miércoles, 28 de enero de 2015

Esas batallas cotidianas

            El día ha cerrado las cortinas y la noche ha tomado la ciudad. Vuelve a su casa, después de todo un día en la batalla, cansado y casi vencido. Como ayer, como mañana, su vida consiste en sacar los dientes, en pelear contra viento y marea. Un día tras otro repite la misma jornada, el mismo trayecto, las mismas caras, el mismo paisaje. Después de todo un día currando como un cabrón, tiene que volverse a pie. Perdió el último autobús. Pero no se lo toma a mal. No masculla entre dientes, aunque podría, porque en la empresa en la que trabaja son unos verdaderos hijos de puta que se aprovechan de él, porque le exigen más de lo que deberían, porque lo exprimen, porque se deja el alma por un sueldo miserable, porque curra más de doce horas al día cuando su contrato es sólo de media jornada. A pesar de todo, él camina tranquilo: como el viejo soldado que vuelve jodido y triunfante de la guerra.
Al entrar en su casa ve la mesa puesta y un plato con comida. La cena se ha quedado fría. Es entonces cuando la ve a ella, dormida en el sofá. El sueño la venció esperando su regreso. La observa, tan hermosa y dormida, la besa en la frente y la abriga bien con una manta que ella misma se echó por encima. Apaga la televisión, que sin sonido ella había dejado encendida, y cena en silencio. Después de llevar los platos hasta la cocina, vuelve hasta el sofá y la despierta con suavidad, diciéndole que es hora de irse a la cama. Refunfuña mientras se levanta, aún perdida en sueños, y como una sonámbula se dirige hasta la cama.
La ve caminar, con los ojos medio cerrados y dormida, y sonríe. Ese es el tesoro. Es por ella por quién pelea, es por ella por quien día a día se deja la piel. Todo merecerá la pena mientras ella aguarde su regreso. Nada será en vano si al volver a casa, esa mujer, envuelta en la bruma de los sueños, calienta con su sola presencia ese maldito piso viejo y diminuto, que a duras penas consiguen pagar.
Ya en la cama, despierto y mirando al techo, escuchando la respiración serena de la mujer que duerme junto a él, repasa el día y se prepara para el que ha de venir. Se gira hacia ella, la besa en la coronilla y piensa que siendo pobres como las ratas, con un horizonte negro, con las manos vacías y agobiados por las deudas, aún así, son felices.

Y con este pensamiento se duerme, afilando los dientes para la batalla de mañana, dispuesto, un día más, a vender cara su piel.

2 comentarios:

  1. Muy bueno el relato. Refleja claramente la vida cotidiana de muchísima gente. Me siento totalmente identificado con ello.
    Saludos.

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    1. Muchas gracias, amigo. Me alegra que te haya gustado.

      Un saludo!

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