miércoles, 4 de noviembre de 2015

La noche en la que te encontré

 Aquella noche en la que te encontré ibas a la deriva, como una sirena cansada en mitad de la madrugada. Tú no te acordarás, pero yo sí: llevabas el pelo firme, tirante, recogido con una coleta, un jersey a rayas rojiblancas, un pantalón negro ajustado y zapatos planos. Hasta ese momento nunca había sabido lo corta que puede ser una noche. Los minutos se nos escurrían entre los dedos como la arena de un reloj. Devoramos cada hora hora como dos náufragos olvidados. Y bebimos. Bebimos despacio. Tan despacio que de tanto hablar se nos aguaban las copas. En un momento de la conversación me dijiste que andabas jodida y yo te dije que eso era imposible, que eras demasiado hermosa como para estar jodida. Ahí sonreíste. Y fue en verdad una sonrisa amarga, hermosamente amarga. Imaginé a Piaff riendo exactamente así.
Aquella noche en la que te encontré, yo estaba cansado. De todo. De la vida en general. Bebía por el placer de beber y ya ni siquiera escribía. Había bajado los brazos, como el boxeador que ya se sabe vencido. Pero llegaste tú, sin saber de dónde cojones habías salido, y comenzaste a hablar conmigo. Pero allí estabas, plantada frente a mí, acodada en la barra y sonriendo y hablándome como si me conocieses de toda la vida. Y a mí también me parecía conocerte de siempre. Reconocí tus gestos, todos y cada uno de ellos: la forma de apartarte el pelo de la cara, los ataques de timidez que te hacían mirar al suelo, los hoyuelos de tu mejilla al sonreír. Incluso cuando pusiste tu mano sobre mi brazo, creí reconocer ese tacto. Y era normal que los reconociera porque me he pasado toda mi puta vida escribiendo, hablando, soñando y emborrachándome por mujeres como tú. Mujeres que nunca se acercan a los tipos como yo. Mujeres hermosas, sabias, dulces, revolucionarias, que siempre pasan por la vida de la mano de otros tipos.
Aquella noche en la que te encontré, de un zarpazo felinamente femenino, acabaste con todos mis fantasmas. Como una hechicera de las sombras, con el ritual de tu risa, los expulsaste de mi lado, los desterraste al olvido. Y seguimos bebiendo. Yo te dije que una mujer como tú, desordena el paisaje. Tú me dijiste que en mis brazos podrías sentirte segura cuando estallase una tormenta. Y ya estábamos borrachos cuando sin previo aviso me besaste. El tiempo echó el ancla y todo desapareció a nuestro alrededor. Fuimos dos bocas que se devoraban y unas manos que se buscaban con la necesidad y el ansia de encontrarse. El amanecer nos sorprendió jugando dentro de mi coche y comprobé que bajo la luz del día eras aún más hermosa.

Aquella noche en la que te encontré, que fue demasiado corta, como han de ser las historias que merecen la pena vivir, terminó a las nueve de la mañana. Tú cogías un tren hasta tu ciudad. Alguien te esperaba en casa. Prometimos volvernos a ver. Prometimos, como dice la canción, no olvidarnos. Quién sabe si cumpliremos nuestras promesas. Yo creo que no. La cuestión es que la noche aquella en la que te encontré bebí de tu boca, soñé de tu mano y comí de tu carne. Con eso me basta. Con eso me sobra. Con eso tengo suficiente para torturarme hasta que otra noche, sin saber de dónde cojones ha salido, otra mujer que me recuerde a ti y a todas, vuelva a beber, a sonreír y a soñar a mi lado.