miércoles, 18 de marzo de 2015

De dioses injustos

Podría mentir y decirte que todo va a salir bien, pero ambos sabemos que no será así. Tú y yo somos de esas personas a las que la suerte nunca mira. Somos de los que cuentan sus sueños por derrotas. Pero fíjate que aún así, sonreímos. Tal vez por eso los dioses se ceban con nosotros: no soportan vernos reír, felices en el fracaso. Se encabronan, se encelan, y desde el Olimpo o desde el Cielo o desde donde cojones vivan los dioses, nos lanzan sus rayos de ira, nos ponen zancadillas, nos ponen a prueba para ver hasta dónde somos capaces de resistir. Pero nosotros no somos ni Job ni Abraham. Es por ello que blasfemamos y negamos sacrificios. Y claro, los dioses se enfadan. No asimilan que ni yo soy barro ni tú costilla. No somos ni imagen ni semejanza más que de nosotros mismos. Que llevamos el pecado por bandera y que en nuestro Paraíso las serpientes bailan al ritmo de nuestro canto herético y libertario.
            Los dioses se enfadan con nosotros porque no los adoramos. Porque no les tememos. Como aquel poeta, descendimos los nueve círculos del Infierno y vimos la cara de Lucifer. Sentimos el sulfuro de su aliento en nuestros rostros. Ya hemos estado en el infierno y hemos vuelto. ¿Recuerdas? En el camino de vuelta, le pedimos a Caronte que parase la barca y nos sentamos a la vera de la orilla del Estigia para ver con morboso placer, la lluvia de almas de los condenados. Y volvimos más fuertes. Después de aquel viaje ya no temíamos a nada ni a nadie.

            Y en esas estamos, huyendo de dioses coléricos y vengativos. Esperando la llegada de las Erinias. Despojados de la gracia y el favor divino. Pero vivos. Por eso, aunque sabemos de antemano que estamos condenados al fracaso, sonreímos. Porque nos tenemos el uno al otro, porque caminamos juntos, porque desde que el alba despunta y abrimos los ojos vivimos el milagro cotidiano y sencillo de estar juntos. Ese prodigio no se lo debemos a ningún dios trino y cruel. No se lo debemos a los dioses endogámicos del Olimpo. Y no se lo debemos a ningún dios porque, a pesar de su soberbia omnipotencia, nunca va a saber en su puta y eterna vida, lo que es el amor entre dos mortales condenados. Si no saben de qué coño va esto del amor, de la pasión, si no saben que son tus ojos zarzas ardientes y tu boca manantial de vida y tu pubis el oráculo que nunca falla. Si no saben que tu cuerpo es el único templo donde me ofrezco en sacrificio cada noche; que solamente te arrodillas a tu voluntad ante mí para comer de mi carne, en un ritual eucarístico caníbal y perverso; que yo únicamente comulgo con el sagrado vino que se derrama por tus muslos. Si no saben nada de eso, sólo me queda pensar que nos castigan por joder, por envidia. Por eso te digo que aunque esto no salga bien, aunque nos toque perder por enésima vez, nadie nunca nos va a arrebatar el gustazo de haberlo intentado, de haber puesto contra la pared a todos esos dioses injustos. 

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