a pesar de llevar grabado a fuego en su piel y en sus ojos su pasado amerindio, no es una de esas mulatas de bandera que van dejando un reguero de cuellos rotos a su paso. Ella es bajita, con los ojos muy grandes y viste una falda larga, hasta los tobillos y sandalias marrones. Empuja la silla de ruedas con desgana, ausente. El viejo de vez en cuando refunfuña y tose y escupe al suelo.
Pero ella no está ahí realmente. Ella no está empujando esa silla de ruedas por alguna calle de Vallecas o del Raval o del Zaidín. Ella realmente está en un asado donde su primo, quizás bañándose en la pileta, allá en Rosario, y mateando mientras escucha “Sr cobranza” de Bersuit Vergarabat, feliz y despreocupada, sin problemas por no tener para pagar la luca y media que vale el alquiler de su departamento. Ella no está aguantando las impertinencias de este viejo, con pinta de cadáver, maleducado y racista, si no que está tomando aguardiente mientras mueve las caderas al compás de una cumbia o preparándole a su negro un sancocho con su choclo y su ají allá en Dosquebradas. Ella no está repitiendo un día tras otro la misma rutina. Ella está paseando por la Colonia Condesa porque va a salir a pistear con las amigas al Barracuda y quizás se entone y se beba unos caballitos de Herradura reposado y pierda la vergüenza y se acerque a aquel grupo de güeros con pinta de fresas para decirles “¿Qui hubo carnales? Délen, vénganse con nosotras”. Ella está con su madre y sus hermanas, riéndose mientras caminan por La Mariscal, viendo desde la plaza Foch, como el sol muere en aquella falsa frontera entre el Norte y el Sur que es el Ecuador.

Pero la verdad, la puta realidad, es que está cuidando, cobrando una miseria, a un viejo al que su familia no quiere. Un viejo que es una carga para sus hijos, que fue un cabrón con ellos y que sólo esperan que muera pronto. Por eso en lugar de ingresarlo en una residencia o preocuparse ellos mismos porque su padre pase sus últimos años de la mejor manera posible, le pagan cuatro cochinos euros a una inmigrante y que ella lo aguante. Un viejo que le ha hecho despertar de su viaje imaginario porque después de bajar un escalón se ha revuelto y le ha escupido en la cara: «Ten más cuidado, india de mierda”. Y ella, que lleva en su sangre la insurgencia y la rebeldía de siglos de lucha, aprieta los dientes y suspira. Y resignada sigue, calle abajo, empujando esa maldita silla de ruedas. 

miércoles, 28 de enero de 2015

Esas batallas cotidianas

            El día ha cerrado las cortinas y la noche ha tomado la ciudad. Vuelve a su casa, después de todo un día en la batalla, cansado y casi vencido. Como ayer, como mañana, su vida consiste en sacar los dientes, en pelear contra viento y marea. Un día tras otro repite la misma jornada, el mismo trayecto, las mismas caras, el mismo paisaje. Después de todo un día currando como un cabrón, tiene que volverse a pie. Perdió el último autobús. Pero no se lo toma a mal. No masculla entre dientes, aunque podría, porque en la empresa en la que trabaja son unos verdaderos hijos de puta que se aprovechan de él, porque le exigen más de lo que deberían, porque lo exprimen, porque se deja el alma por un sueldo miserable, porque curra más de doce horas al día cuando su contrato es sólo de media jornada. A pesar de todo, él camina tranquilo: como el viejo soldado que vuelve jodido y triunfante de la guerra.
Al entrar en su casa ve la mesa puesta y un plato con comida. La cena se ha quedado fría. Es entonces cuando la ve a ella, dormida en el sofá. El sueño la venció esperando su regreso. La observa, tan hermosa y dormida, la besa en la frente y la abriga bien con una manta que ella misma se echó por encima. Apaga la televisión, que sin sonido ella había dejado encendida, y cena en silencio. Después de llevar los platos hasta la cocina, vuelve hasta el sofá y la despierta con suavidad, diciéndole que es hora de irse a la cama. Refunfuña mientras se levanta, aún perdida en sueños, y como una sonámbula se dirige hasta la cama.
La ve caminar, con los ojos medio cerrados y dormida, y sonríe. Ese es el tesoro. Es por ella por quién pelea, es por ella por quien día a día se deja la piel. Todo merecerá la pena mientras ella aguarde su regreso. Nada será en vano si al volver a casa, esa mujer, envuelta en la bruma de los sueños, calienta con su sola presencia ese maldito piso viejo y diminuto, que a duras penas consiguen pagar.
Ya en la cama, despierto y mirando al techo, escuchando la respiración serena de la mujer que duerme junto a él, repasa el día y se prepara para el que ha de venir. Se gira hacia ella, la besa en la coronilla y piensa que siendo pobres como las ratas, con un horizonte negro, con las manos vacías y agobiados por las deudas, aún así, son felices.

