martes, 9 de agosto de 2016

Me pidió que le cantase algo

Me pidió que le cantase algo y yo tarareé bajito una canción de Ismael Serrano, la que dice aquello de “Amor mío has de saber que no soy recomendable”. Esa canción es de las que duelen. Pensé que en aquel momento nos vendría bien que nos contasen nuestra historia porque ninguno de los dos éramos recomendables. Por eso estábamos allí, bebiendo y fumándonos la tarde de un martes, observando como la ciudad seguía su curso implacable, ajena a nosotros.
“Cantas como si fueses de cristal, como si tuvieses miedo a romperte” me dijo mientras me acercaba la botella de cerveza. Quizás llevaba razón. Ya me he roto tantas veces que hasta puede que me falte algún trozo. Pero no se lo dije, tan sólo agarré la botella y bebí. “Me gusta leerte por las mañanas. Siempre lo hago. Aunque no hayas escrito nada nuevo”, siguió hablando con la vista perdida en el tráfico que a lo lejos comenzaba a colapsar la autopista. Los coches parecían hormigas ardiendo a cámara lenta. “Cada vez escribes menos, ¿verdad? Es una pena” No era cierto que escribiese menos: la puta realidad es que hasta ese momento, llevaba demasiado tiempo sin escribir nada de nada. 
Se hizo el silencio. Pasó un ángel caído, tan maldito como nosotros. Ella extendió el brazo y, sin mirarme, con la vista perdida en el horizonte, me pasó la cerveza. Besé su boca −la de la botella, porque para besar la boca de esa mujer aún no era de noche− y me giré completamente hasta poder contemplar su perfil. Era demasiado hermosa como para andar conmigo. Pero allí estaba, a mi lado. Preocupada por mí, intentando agarrarme para no dejarme caer. Ella era como yo, una estúpida suicida que disfruta destruyéndose, lamiéndose las heridas.
Cuando uno tiene las manos vacías y una mochila repleta de fracasos a la espalda, es difícil no sentirse vulnerable, indefenso, cautivo y desarmado, ante una mujer como ella. “¿Cuándo vas a marcharte?” le dije. No se esperaba aquella pregunta. “Eres de esas mujeres que deja a su paso cientos de cadáveres, hombres confundidos que creyeron ver en tu sonrisa más de lo que dabas y yo soy de esos tipos que caminan por el filo de la navaja sabiendo que no tardará mucho en cortarse y desangrarse”. Sus ojos, pequeños, como dos átomos indispensables para la vida, se encogieron como si así pudiese mirar mejor dentro de mí, pero siguió en silencio. “Acabarás marchándote y yo volveré a venir aquí, a beber cerveza, a maldecir tu ausencia. Beberé hasta perder el conocimiento, hasta vomitar como un maldito hijo de puta. Entonces gritaré tu nombre hasta que se quiebre el cristal de las estrellas y lloraré desconsolado con la amargura de un niño inclusero. Y te odiaré, te odiaré con todas mis fuerzas recordando la noche de hoy en la que bebimos por primera vez juntos”
Me encendí un cigarro y ella me lo quitó de los labios. Le dio una calada larga e intensa. La brasa del cigarro chisporroteó y se iluminó como un pequeño sol en sus manos. Expulsó el humo levantado la cabeza hacia el cielo. Entonces se volvió hacia mí, puso su boca a un centímetro de la mía y me dijo “Haz el favor de callarte de una puta vez y bésame” Y, claro, la besé y me besó. Lo hicimos con ganas, con rabia, con la pasión de los que ya se saben perdidos.

Recuerdo aquella noche perfectamente porque fue la noche en la que firmé mi sentencia de muerte. Y aquí estoy, tanto tiempo después, a su lado, pero esperando el día que se canse y decida marcharse de mi lado para siempre.