miércoles, 20 de abril de 2016

Cicatrizando heridas

Te vi, en el momento y el lugar menos indicado: en mi bar de siempre, mi puto bar de siempre al que, por cierto, tú nunca querías ir conmigo, mientras daba buena cuenta de una jarra de cerveza rodeado de mis amigos. Entraste a saco, riéndote a carcajadas cogida de la mano de un tipo que, tienes que saberlo, no te pega nada en absoluto. Creo que notaste el silencio que se creó en nuestra mesa, creo que te diste cuenta de las pataditas de los cabrones de mis amigos por debajo de la mesa. Sea como fuere,  pasaste por nuestro lado y te acomodaste en la barra. A un par de metros de mí. Estabas tan sólo a un par de metros y sin embargo, había un abismo entre los dos. No me queda más huevos que admitirlo: sigues preciosa. Estoicamente aguantaba las bromas de mis amigos y de vez en cuando te miraba de reojo. Te juro que yo no quería, pero a veces me llegaba el sonido de tu voz, riéndole las gracias a ese tipo que cada vez me caía peor y al que envidié por la suerte que tiene de tenerte a su lado. En un movimiento absurdo, me levanté de la mesa para pedirle al camarero otra ronda de cervezas y me puse a tu lado. Entonces tú te giraste hacia mí y, yo que creo que no había mentira en tus ojos, me saludaste efusivamente, como si fuese verdad que te alegrabas de verme. Me preguntaste por mi vida, por los amigos comunes. Algo normal, muy de cortesía todo. Y ahí estuvo mi error: hablé contigo más de la cuenta y las heridas se abrieron de par en par, como las puertas del infierno. Entonces quise raptarte de aquel bar y de aquel tipo. Quise que todo volviese a ser como en aquel tiempo en el que tuvimos a la vida agarrada por los huevos. Quise volver a sentirte mía y a sentirme tuyo. Te miré y vi tus ojos, tan llenos de sueños, y comprendí lo fácil que es —que era y que será— enamorarse de ti. Tu risa, un implacable huracán de felicidad, llenaba todo el bar mientras yo pensaba en cómo sería volver a sentir el calor de tu cuerpo junto al mío. 
En esas estaba, mirándote y deseándote y soñándome contigo, cuando recordé lo hija de puta que fuiste al marcharte. Recordé la hiel de tus palabras en aquella despedida. Recordé cómo pudiste hacerlo bien y salir por la puerta grande del olvido pero preferiste salir como una despreciable hija de puta, rompiéndome gratuitamente los sueños y el corazón. Entonces te volví a mirar y ya no me pareciste la misma. Miré al tipo que te acompañaba y sentí una compasión como de camarada por él.
Regresé a la mesa con las cervezas y os dejé en la barra. No eres la misma. Y, claro, tampoco yo soy el mismo. Pobre de ese tipo que no sabe que guardas bajo las uñas curare, entre las piernas mercurio y cianuro en la punta de la lengua. Yo ahora lo sé. Tarde, pero lo sé. Al cabo de un rato saliste del bar, desde la puerta me dijiste adiós, cuídate, que todo te vaya bien, y saliste. Saliste del bar y de mi vida, por fin, creo, para siempre.

1 comentario:

  1. En alguna ocasión he soñado un encuentro así pero la vida no me ha presentado la oportunidad, todavía, de que pueda sacar a mis fantasmas por la puerta.

    Has creado tanto ambiente que creo que he podido estar sentado al lado, tomándome una cerveza, mientras contemplaba la escena. Crack.

    Abrazos.

    ResponderEliminar