Y con este pensamiento se duerme, afilando los dientes para la batalla de mañana, dispuesto, un día más, a vender cara su piel.

martes, 13 de enero de 2015

El callejón de los tramposos

            Siempre los vi paseando juntos, siempre agarrados del brazo. Vivían en una casa de fachada rosa, vieja y desconchada, con un balcón donde siempre había geranios y ristras de pimientos secándose al sol y una jaula con una perdiz que cantaba a deshoras. A veces los veía en el mercado deambulando por los puestos, siempre sonriendo, charlando con los vendedores a los que llamaban por su nombre. Siempre han sido viejos, quiero decir que desde que tengo uso de razón los recuerdo mayores. Cuando yo nací ellos ya deberían andar por la cincuentena. El caso es que siempre andaban juntos por el barrio. Igual los podías ver haciendo la compra, cargados de bolsas, que en la puerta de la Iglesia de los Dolores el Martes Santo. Sonreían siempre y saludaban a todo el mundo. Eran historia viva de aquel barrio, de aquella calle que alguna vez se llamó el Callejón de los Tramposos. Ellos vivieron las calles sin asfaltar, sin alumbrado público. Ellos vivieron el cambio, el progreso. Siempre juntos.
            Hace unos días volví al barrio y pasé por su puerta, pero todo fue distinto. Las macetas estaban secas y no había pimientos y ninguna perdiz cantaba en su jaula. Esa casa, ese pequeño edificio de tres plantas, donde antes había sillas en las puertas y los vecinos se sentaban al fresco a charlar, ahora es un cementerio de ladrillos viejos, con pintadas en sus paredes. Al llegar a casa de mis viejos, les pregunté por aquel matrimonio amable. Ya os lo imaginaréis: hace un par de veranos, ella murió. Un maldito cáncer fulminante. Él siguió sin ella, apenas un año más. Sus vecinas cuentan que él sin ella no sabía vivir y que se fue apagando poco a poco, que se dejó morir.
            Nunca crucé una frase con ellos, pero reconozco que me dolió su muerte. Me dolió porque ya no habrá matrimonios así. Es difícil que en mi generación o en las siguientes una pareja llegue a estar cuarenta años juntos. El caso es que ellos ya no están y mi barrio se siente un tanto huérfano. Entonces me doy cuenta de que mi barrio ya no es el mismo. Ya no está la tienda de María, ni las Bodegas Espinosa, ni la acequia a la que los niños íbamos a coger ranas hace más de veinte años. Tampoco queda nada de aquel descampado al que íbamos a saltar y a hacer cabriolas con la Monty, —que era la bicicleta oficial del macarra de aquellos años—junto a la vaquería, porque el desarrollo lo transformó en un Carrefour. Tampoco existe ya el mercado de la plaza Sol y Luna, que ahora es un bloque de pisos. Poco o nada queda de mi barrio. Y, claro, poco o nada, queda también de aquel niño que ahora, jodido por el tiempo, echa la vista atrás tratando de encontrar la sombra de lo que un día fue en esas calles. Pienso en lo poco que queda de todo aquello. Mi barrio, aunque duro, era un buen barrio. Ahora es uno más.

Desando el camino hasta mi casa, en el centro de la ciudad, y suspiro y pienso que es normal: el progreso, aunque necesario, es un monstruo insaciable que devora todo a su paso. Es por eso que al llegar al parque que hace las veces de frontera, me giro y miro el barrio desde la distancia, como tuvo que mirar Boabdil esta ciudad por última vez, y me cago en el progreso, en el paso del tiempo y en la madre que los parió, por robarme mi viejo descampado, mi mercado, mi acequia, mis bodegas, mis casas de fachada rosa y mis matrimonios viejos, educados y amables. Por robarme, en definitiva, mi niñez.